I. La palma que escucha
En Aguadas amanece despacio, como si la montaña pidiera permiso antes de dejar entrar la luz, y a esa hora, cuando la niebla todavía se queda enredada en los guaduales de la quebrada, Eulalia Ríos ya está sentada en el patio con una canasta de cogollos de iraca sobre las rodillas. Tiene ochenta y tres años, las manos del color de la panela y unos dedos tan largos y tan delgados que parecen hechos para dar puntadas en el aire. Lleva setenta y siete años tejiendo, desde los seis, y en todo ese tiempo no ha aprendido a hacerlo sin hablarle a la fibra, porque su madre, que fue ripiera y que le heredó el oficio junto con el nombre, le dijo una tarde de verano que la iraca no se teje, se escucha.
Aquella madrugada de miércoles, a dos días de que empezara la fiesta del pasillo, la palma le habló distinto. No fue un murmullo ni un crujido, fue algo más parecido al silencio que queda en una sala cuando alguien está a punto de decir una verdad incómoda. Eulalia detuvo los dedos, inclinó la cabeza y apoyó la oreja contra el cogollo como quien le toma el pulso a un enfermo, y entonces lo oyó con claridad: la fibra estaba nerviosa. Había en ella un temblor menudo, una prisa contenida, la inquietud de los animales que presienten un sismo antes de que la tierra se decida a moverse.
-Tranquila, mijita -le dijo a la hoja-. Que todavía no ha pasado nada.
Pero la palma, que en Aguadas jamás se había equivocado, siguió temblando entre sus manos hasta que el sol se coló por encima del alero y la volvió, como todas las mañanas, de un verde casi blanco. Eulalia pensó que eran cosas de la edad, de los huesos que se despiertan antes que uno, y se levantó a poner el agua para el café sin sospechar que ese temblor era el aviso de algo que venía subiendo por la cordillera desde hacía más de siglo y medio.
II. Lo que sabían las manos
Eulalia conocía de memoria de qué estaba hecha su paz y también de qué estaba hecha su tristeza. Su paz era el oficio entero, esa liturgia lenta que empieza con los cogollos tiernos arrancados antes de que abra la hoja, sigue con la cocción en el fogón de afuera, donde el agua hierve sin prisa y la fibra se vuelve flexible como una cinta de seda, y continúa en el patio, bajo el sol, donde la iraca se tiende en los alambres y empieza a blanquear como si alguien le estuviera quitando de a poquito el color de la tierra. Después viene el humo del azufre, en el cuarto cerrado donde los ojos lloran y el olor se pega a la ropa durante días, y por último el tejido, la parte que a ella le gustaba tanto como respirar: el momento en que la fibra deja de ser planta y empieza a ser sombrero.
Su tristeza, en cambio, tenía que ver con los patios. Cuando Eulalia era una muchacha, las casas de Aguadas olían a azufre y a humo de leña de un extremo del pueblo al otro, y a cualquier hora del día se oía, debajo de las conversaciones y de los pregones, un rumor de miles de manos trabajando que parecía la respiración de la montaña. Eran casi nueve mil las mujeres que tejían, y ella había crecido entre ellas, aprendiendo que un barrio entero puede sostenerse sobre una sola fibra. Su madre tejía con un niño colgado de la cadera y otro agarrado de la falda, y cuando el más pequeño lloraba lo arrullaba con una mano mientras la otra seguía el compás de la trama, sin perder una vuelta. De niña, Eulalia ayudó a criar a sus hermanos menores de esa misma manera, meciendo una cuna con el pie y rematando una copa con los dedos, y por eso nunca entendió bien dónde terminaba el cuidado de los suyos y dónde empezaba el oficio.
Ahora bastaba una tarde para contar a las tejedoras de patio en patio: seiscientas una, le habían dicho, y entre ellas apenas cuatro hombres, que se habían atrevido a hacer lo que durante generaciones se consideró un asunto de mujeres. Nueve mil que fueron, seiscientas una que quedaban. Eulalia hacía a veces esa resta en voz baja, mientras tejía, y siempre le salía un número que no cabía en ninguna cuenta, un número hecho de patios vacíos, de nichos con nombres tallados, de hijas que se fueron a estudiar a la ciudad y se quedaron en ella porque en la ciudad nadie les preguntaba cuántas vueltas tenía la copa.
