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Don Benicio desde Alto: cuando lo cotidiano se vuelve patrimonio

Don Benicio recuerda el Salamina de arrieros, balcones, convites y calles empedradas para contar cómo aquello que antes era parte natural de la vida cotidiana terminó convertido, con los años, en patrimonio, atractivo cultural, memoria compartida y orgullo colectivo.

Del pueblo que conocí y dejamos

Qué ha habido pues los señores, como los trata la vida, por acá volvemos a seguirles compartiendo algunas cositas de lo que pasó y pasa en nuestro hermoso terruño durante la semana que no hemos compartido.

Yo, como cualquier espíritu antiguo que se respete, me puedo desplazar por muchos lados y casi estar pendiente de todo, como cuando administraba fincas y jornaleaba en mis años mozos, ahhhhhh qué recuerdos paisanos, allá en Toriles, tomando aguardientico y jugando dados, uyyyyyyy patrón, pero no nos distraigamos con eso.

Después de estar en San Félix con el tema de la exposición de ganado normando, hombe, a propósito, quién iba a pensar que la arriería de vacas doble propósito se iba a convertir disque en una cultura y casi que toda una ciencia. Increíble que lo que en nuestras épocas era algo natural y casi orgánico ahora sea motivo para movilizar grandes cantidades de gente, exhibir y competir por quién es el mejor en el arte —óigase bien, ya es un arte—, y un arte que trae consigo una cosa medio exótica pa’ nosotros los campesinos que llaman ahora “derrama económica”. Es decir, que las vaquitas ya no solo nos dan leche y carnita, sino que la gente que gusta de verlas, evaluarlas y compararlas, compra su gaseosita, su almuerzo, se toma unos traguitos, y eso dinamiza la economía de nuestra tierrita. Lo de antes cotidiano se vuelve valor presente, con un agregado de cultura, arte y valor ancestral, y mejora la economía. Muy interesante adelanto para estos tiempos.

Y eso es lo que me trae hoy por acá, mis amigos: precisamente el tema de lo que era antes cotidiano y que hoy es novedad, que hoy es valorado, protegido y promocionado como un atractivo singular que hace que la gente nos quiera conocer a nosotros los salamineños. Porque cuando yo era niño y joven en este Salamina, las calles eran empedradas, solo había bestias para recorrer esos caminos de arriería, o a pie limpio, mis paisanos, pues los primeros zapaticos se los ganaba uno cuando cumplía los quince o dieciséis años, lo mismo que el derecho a usar pantalón largo, y otras cositas muy divertidas que las picardías de la juventud nos llevaron a conocer —ayyyyy, qué muchachas tan bellas tiene nuestro Salamina, ehhhhh, perdón, me volví a distraer, sigo—. Las casas hasta cierto momento eran ranchos, y uno la verdad los veía como muy normales, de una manera simple: eran los lugares donde los parroquianos llegaban de noche a descansar y se protegían del calor, el frío o la lluvia, como es natural.

El pueblo fue creciendo y los ranchitos también. Los fines de semana eran la vivienda y punto de llegada de los montañeros trabajadores del campo, y entre semana solo quedaba la familia, para que los niños estudiaran y las señoras mantuvieran todo en orden. Hoy a eso le llaman “segunda vivienda”; en mis años mozos era simplemente la solución para trabajar el campo y tener el espacio de fundación en el pueblo. Bueno, decía yo, esos ranchos fueron creciendo, y de pronto algunos de sus dueños fueron haciendo pesitos con el café y el trabajo juicioso, y así fueron mejorando las fachadas, haciendo esas cosas tan bonitas que llamaban balcones, para poder salir a divisar el paso de los parroquianos y las recuas de mulas, caballos y bueyes. Esos balcones con adornos, flores y otras figuras que sacaban de modelos y revistas de la época que comenzaban a llegar, y de un momento a otro lo solo utilitario pasó a ser agradable, señorial, refinado —por lo menos es lo que yo escucho ahora en los cafés, cuando se sientan a tomar tinto, porque los fantasmas también somos chismositos, jajajajaja—.

Aparecieron las mingas o convites, ya no para abrir trochas o luchar con la manigua, sino para comprar cosas bonitas para el pueblo, para sentirse orgullosos y mostrar el poderío. Se reunieron pesitos para comprar una pila traída de Europa, para construir un teatro, para mejorar la iglesia y pavimentar las calles. Eso ahora lo llaman “civismo”; en esa época era solo sentido común, pensar que el bienestar colectivo era la consigna, luego de un proceso de colonización y lucha contra la naturaleza tan verraco como el que nuestros mayores vivieron. No había egoísmos, no había colores políticos que impidieran la búsqueda del bien común, y el orgullo no era de familia, era colectivo: el sentido de tener el mejor pueblo, para todos. Pero a lo que va todo esto es a decir que eso era lo normal: tener un pueblo organizado, bonito, lustroso; mejorar las calles, mantenerlo limpio, cuidar lo estético, era para el disfrute y el bienestar de los propios, no de los extraños. Las comunicaciones eran precarias, los viajes largos y tediosos, y no existía tal cosa como lo que hoy llaman “turismo”.

El confort era para el propio y para nadie más, simplemente para tener una vida más contemplativa, y quizá ese fue un factor para que naciera un tema del que luego hablaremos con calma: la intelectualidad, el sentido crítico y la grandeza en las artes, las letras y la política, que hoy me doy cuenta ha traspasado las líneas de la historia. ¿Quién en sus cinco sentidos pensaría que todo eso es hoy lo que nos vuelve valiosos para el mundo? ¿Quién iba a pensar que todos estos caserones ahora son monumento nacional, o patrimonio de la humanidad, o cosas que yo he escuchado y que todavía no entiendo bien?

Ayer escuché a varios paisanos, y los vi, en un encuentro de arquitectura patrimonial en las calles de Manizales —uyyyyy, qué mundo de gente había allí, y sobre todo qué mundo de salamineños, de todos los colores y sabores, de todas las ideologías, todos sentados, amistosos y saludadores en torno a unas charlas magistrales sobre este tema que hoy compartimos: “el tal patrimonio”. Para unos, casas viejas, pajarates y cuchitriles; para estos amigos que vi ayer, un valioso tesoro que cuando yo pasé por este mundo se construyó con las manos de los mayores arrieros, con orgullo, con civismo y con pasión. Y sí, yo también me hice unos pesitos y me arreglé esa casa bella de la esquina de El Alto —ahí sigue todavía, la condenada—.

Y es que así es esto, paisanos: lo que uno cuida sin pensarlo dos veces, con los años se vuelve tesoro para los que vienen detrás. Ahí les quedo pues, en la próxima les sigo contando.

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