Segunda parte
Pasamos del calor al frío en cuestión de abrir y cerrar los ojos, Eaaaveeee, qué hielo hace, ¿y yo en qué iba? Creo que estoy metido en un problema: tan bueno que estábamos hablando de costumbres, tradiciones, caminos, café, riqueza, esposas celosas y mozas, y ahora resulté hablando de estos temas tan delicados; trataré de salirme de esto con elegancia y buscar un final feliz para esta historia que viene de la semana pasada, jajajaja.
Hablábamos del momento, o mejor dicho, yo me preguntaba hablando con el mismo yo, en qué momento se nos salió de las manos nuestro futuro y comenzamos a depender de otros; y quizá existan muchas respuestas para explicar un fenómeno que hoy los conocedores llaman descomposición social, porque no es lo mismo hablar de Mimo, Silvia la Loca, hasta Rambo, Ratón y cuántos más, que eran los disque loquitos del pueblo —personajes queridos, jocosos, que nos alegraban el día y la noche con sus ocurrencias, y algunos que aún andan por ahí dando guerra—, que lo que yo, deambulando como fantasmita por ahí, he visto; ya da miedo salir a la calle después de las siete de la noche, y eso que a mí no me ven. Qué cantidad de muchachos jovencitos, desorientados, violentos y sumidos en vicios.
Le echamos la culpa a la policía, al alcalde, al personero, a la comisaría de familia, a bienestar familiar, y es que esa bendita costumbre no es de ahora: desde el más allá uno se da cuenta de todo, paisanos, y he visto cómo a los colombianos, y a los salamineños de paso, nos encanta echarle la culpa de todo al personaje de moda. Que si Pablo Escobar, que si don Belisario, que si Pastrana, y hoy, que yo sepa, le dicen “Berto” al que carga con la culpa de todo, hasta de que a uno se le queme el arroz en la casa. Pero nada, este es el resultado de cuarenta y más años de no saber acompañar a la gente: de pagarles las facturas, darles para el chance, pagar la fórmula médica, darles las argollas para el matrimonio, pagar el matrimonio y hasta la luna de miel, regalar marranos, repartir aguinaldos por doquier, hacer rifas, montar garitas, jugar a los caballos y apostarle hasta a quién va a ser el próximo “quemado” en las elecciones. Es el resultado de nuestras propias malas decisiones como ciudadanos, y de la forma como entregamos nuestro destino a otros que lo único que han querido es hacer realidad sus propios deseos a costa de la desgracia de los demás.
¿En qué momento dejamos de ser el Salamina que tanto amamos y nos convertimos en un pueblo decadente? Pues yo creo que ya a estas alturas debemos dejar de hablar más de eso, y de preguntarnos el por qué o el en qué momento, y más bien recurrir al pasado, no para devolvernos, sino para entender que todo tiene solución en volver a recordar quiénes somos.
Ya en los escritos anteriores hemos hablado de ello, y no vale la pena volverlo a mencionar; lo que sí hay que decir es que es muy diferente romper la montaña para fundar un pueblo, que romper una pared de noche para que ni el vecino se dé cuenta, ni la alcaldía, y así poder construir otra piecita en la casa o una terraza; es muy diferente traer la remesa de la finca para repartirla con los vecinos, que esperar a que el pobre campesino venga el fin de semana y comprarle a precio de huevo el fruto de meses, y hasta años, de trabajo, para ganar algo de platica en la reventa; también es diferente prestarle a un amigo o a un parroquiano conocido una platica para que salga de un problema, que decir “claro, patrón, al veinte por ciento”; mucho más diferente ver correr a Silvia la Loca, o recordarla corriendo detrás de unos muchachitos que la molestaban al salir del colegio, que ver a un “chulo” con un frasco de solución en la mano detrás de una muchachita para hacerle daño, o de un adulto mayor para quitarle lo que tiene.
Es un asunto de sentido común, elemental educación y sentido cívico, recordar todas las cosas lindas que nos ocurrían a diario hace veinte, cuarenta o cincuenta años: la tranquilidad, la solidaridad, la empatía, el civismo, el teatro, las danzas, la poesía, la literatura, las tertulias, la ópera, la zarzuela, el festival de la canción, los desfiles de Semana Santa, a monseñor Isaza, al padre Barco, el pan chuzado, la macana, el huevo al vapor, la leche de San Félix, los camiones colmados de papa, los bueyes, las mulas trayendo muebles de lejos, los helados, las obleas, las cometas del Alto, los vikingos, y tantas cosas innumerables que podría quedarme acá nombrando, y preguntarnos si eso no fue lo que un día se nos fue.