III. La nieta que quería irse
Luciana llegó del colegio a las cinco de la tarde de ese mismo miércoles, con el uniforme arrugado y esa manera de entrar a la casa que tienen los muchachos de dieciocho años cuando traen una noticia que no saben cómo dar. Se sentó en el taburete de la cocina, miró a su abuela remojar una hebra de iraca en la totuma y respiró hondo, como quien se tira a un río frío.
-Abuela, me gané una beca para la universidad -dijo-. En Medellín. La carta llegó hoy.
Eulalia no soltó la hebra. La dejó caer despacio dentro del agua y esperó a que se asentara antes de contestar, porque había aprendido que las palabras dichas con la mano temblorosa salen torcidas.
-Qué buena noticia, mija -dijo al fin-. Su mamá va a llorar de la alegría, y usted también, apenas se le pase el susto.
-No me da susto, abuela. Me da pena. -Luciana arrastró el taburete un poco más cerca-. Es que yo sé lo que usted piensa. Que alguien tiene que quedarse con la iraca, que si todas nos vamos esto se acaba. Pero abuela, usted misma me lo ha dicho: un sombrero se demora tres días, a veces cinco, y lo pagan como si fuera una tarde de trabajo. ¿Cómo quiere que yo me quede a tejer, si ni usted, que es la mejor, ha podido arreglar el techo de la cocina?
Eulalia levantó los ojos y la miró con una ternura tan antigua que Luciana sintió, por un instante, que la miraban todas las mujeres de la familia a la vez, desde la primera ripiera hasta ella misma.
-Yo no le he pedido que se quede -dijo la abuela-. Nunca se lo he pedido. Lo único que le pido es que no se le olvide que las manos también se acuerdan, aunque la cabeza se vaya.
Luciana quiso responder, pero en ese momento la hebra de iraca que flotaba en la totuma se enroscó sola alrededor del dedo de su abuela, con una suavidad que no tenía nada de natural, y las dos se quedaron mirándola sin decir palabra. Eulalia la desenredó con cuidado y la devolvió al agua.
Marta, la hija de Eulalia y madre de Luciana, llegó del hospital a las siete y lloró de alegría con la noticia, tal como la abuela había anunciado. Cuando se le pasó el llanto se quedó mirando las manos de su hija sobre la mesa, largas y quietas, como si las estuviera contando. Ella nunca había tejido más que un sombrero, a los quince años, y lo había hecho tan mal que Eulalia lo guardó en el baúl para siempre, por cariño y no por orgullo.
Esa noche, mientras la casa dormía, el temblor de la fibra se oyó hasta en el cuarto de la nieta, como un hilo de música que viniera de muy lejos.
IV. El ecuatoriano que desbarató un sombrero
Había una historia que en la familia de Eulalia se contaba siempre en las noches de lluvia, cuando el agua golpeaba el techo de zinc y a nadie le quedaban ganas de salir. La contaba la bisabuela, la repitió la abuela y la sabía de memoria su madre, y cada una le fue agregando una vuelta nueva, como se le agregan vueltas a la trama de un sombrero. Decía que hacia 1860 había llegado a Aguadas un hombre del Ecuador llamado Juan Crisóstomo Flores, cargando en el morral un sombrero de palma toquilla que valía más, para él, que todo el oro de los bolsillos ajenos. Venía de muy lejos, y el oficio que traía había recorrido media cordillera antes que él: Nariño, Santander, el sur del Huila, Santafé de Antioquia y Sopetrán, dejando en cada pueblo un poco de su secreto y llevándose a cambio un poco de su hambre.
Cuando llegó a Aguadas, la gente del pueblo salió a mirarlo con la curiosidad desconfiada de quien ve pasar un forastero con una carga extraña. Y entonces el hombre hizo algo que nadie esperaba. Se sentó en el atrio de la iglesia, puso el sombrero sobre las rodillas y, ante los ojos de todos, empezó a deshacerlo. Lo desbarató hebra por hebra, vuelta por vuelta, mostrando cómo cada nudo se apoyaba en otro y cómo la copa se levantaba sobre la base, y mientras lo hacía explicaba en voz baja, con ese español cantado que se oye todavía en los pueblos del sur, que un sombrero solo se entiende cuando uno sabe cómo se deshace. Los que lo vieron aseguraban que, al terminar, la fibra desarmada no se quedó tirada en el suelo sino que flotó un instante a la altura de las cabezas, blanca y quieta, como si el aire también quisiera aprender.
