Mas de un millón de argentinos caminan a Luján y yo los miro desde la Patagonia
Hay caminos que no se miden en kilómetros. Se miden en promesas. Este fin de semana, más de un millón de argentinos vuelven a ponerse en marcha hacia la Basílica de Nuestra Señora de Luján, patrona de la Argentina, y yo, que vivo en esta Patagonia donde tantos de ellos arrancaron, los he venido viendo partir con una mezcla de asombro y respeto. Les cuento, amigos, lo que uno alcanza a ver desde lejos de una multitud así.
No todos llegan con el mismo paso. Algunos salen ligeros, conversando y bromeando, con las piernas todavía enteras. Otros guardan fuerzas porque saben lo que les espera. Hay jóvenes con mochilas pequeñas, familias completas, abuelos, grupos de parroquia, amigos que se acompañan y gente que camina casi en silencio. Y todos llevan algo: una promesa, un agradecimiento, la fotografía de alguien, una enfermedad, el nombre de un hijo, una petición que quizá nadie más conozca.
La peregrinación principal sale del Santuario de San Cayetano, en Liniers, y recorre cerca de sesenta kilómetros hasta Luján. Durante horas, una columna humana atraviesa los barrios y las ciudades del oeste bonaerense. Se camina de día, se camina de noche, se descansa al borde del camino y se vuelve a caminar. Pero esta historia no empieza en Buenos Aires. Empezó días antes. Desde Neuquén, el lunes pasado, salió una caravana rumbo a Luján, y lo mismo hicieron fieles de Mendoza, Córdoba, Corrientes, Santa Fe y Santa Rosa, en La Pampa. Unos recorren cientos de kilómetros en vehículo antes de sumarse a la marcha y otros cumplen largos tramos a pie. De pronto el mapa de la Argentina parece tener un solo punto de encuentro, y se llama Luján.
Cada grupo trae su tonada, sus costumbres y hasta una manera distinta de nombrar las cosas, pero todos terminan buscando la misma imagen. Y ahí es donde las cifras se quedan cortas. Decir «más de un millón» impresiona, pero detrás del número hay un millón de motivos. Uno camina porque su madre salió bien de una cirugía. Otro, porque está pidiendo trabajo. Una mujer lleva meses rezando por un hijo. Alguien prometió llegar a pie si un familiar superaba una enfermedad. Otro simplemente acompaña a un amigo. Y están los que no saben explicar del todo por qué fueron. Fueron, y punto. Yo, que fui arquero, entiendo bien eso: hay atajadas que no salen en ninguna estadística y que, sin embargo, deciden el partido.
La devoción viene de lejos. La tradición cuenta que en el siglo XVII una carreta llevaba una pequeña imagen de la Inmaculada Concepción y, cerca del río Luján, los bueyes se negaron a seguir. Descargaron pertenencias y nada. Cuando retiraron la caja donde iba la imagen, la carreta volvió a andar. Aquello se leyó como una señal: la Virgen se quedaba. Después vinieron la capilla, el santuario, la devoción popular y la gran basílica que hoy domina la ciudad. Casi cuatro siglos después, la gente sigue llegando. En mi Colombia sabemos de eso, porque tenemos nuestra propia Virgen de Chiquinquirá y nuestra propia manera de pagar promesas.
Pero quizá el verdadero santuario empieza mucho antes de la puerta de la basílica. Está en el camino. Sesenta kilómetros en automóvil parecen poca cosa, pero a pie son otra historia. Los primeros kilómetros todavía admiten conversaciones largas. Después se sienten las plantas de los pies, las rodillas protestan, la espalda recuerda cada cosa metida en la mochila, aparecen las ampollas, el ritmo baja, la noche cambia la temperatura y alguien empieza a preguntar cuánto falta.
Y ahí aparece lo más bonito de Luján, que es la solidaridad. Una botella de agua que pasa de mano en mano, un vaso caliente, una fruta, una curita, una silla prestada diez minutos. Dos muchachos que cargan un rato la mochila de alguien que ya no puede más. Una mujer que espera al rezagado para que no camine solo. La fe también es eso: acompañar.
