San Félix: todo para brillar, pero atrapado en su propio abandono

San Félix, en lo alto de la cordillera Central, posee paisajes únicos, cultura campesina viva y el bosque de palma de cera más grande de Colombia. Sin embargo, la desidia institucional, la falta de liderazgo político y la desconexión comunitaria han frenado su proyección como destino turístico. Mientras Murillo conquista el mundo, San Félix sigue esperando decisiones que nunca llegan.
Paisaje rural de San Félix con cultivos y ganado normando
Los verdes paisajes de San Félix, marcados por cultivos de papa y el pastoreo de ganado normando, representan una tradición campesina viva. Sin embargo, esta riqueza cultural y productiva no ha sido articulada en una propuesta turística sólida, evidenciando el contraste entre el potencial del territorio y la falta de liderazgo institucional.

San Félix tiene paisaje, cultura y el mayor bosque de palma de cera, pero la falta de liderazgo y gestión impide su desarrollo turístico.

San Félix también amanece entre neblina. No es una neblina distinta a la de Murillo. Es la misma cordillera, el mismo frío que se mete en los huesos, el mismo silencio que a ratos parece decirlo todo. Aquí, como allá, el día empieza temprano: ordeño, café caliente, botas embarradas y una montaña que no negocia su carácter. Desde lejos, cualquiera diría que son lugares hermanos. Y lo son. Pero solo uno está hoy en la conversación del mundo.

La pregunta cae incómoda, como llovizna fina: ¿por qué Murillo sí y San Félix no?

Porque si se mira con atención, San Félix tiene con qué. Está colgado en lo alto de la cordillera Central, como si hubiera decidido vivir cerca del cielo. Es corregimiento de Salamina, pero tiene identidad propia. Sus paisajes son una sucesión de verdes que no se repiten, los cultivos de papa dibujan el territorio y el ganado normando se mueve con esa calma antigua que solo tienen los lugares que no han sido apresurados por el mundo. Y más arriba, como un secreto a voces que pocos han sabido contar, se levanta uno de sus mayores tesoros: el bosque natural de palma de cera más grande de Colombia. No es cualquier bosque. Es un santuario vivo donde estas palmas —símbolo nacional— crecen en densidades y extensiones que no se ven en ningún otro lugar del país, formando un paisaje vertical, casi irreal, donde los troncos se elevan como columnas hacia la niebla. Allí, el tiempo parece detenerse. Es un ecosistema frágil y poderoso al mismo tiempo, refugio de biodiversidad y memoria natural, un patrimonio que podría estar en la conversación mundial del turismo sostenible. Pero permanece, en gran medida, oculto, como si el propio territorio no terminara de dimensionar la magnitud de lo que tiene entre manos.

Entonces, la pregunta vuelve, más punzante: ¿qué falta?

Falta decisión. Y sobra desidia.

Porque San Félix no solo está aislado por la montaña. Está, sobre todo, abandonado por la política.

Casi dos años sin corregidor no son una anécdota administrativa; son un síntoma. Un reflejo claro de la falta de voluntad política del alcalde de Salamina, de una administración municipal que parece mirar hacia otro lado cuando se trata de este territorio. Y en los pueblos, la ausencia del Estado no es abstracta: se siente en lo cotidiano, en la falta de gestión, en la ausencia de rumbo, en la sensación de que nadie está realmente a cargo.

A eso se suma otro silencio incómodo: el de los cuatro concejales que el mismo pueblo eligió para representarlo en la duma municipal. Pero en lugar de ser voz del territorio, parecen más alineados con las lógicas del clientelismo salamineño, más atentos a las dinámicas del poder que a las necesidades reales de San Félix. Y cuando la representación falla, lo que queda es un vacío que nadie llena.

Así, el territorio se sostiene casi por inercia.

Murillo entendió algo que San Félix todavía no logra consolidar: que el desarrollo no llega solo. Se construye. Y se construye con liderazgo, con comunidad y con una visión clara. Allá hubo articulación, hubo decisión política, hubo una apuesta colectiva. Aquí, en cambio, hay fragmentación.

Porque el problema no es solo institucional. También es social.

San Félix tiene una diáspora amplia, gente que se fue pero que no se ha ido del todo. Vuelven, sí, cada dos años, pero muchas veces lo hacen solo para entregarse al desenfreno de la fiesta, a la nostalgia convertida en rumba, al reencuentro que no trasciende. Y aunque la celebración también es identidad, no puede ser lo único. Un pueblo no se sostiene solo con fiestas.

Se necesita más.

Se necesita que esa misma gente que vuelve mire el territorio con otros ojos. Que entienda que San Félix no es solo un lugar al que se regresa a beber y recordar, sino un lugar que necesita pensarse, organizarse, proyectarse. Que la identidad no se defiende solo bailando, sino también construyendo.

Y dentro del mismo pueblo, la fragmentación también pesa. No hay una voz clara, un liderazgo que logre articular a la comunidad en torno a un proyecto común. No se trata de un caudillo ni de una figura mesiánica, sino de alguien —o un grupo— capaz de convocar, de ordenar, de decir: “por aquí es”.

Porque lo cierto es que San Félix sí tiene con qué.

Tiene paisaje, y no cualquiera: un paisaje único, potente, casi intacto. Tiene cultura campesina viva. Tiene historia. Tiene un ecosistema que el mundo está buscando conocer y proteger. Tiene, incluso, el ejemplo cercano de Murillo, que demuestra que sí es posible.

Pero tenerlo no basta.

Murillo no ganó por tener páramo. Ganó por saber qué hacer con él.

San Félix, en cambio, sigue esperando.

Esperando que alguien lo mire. Que alguien decida. Que alguien empiece. Y en ese esperar, el tiempo pasa. Y el mundo sigue avanzando, reconociendo a otros territorios que sí dieron el paso.

Al caer la tarde, cuando la neblina vuelve a cubrirlo todo y el frío obliga a recogerse, San Félix sigue siendo hermoso. Profundamente hermoso. Pero también profundamente postergado.

Y quizás ahí está la mayor contradicción.

No es que no pueda ser como Murillo.

Es que, hasta ahora, no ha querido —o no lo han dejado— serlo.

Y en esa tensión entre lo que es y lo que podría ser, se juega el futuro de un pueblo que ya tiene todo… menos lo más importante: la decisión de cambiar su propia historia.

Bosque de palma de cera en San Félix entre neblina
En las montañas de San Félix se extiende el bosque de palma de cera más grande de Colombia, un ecosistema único que permanece en gran parte invisible para el turismo. Sus imponentes palmas se elevan entre la neblina como columnas naturales, reflejando una riqueza ambiental que contrasta con la falta de gestión y proyección del territorio.

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