Después vino el español José Cerro con su esposa Flora Palacio, que abrieron una agencia de compra y se llevaron los sombreros a mercados donde nadie había oído hablar de la montaña, y el pueblo creció alrededor de ese oficio como crece un árbol alrededor de un muro viejo. Del ecuatoriano nadie supo cuándo se fue ni si se fue. En la familia de Eulalia se decía que había dejado su sombra sentada en el atrio, esperando, y que en las noches de lluvia fuerte, si uno se asomaba con cuidado, podía verlo todavía con el sombrero en las rodillas, deshaciendo y rehaciendo la misma pieza, como quien repasa una lección que otros no terminaron de aprender.
V. El primer hilo suelto
El jueves, un día antes de la inauguración del festival, Eulalia se despertó con la sensación de que alguien había movido los muebles de su cabeza. Fue hasta el patio y encontró el sombrero que había terminado la víspera, el mejor de su semana, colgado del clavo donde siempre dejaba secar las piezas. Le faltaba un anillo entero de la copa. La trama se había ido soltando durante la noche y el hilo desprendido yacía enroscado en el suelo, blanco y quieto, como una culebra dormida.
-¿Qué es esto? -murmuró, y se agachó a recogerlo.
Apenas tocó la hebra, la sintió tibia y supo que estaba viva. No viva como lo está una planta, sino como lo está un recuerdo que de repente se acomoda en el pecho, con peso y con temperatura. Pensó en su madre, en el olor del azufre en el cuarto cerrado, en el sonido de la cuna meciéndose al ritmo del tejido, y las imágenes le llegaron tan nítidas que tuvo que apoyarse en la pared. Entonces oyó la campana de la iglesia, y después otra que no era de la iglesia, y después un murmullo creciente que venía de la calle y que ella reconoció, con un escalofrío, como el rumor de mucha gente hablando a la vez.
Salió a la puerta con el hilo todavía enrollado en la mano y vio lo que estaba pasando. Un arriero que bajaba hacia la plaza caminaba despacio, con el sombrero blanco bien calado sobre la frente, y del borde de ese sombrero se desprendían, uno tras otro, hilos finísimos que se elevaban en el aire sin prisa, como el humo de una vela. Un poco más allá, un abuelo sentado en la banca de la plaza se llevó las manos a la cabeza y no encontró sombrero: la copa se le había ido desarmando de adentro hacia afuera y la trama flotaba a su alrededor, formando un halo que lo hacía parecer un santo de otro tiempo. En la esquina de la farmacia, un bailarín del grupo de proyección que ensayaba para el festival giraba al ritmo de un pasillo que alguien tarareaba, y el sombrero se le fue deshaciendo en pleno giro, vuelta tras vuelta, de modo que al terminar la figura quedó rodeado de una espiral blanca que tardó unos segundos en caer al suelo como una nevada pequeña.
Nadie gritaba. Eso era lo más extraño. La gente de Aguadas había visto temblores, derrumbes y noches enteras de aguacero, y sabía recibir lo inexplicable con una paciencia hosca, pero lo que ocurría esa mañana tenía algo de ceremonia: los hombres se quitaban los sombreros con las dos manos, como en los entierros, y se quedaban mirando cómo la fibra se iba soltando sola y subía despacio hacia el cielo limpio de la mañana.
VI. Los que quedaban
A las diez de la mañana, el pueblo entero estaba en la calle. Los hilos subían por centenares desde todos los rincones y se juntaban sobre los tejados en una nube delgada que no se parecía a ninguna nube conocida, porque no se movía con el viento sino contra él. El sacristán afirmaba que era una señal y el dueño de la tienda de abarrotes afirmaba que era una plaga, y en la emisora local, entre noticia y noticia, un locutor decía con voz sospechosamente tranquila que se trataba de un fenómeno atmosférico, y que los organizadores del festival garantizaban que la fiesta del pasillo seguiría su curso con toda normalidad.