No todos los argentinos son católicos ni creen de la misma manera. Hay quienes practican otras religiones, agnósticos y gente sin ninguna fe. Pero la Virgen de Luján hace parte de una memoria que cruza generaciones. Su imagen está en las rutas, las capillas, las escuelas, los hospitales, los taxis y los altares de las casas, y hasta quien hace años no pisa una ceremonia conserva alguna relación con esa figura pequeña vestida de azul y blanco.
Por eso este fin de semana no hay un solo camino hacia Luján, sino muchos. Está el tradicional desde Liniers, y están los que empezaron mucho antes: la caravana de Neuquén, los que dejaron Mendoza, los de Córdoba, los de Corrientes, Santa Fe y Santa Rosa. Y uno, desde aquí, imagina lo que es salir de la Patagonia: preparar la ropa, organizar el viaje, calcular las horas, llevar comida, avisar a la familia, aguantar cientos de kilómetros en un vehículo, llegar cansado y entonces sí, caminar. Eso no es una excursión. No hay marca deportiva detrás ni medallas esperando en la meta. Caminan para mostrar su fe. Unos llevan rosarios y otros pequeñas imágenes de la Virgen, hay banderas argentinas y provinciales, estandartes de parroquias, fotografías y cruces. Y hay quienes no cargan nada visible, porque lo suyo va por dentro.
Las estadísticas sirven para saber cuántos llegaron, pero no miden cuánto pesa una promesa. Tampoco dicen qué siente una persona cuando, después de horas de marcha, alcanza a divisar las torres de la basílica. El cuerpo viene cansado, los pies duelen, la ropa trae las marcas del camino y algunos casi arrastran las piernas. Entonces alguien señala hacia adelante: ahí está, Luján. Las torres aparecen a lo lejos y el cuerpo que cinco minutos antes parecía acabado encuentra unos pasos más. Unos se abrazan, otros levantan las manos, algunos lloran antes de llegar. Hay quienes entran rengueando, quienes se arrodillan y quienes se quedan quietos un rato sin decir nada. No hace falta compartir la fe de alguien para entender la fuerza de un viaje hecho por aquello en lo que cree.
La peregrinación también retrata al país. En el camino se juntan personas que de otro modo quizá nunca se habrían conocido: el estudiante junto al jubilado, el empleado al lado del profesional, la madre con sus hijos, el comerciante, el campesino que viajó desde otra provincia. Todos sudan, todos se cansan, todos necesitan agua. La caminata va quitando diferencias, y durante unas horas importa menos de dónde viene cada uno que hacia dónde va. Van hacia la misma Virgen.
Después volverán los micros, los autos y las caravanas. Los de Neuquén tendrán por delante otro larguísimo viaje hacia la Patagonia, los mendocinos regresarán hacia la cordillera y otros tomarán rumbo a Córdoba, Corrientes, Santa Fe o La Pampa. Volverán al trabajo, a la familia y a los problemas que dejaron un rato atrás, porque la peregrinación no resuelve las dificultades por arte de magia. El enfermo seguirá esperando su tratamiento y el desempleado seguirá buscando trabajo. Pero algo habrá pasado en el camino. A veces será una certeza y a veces apenas un poco de esperanza. Para muchos bastará con haber llegado, con haber cumplido, con haberle dicho a la Virgen, frente a frente, lo que durante kilómetros llevaron guardado.
Cuando la multitud se disperse, Luján volverá despacio a su ritmo de siempre. Quedarán botellas vacías, calles cansadas, voluntarios recogiendo y peregrinos dormidos donde encontraron un lugar. Pero también quedará una imagen difícil de olvidar: un país enorme que, por unas horas, juntó sus caminos delante de una pequeña imagen de la Virgen. Unos recorrieron sesenta kilómetros y otros empezaron cientos de kilómetros antes, y cada uno llegó con su propia historia.
Y quizá ahí esté el secreto de Luján, amigos: la multitud parece una sola, pero cada peregrino lleva un motivo distinto entre los pies y el corazón.