Y es que a veces la vida es tan simple, casi siempre, pero nos la complicamos tanto. La tierra nos daba todo, hasta la riqueza para mandar a los hijos a estudiar donde quisiéramos; y de hecho, ya lo hemos dicho, todo esto que hoy conocemos como “la ciudad luz” es creación única e irrepetible de la riqueza de la tierra —lo demás es accesorio, o agregado, o fruto, o consecuencia de eso—. Y si se acaba la fuente de la riqueza, y le sumamos a eso el comenzar a depender de otro para tener un trabajo, cuando antes lo teníamos en la finca del abuelo; para tener un subsidio, cuando nos ganábamos la vida con las manitos todos los días; para tener una casa, cuando construimos tantas con nuestro propio esfuerzo y reventando el monte…
¿Por qué lo elemental se vuelve tan difícil de obtener hoy día? ¿No será que, en serio, patroncitos y patroncitas, debemos devolvernos un poco a investigar cómo hicieron nuestros mayores? Yo pienso que sí; y de hecho, también pienso que el último guarapo que me tomé en Toriles la semana pasada, en mi universo alterno, estaba pasado, porque llevo dos semanas hablando mucha bobada; qué guayabo tan bravo, y eso me pasa por devolverme a las malas costumbres y no a las buenas.
¿Alguien tiene la culpa, al final de toda esta reflexión? Creo que nosotros mismos, que como pueblo un día renunciamos a la verdadera condición de grandeza, y vimos en otras cosas superficiales, vanas y vacías algo que no tiene la más mínima importancia; pues no se trata de pavimentar calles, aunque se necesiten; no se trata de construir edificios, aunque se requieran; y mucho menos se trata de comprar cosas. Se trata, más bien, de amar lo que tenemos y lo que somos, de recordar cuál es nuestro verdadero potencial y sentido en este mundo, y de honrar el tesoro más grande que nos dejaron.
Vivimos desdeñando lo que nuestros mayores construyeron: casas con alma y espíritu, edificaciones que hablan y cuentan maravillosas historias, calles que cantan y lloran, balcones que guardan la memoria del paso del tiempo. Los llamamos ranchos viejos, pueblo atrasado, pajarates inservibles, y rendimos culto a lo que no tiene vida, a lo que no tiene alma, a lo que no habla de nosotros. Soñamos con edificar en ladrillo y concreto, con comprar muchas varillas, hacer puertas y ventanas metálicas, poner rejas para que no nos roben, cerrar las puertas porque nos roban, y no entendemos que el verdadero significado de ser niguatero, o salamineño, o como nos quieran decir, está en pasar y saludar al vecino, hacer la vaca para las fiestas de la Virgen, recibir a los hijos y nietos en Semana Santa y vacaciones, ir al colegio, trabajar, moler y luchar, y aún tener tiempo de sentarnos en el atrio, o en cualquier sitio, a echar café.
Y para cerrar este ya molesto par de semanas de pasión del compadre Benicio, debo decir solamente que no vuelvo a tomar, porque me pongo melancólico y me da por devolverme al pasado para decirles, con cariño y con orgullo, que la estamos embarrando; y además, para darle un cierre un poco más bonito a esto, que tenemos en nuestras manos aún la oportunidad de encontrar lo que tanto buscamos todos los días.
La razón por la cual hay un terremoto y se cae lo moderno; la razón por la cual solo se agrietan los pajarates, se abren un poco los techos, se corren las tejas, pero no se caen las casas, no se abren las calles, no se pierden los balcones ni los paisajes; y lo único que se me ocurre a mí, como un viejo fantasma, es decir: “porque lo que se construye con el alma, el amor y la pasión de nuestros mayores —lo que llamamos pueblo querido— tiene implícito en ello el espíritu mismo de los indomables colonizadores”; y cuando las cosas tienen alma, no hay nada en el mundo que lo pueda borrar. Quizá por eso, y solo por eso, seguimos hoy en pie, aunque algo viejos y cansados.
Ahí les cierro este mal rato de unos guarapos adulterados en el Toriles de mi imaginación; seguimos hablando, paisanos.