Eulalia no discutió con nadie. Caminó hasta la casa de Anselmo Cardona, un hombre de sesenta años, ancho y callado, que llevaba cuatro décadas ripiando iraca y que fue, en su juventud, uno de los primeros varones de la cuadra en atreverse a sentarse a tejer entre las mujeres. Lo encontró en el patio, mirando el cielo con el sombrero hecho un ovillo en las manos.
-Usted lo oyó, ¿cierto? -le preguntó él, sin saludar-. La fibra. Anoche no me dejó dormir.
-Estaba nerviosa desde el miércoles -respondió Eulalia-. Como cuando va a temblar.
-Esto no es un temblor, doña Eulalia. -Anselmo señaló con el mentón la nube blanca que se espesaba sobre el pueblo-. Esto es otra cosa. Mire para dónde van los hilos.
Eulalia miró. Aunque se alzaban desde todas partes, los hilos tenían un rumbo preciso: se encaminaban hacia el centro del pueblo, hacia la plaza, hacia el atrio de la iglesia. Era como si la montaña entera estuviera juntando su blancura en un solo punto.
-Hay que ir -dijo ella.
-Hay que ir de noche -corrigió Anselmo-. Mi mamá decía que lo que pasa de día es solo la mitad. Lo que de verdad pasa, pasa cuando se calla el pueblo.
Fueron convocando a los que pudieron. A Jairo, que tejía con los ojos cerrados desde que una enfermedad de la vista le quitó la luz, sin que eso le quitara una sola vuelta. A don Bernardo, el más viejo de los cuatro, que llevaba medio siglo entre la iraca y seguía sin errar una puntada. Al joven Santiago, el último que había entrado al oficio, que apenas pasaba de los veinte y que, según decían, había aprendido a tejer mirando a su madre mientras estudiaba para ingeniero. Y a todas las mujeres que encontraron en el camino, con los ojos enrojecidos de lloro o de insomnio, que fueron sumándose sin que nadie las llamara, como se suman los arroyos a un río.
VII. El hombre del atrio
Pasada la medianoche, cuando se apagaron las luces de la plaza y la música de los ensayos dejó paso al grillo y al agua de la pila, las seiscientas una tejedoras de Aguadas estaban reunidas frente a la iglesia, calladas, con las manos cruzadas sobre el regazo. Nadie había avisado a todas, pero todas habían venido. Entre ellas, medio escondida detrás de su abuela, caminaba Luciana, con una chaqueta mal abotonada y una expresión de desconcierto que se parecía mucho a la valentía.
Los hilos blancos habían dejado de ascender. Colgaban en el aire de la plaza, inmóviles, formando una especie de cúpula translúcida, y debajo de ella, sentado en el atrio con un sombrero en las rodillas, había un hombre.
Era delgado, de piel curtida por un sol que no era el de Aguadas, con el bigote fino y la camisa de lino sin color de los viajeros de otro siglo. No levantó la cabeza cuando llegaron. Tenía los dedos metidos en el sombrero y lo iba desarmando con un cuidado infinito, hebra por hebra, vuelta por vuelta, y cada hebra que soltaba subía a unirse a la cúpula que flotaba sobre la plaza.
-Buenas noches, señoras -dijo al fin, con ese español cantado que se aprendía en las alturas del sur-. Perdonen que las haya hecho esperar tanto. He tardado un poco más de lo previsto en hacerme oír.
-Usted es don Juan Crisóstomo -dijo Eulalia. No lo preguntaba: lo sabía desde hacía mucho tiempo.
-Fui, señora, sí. Y no sé muy bien qué soy ahora, pero todavía sé deshacer un sombrero. -Sonrió con una melancolía de despedida-. Ustedes se acuerdan de cómo hacerlos, y eso es bueno. Lo que se les ha olvidado es para qué lo deshice yo aquella tarde.
-Para enseñarnos -dijo Anselmo.
-Para enseñarles -asintió el ecuatoriano-, pero no solo eso. Yo no deshice el sombrero para que ustedes aprendieran a rehacerlo. Lo deshice para que entendieran que un sombrero no es una cosa sino un acuerdo. Cada hebra le promete algo a la que tiene al lado, y la copa se sostiene porque nadie suelta la mano del otro. Cuando un pueblo olvida eso, el sombrero sigue pareciendo sombrero, pero ya solo se sostiene por costumbre.
Hubo un silencio largo en la plaza. De la cúpula de fibras caía de vez en cuando un hilo suelto, que se posaba en los hombros de las mujeres y se quedaba allí, tibio, como una caricia que alguien hubiera mandado a recoger.
-¿Y entonces qué está pasando? -preguntó Luciana, con una voz que le sorprendió a ella misma, porque no recordaba haber decidido hablar-. ¿Por qué se están deshaciendo los sombreros?
El ecuatoriano la miró por primera vez, y era una mirada tan limpia que Luciana tuvo que bajar los ojos.
-Porque se están acordando, niña. Un sombrero que se deshace por sí mismo es un sombrero que pide que lo vuelvan a tejer con la memoria de quien lo hizo. Y hace años que le faltan manos.
VIII. Las que bajaron de la montaña
Entonces ocurrió lo que Eulalia recordaría hasta el último de sus días. Desde la cordillera, desde los cerros oscuros que rodean el pueblo, empezaron a bajar luces pequeñas, una tras otra, como lámparas de mano que alguien llevara con cuidado por los senderos. Eran cientos, luego miles. A medida que se acercaban, las luces tomaron forma de mujeres: ripieras de pañolón y delantal, tejedoras de falda larga con la cesta de cogollos en la cadera, muchachas con la trenza al hombro, viejas con las manos nudosas por el azufre y la humedad. Venían en silencio, descalzas muchas de ellas, con una expresión de cansancio feliz, de quien regresa a casa después de una jornada larguísima.
-Son las nueve mil -susurró Anselmo, con la voz quebrada-. Dios mío. Son todas.
Eulalia no contestó. Estaba mirando entre la multitud una figura pequeña y erguida que avanzaba hacia ella, una mujer de rostro redondo, con un pañuelo atado a la nuca y las manos manchadas de azufre, que traía en el hombro una canasta idéntica a la que ella usaba en el patio cada mañana. La reconoció de golpe, como si se hubiera abierto una puerta en la memoria: era su madre, tal como la recordaba de cuando tenía diez años y la vida se medía en cuerdas de cogollo.
-Mamá -dijo, y por primera vez en ochenta y tres años no le salió la voz de mujer vieja sino la de la niña que meció cunas con el pie.
-Mija. -La madre le puso la mano en la mejilla, y la mano era tibia y real, con ese olor a humo y a hoja recién cocida que Eulalia creía haber perdido para siempre-. Lo hizo bien. Todos estos años lo hizo bien.
No hubo más palabras. Las tejedoras vivas y las que bajaron de la montaña se miraron a través de la plaza, frente a frente, como se miran los dos extremos de una misma trama que por fin vuelven a encontrarse, y algunas lloraron y otras sonrieron, y los hombres, Anselmo, Jairo, don Bernardo y Santiago, se quitaron los sombreros deshechos y los apretaron contra el pecho. Luciana vio a su abuela abrazada a su bisabuela, a una mujer que se le parecía tanto, y comprendió, con un escalofrío que le subió por la espalda, que lo que tenía enfrente no era un fantasma sino un puente.
-Ya vinimos -dijo la madre de Eulalia, y su voz se oyó en toda la plaza, repetida por las nueve mil gargantas con un eco suave-. Ya traemos los hilos. Pero las manos de nosotras ya no cierran la fibra, mijas. Se nos escurre entre los dedos, como el agua. Para que el sombrero se sostenga hacen falta las manos de las que todavía respiran.
IX. El sombrero más grande del mundo
Fue Anselmo quien dio la primera puntada. Se acercó a la cúpula de fibras que flotaba sobre el atrio, extendió las manos y cogió el primer hilo, que se dejó tomar con la docilidad de un animal conocido. Lo anudó al segundo, que le ofreció una ripiera de pañolón rojo, y el segundo al tercero, que le entregó una muchacha de trenzas largas, y de esa manera, sin discursos ni ceremonias, comenzó a levantarse en medio de la plaza el sombrero más grande que ha existido jamás en Aguadas ni en ningún otro lugar.
Las tejedoras vivas ocupaban el centro, sentadas en círculos concéntricos sobre el empedrado, y las de la montaña iban pasándoles los hilos de mano en mano, de modo que cada hebra llegaba cargada de la memoria de la que la había preparado: el sudor de una tarde de cocción, el olor de un amanecer en el patio, la risa de una hija recién nacida que acaso hoy tenía los dedos torcidos por la artritis. Eulalia tejía junto a su madre, y le bastaba con rozarle el codo para entender cuál era la hebra que le correspondía, cuál había que apretar y cuál dejar suelta. Jairo, con los ojos cerrados, adelantaba la trama sin pestañear. Don Bernardo cantaba entre dientes un pasillo que no se oía pero se sentía en el compás de las manos. Santiago, el joven, se concentraba tanto que se mordía la lengua, y cada vez que se equivocaba le tocaba el hombro una mujer sin nombre para corregirle la vuelta.
Pasó la noche entera sin que nadie se diera cuenta de la hora. La copa fue ascendiendo, hebra sobre hebra, con una geometría tan perfecta que los más viejos juraban haberla visto antes en sueños, y el ala se fue abriendo desde el borde con la majestad de un cielo plegado. Era de un blanco que no pertenecía a ninguna tela conocida, un blanco que parecía respirar y que cambiaba apenas de matiz según la hora: lechoso al principio, luego de nácar, luego de perla, como si guardara en su trama todos los amaneceres que el oficio había visto desde 1860.
Y en medio del trabajo, cuando ya se acercaba el alba, el ecuatoriano se levantó del atrio con el sombrero deshecho en las manos y fue pasando entre los círculos de tejedoras, mirando cada trama con esa atención sin prisa de quien ha dedicado su existencia a una sola cosa. Se detuvo junto a Luciana, que llevaba horas sentada entre la abuela y la bisabuela, con los dedos enredados en una hebra que no lograba domar, y le dijo en voz baja:
-Hace falta una mano más, señorita.
X. La lección de deshacer
Luciana había intentado seguirle el ritmo a las demás durante toda la noche. Veía las manos de su abuela moverse con una seguridad que no tenía nada de mecánico, la veía anudar, apretar y dejar correr la fibra sin mirar, y se esforzaba por imitarla, pero cada vez que creía haber atrapado el movimiento la trama se le aflojaba entre los dedos. Se había mordido el labio hasta sentir el sabor del hierro. Había sentido, por primera vez en la vida, la desesperación de querer entender algo con el cuerpo y descubrir que el cuerpo no obedece.
-No puedo -le dijo al ecuatoriano, con los ojos llenos de lágrimas-. Yo no nací para esto. Yo me voy a ir, don Juan, me gané una beca, voy a estudiar. Mi abuela sabe que me voy. No tengo por qué estar aquí.
-Nadie le está pidiendo que se quede -respondió él con una dulzura que desarmaba-. Su abuela se lo dijo, ¿no es cierto? Se lo dijo anteayer en la cocina. Que las manos se acuerdan aunque la cabeza se vaya.
Luciana se quedó helada. No había contado esa conversación a nadie.
-Yo estaba ahí -explicó el ecuatoriano con una sonrisa-. Yo siempre estoy en las cocinas donde se habla de tejer. -Se arrodilló junto a ella, con la agilidad de un joven, y le tomó las manos entre las suyas, que eran rugosas y secas, y olían a lluvia vieja-. Escúcheme. Lo que usted intenta es tejer un sombrero sin saber deshacerlo. Es como querer aprender a cantar sin saber callar. Ahora hágame un favor: no teja. Deshaga.
-¿Qué?
-Deshaga lo que ha hecho. Hebra por hebra. Despacio. Y mire cómo está hecha cada vuelta.
Luciana respiró hondo y empezó a soltar la trama torcida que llevaba tanto tiempo peleando. Fue sacando cada nudo con la punta de los dedos, sin rabia, con la atención con que se desenreda el cabello de un niño. Y a medida que la fibra se aflojaba entre sus manos, empezó a entender. Vio cómo cada vuelta se apoyaba en la anterior y sostenía a la siguiente, cómo el hilo que parecía innecesario era el que mantenía en equilibrio a todos los demás, cómo el error que había cometido a la altura de la tercera vuelta había forzado las otras diez. Era como leer un texto al revés y descubrir de golpe su gramática.
Cuando terminó de deshacerlo, su abuela le puso en las manos una hebra limpia y no le dijo nada. Luciana la tomó y empezó a tejer, y sus dedos, que durante toda la noche habían sido torpes y rígidos, se movieron con una suavidad que la dejó sin aliento. Era la mano de su abuela, la de su bisabuela, la de todas las mujeres de la familia que se habían sentado a escuchar la iraca, pero era también la suya, joven y apresurada y un poco rebelde, que ponía en cada vuelta un ritmo que nadie le había enseñado. Y por primera vez en su vida entendió que podía irse y quedarse a la vez.
XI. El pasillo bajo el cielo blanco
El sol salió por detrás del cerro con una luz tan lenta que parecía estar pensando antes de tocar el pueblo. Cuando alcanzó la plaza, el sombrero gigante estaba terminado. Se alzaba sobre las casas, sobre los árboles y las banderas, una copa inmensa y un ala que se extendía de lado a lado de la cuadra como un techo de nieve suspendido en el aire, y por debajo se filtraba una luz blanca y pareja que hacía parecer nuevos los rostros de las mujeres. Nadie sabía cómo se sostenía. Anselmo decía que lo sostenían las nueve mil, y don Bernardo decía que lo sostenía la costumbre, pero Eulalia, que había tejido a su lado toda la noche, sabía que lo sostenía el acuerdo del que había hablado el ecuatoriano: cada hebra prometiéndole algo a la que tenía al lado.
Las que bajaron de la montaña fueron desapareciendo con la luz, sin despedidas largas, como se van los invitados cuando la fiesta ya es de otros. La madre de Eulalia se quedó hasta el final. Le tocó la frente con dos dedos, le acomodó el pelo y le dijo algo al oído que Eulalia nunca repitió a nadie, ni siquiera a Luciana. Después se deshizo en una hebra blanca que subió a unirse al sombrero, y esa fue la última cuerda que cerró la copa.
El ecuatoriano se quedó un momento más junto a la pila. Miró el sombrero, miró a las tejedoras, miró a los cuatro hombres que apretaban sus sombreros deshechos, y se llevó una mano al pecho con una reverencia sencilla.
-Ya me puedo ir -dijo-. Esto sí lo van a sostener.
-¿Y si se nos olvida otra vez? -preguntó Luciana.
-Entonces los sombreros volverán a deshacerse -respondió él, con una carcajada tranquila que sonó a campanas de pueblo lejano-. Es lo mejor que tienen: no se dejan olvidar.
Ese viernes, el festival comenzó con una hora de retraso, porque nadie quiso moverse de la plaza hasta que el sombrero hubo cumplido su trabajo. A mediodía los tiples afinaron bajo la gran ala blanca y las bandolas rasgaron los primeros compases de un pasillo que a Eulalia le pareció nuevo y antiguo a la vez, con la melancolía lenta del oficio que no se resigna. Los bailarines giraban sobre el empedrado con los sombreros nuevos, recién tejidos esa misma mañana, y el blanco de las copas iba y venía entre las parejas como un oleaje tranquilo. Del cielo seguían cayendo, de cuando en cuando, hilos sueltos que alguien recogía y metía en el bolsillo como quien guarda un amuleto.
La Casa de la Cultura abrió el lunes siguiente un salón con mesas largas, y en la puerta alguien colgó un letrero escrito a mano que decía Escuela de Tejeduría, primera clase gratis. Se llenó de colegiales a las dos de la tarde. Eulalia se sentó al frente con una canasta de cogollos y con la nieta a su lado, que partía esa semana para Medellín con una maleta chica y una caja de iraca en el equipaje, y que había prometido volver cada vacaciones a tejer con las manos que le habían enseñado a deshacer.
Al fondo del salón, en silencio, se sentó Marta, con el uniforme blanco del hospital todavía puesto. Pidió una hebra, la sostuvo un rato sin hacer nada y por fin dijo que le gustaría empezar por el final, por aprender a deshacer, como su hija.
-Mire, mija -le dijo la abuela a un niño de nueve años que apenas llegaba al borde de la mesa-, esto no se hace con prisa. Esto se escucha.
El niño puso la oreja contra el cogollo, y durante un largo rato nadie en el salón dijo una palabra. Afuera, en la plaza, bajo la sombra blanca de un cielo que no era del todo cielo, alguien rasgó un tiple, y la nota se quedó sostenida en el aire, lenta y paciente, sin resignarse a callar.