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José Nicolás Gómez Zuluaga, el hombre que sembró una ciudad con sus manos

En 1825, un grupo de colonos antioqueños fundó Salamina en las cimas de la Cordillera Central. Entre ellos había un hombre distinto a los demás: había estudiado en Santafé, conocía las leyes, sabía leer el mundo con otros ojos. Nicolás Gómez Zuluaga fue el primer juez de Salamina y uno de sus fundadores. Este es su cuento. Y también es el de su sangre, que todavía camina por estas calles.
Eleuterio Gómez codirector

El hombre que sembró una ciudad con sus manos

La presente crónica fue elaborada a partir de datos provenientes de diversas fuentes, como Wikipedia, El Tiempo, La Patria, distintos blogueros y, en especial, el libro Los Gómez, fundadores de pueblos y ciudades de Monseñor Horacio Gómez Orozco, además de un toque de realismo mágico. No pretende ser un documento histórico, sino una narración desde el imaginario colectivo, de la cual podemos extraer nuestras propias reflexiones.

El hombre que sembró una ciudad con sus manos

En la familia hay una historia que se repite de generación en generación, no siempre con las mismas palabras pero sí con la misma sustancia, con ese núcleo duro que tienen las historias verdaderas y que el tiempo no logra disolver aunque lo intente. Dice que hubo un hombre, hace dos siglos, que subió a pie una montaña que no tenía nombre todavía, que miró desde arriba el valle y las crestas y la niebla enrollada en los filos como si estuviera esperando que alguien llegara a habitarla, y que supo en ese momento, con la certeza de las cosas que no necesitan explicación, que ahí iba a quedar. Que esa tierra era la suya. Que en esa tierra iban a nacer sus hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de todos ellos, en una cadena que llega hasta hoy y que no termina aquí.

Ese hombre era Nicolás Gómez Zuluaga. Y esta es su historia.

Venía de Antioquia, como venían casi todos los que hicieron la colonización de estas tierras, esa gesta silenciosa y descomunal de hombres y mujeres que cruzaron ríos y treparon cordilleras con lo que cabía en el lomo de una mula y la voluntad de empezar desde cero en un lugar donde todavía no había nada. Estos grupos que se extendieron entre los ríos Buey y La Vieja de norte a sur, empezaron por Sonsón en Antioquia y avanzaron después hacia Aguadas en 1814 y Salamina en 1825. Era el movimiento más grande de gente que estas montañas habían visto desde los tiempos de los Quimbayas, y lo hacían sin ejército y sin decreto y sin que nadie les prometiera nada, guiados por esa fe particular del colono antioqueño que no espera que la tierra esté lista sino que va y la prepara con sus propias manos.

Pero Nicolás era distinto a los demás del grupo, y esa diferencia importa para entender lo que vino después. Había estudiado en Santafé de Bogotá, en esa ciudad lejana y fría que para la mayoría de los colonos era apenas un nombre en boca de los curas y los políticos, un lugar abstracto donde vivían los que decidían las cosas. Nicolás la conocía de adentro. Había caminado sus calles empedradas, había sentado en aulas donde se enseñaba derecho y filosofía y las leyes de la república que apenas empezaba a encontrar su forma después de la independencia. Sabía leer y escribir con la fluidez del que lo hace desde niño y para quien las letras son un instrumento tan natural como el machete para quien lo empuña desde que tiene memoria. Conocía la Constitución, entendía cómo funcionaban los municipios, sabía que un pueblo no era solo las casas y las gentes sino también las instituciones que lo ordenaban y le daban forma legal ante el mundo.

Eso lo hacía el más ilustrado del grupo. Pero no lo hacía menos campesino. Esa es la cosa con Nicolás Gómez Zuluaga, la cosa que la historia oficial no siempre sabe capturar porque tiende a separar lo que en ciertos hombres viene junto: el conocimiento y el trabajo manual, el libro y el machete, la ley escrita y la tierra bajo las uñas. Nicolás era las dos cosas al mismo tiempo, sin contradicción y sin jerarquía entre ellas. Sabía leer a Rousseau y sabía también cuándo sembrar el maíz. Conocía los artículos de la constitución y conocía también el olor de la tierra mojada después del aguacero y lo que ese olor prometía para la cosecha.

La fundación del municipio fue liderada por Fermín López, en la zona conocida como Sabanalarga, entre los ríos Pocito y Chamberí, y fue bautizada como Salamina. Ese 8 de junio de 1825, cuando el grupo de colonos se reunió para formalizar lo que ya era un hecho en la práctica, para ponerle nombre legal a lo que habían construido con sus manos y su determinación, Nicolás Gómez Zuluaga estaba ahí. Ante la ley, Salamina se convirtió en municipio el 8 de junio de 1825, por el decreto firmado por Francisco de Paula Santander, vicepresidente de la república en esa época. Firmaron el acta los que sabían firmar, y entre ellos estaba Nicolás, con esa letra aprendida en Santafé que era distinta a la de los demás, más formada, más segura, la letra de alguien que ha pasado horas copiando textos y aprendiendo que las palabras escritas tienen un peso diferente a las palabras dichas porque las palabras escritas quedan.

Cuentan que esa noche, después de la firma, el grupo se reunió alrededor de un fogón en alguna de las primeras casas del naciente pueblo. La niebla había bajado hasta las calles como suele hacerlo en Salamina cuando el día termina, esa niebla densa y fría que no es amenaza sino manto, que no cierra el horizonte sino que lo transforma en algo más íntimo y más recogido. Alguien destapó un aguardiente. Alguien más dijo unas palabras que nadie recordó exactamente pero que todos recordaron como importantes. Y Nicolás, que no era hombre de discursos largos a pesar de su educación, o quizás precisamente por ella, dijo algo breve que quedó dando vueltas en la memoria de los que lo escucharon: que un pueblo no era la tierra sino la gente, y que la gente no era el número sino el acuerdo, y que el acuerdo más difícil de sostener siempre era el de vivir juntos con justicia. Nadie supo entonces que esa frase era también una premonición.

Porque a Nicolás Gómez Zuluaga le tocó ser el primero en encarnar ese acuerdo. Lo nombraron primer juez de Salamina. No había otro con la formación necesaria, no había otro que conociera las leyes de la república con suficiente profundidad como para aplicarlas en ese pueblo recién nacido donde todavía no había ni iglesia terminada ni calles trazadas con claridad. El cargo llegó con toda la solemnidad que podía tener un nombramiento en un pueblo de montaña en 1825, que no era la solemnidad de los palacios sino la de los ranchos de bahareque y los acuerdos sellados con la palabra, que en ese tiempo y en ese lugar valían más que cualquier documento.

Ser juez en Salamina en esos años era un oficio que requería mucho más que conocer las leyes. Requería entender a la gente, leer entre líneas de lo que no se decía, encontrar el equilibrio en situaciones donde la ley escrita no alcanzaba a llegar y donde había que improvisar con la sabiduría práctica del que conoce a los suyos. Disputas por tierra en un pueblo que había nacido precisamente de la búsqueda de tierra. Líos de linderos entre vecinos que habían caminado juntos la misma montaña y que de repente se miraban como rivales sobre un pedazo de suelo. Deudas, herencias, malentendidos que en un pueblo donde todos se conocían tenían la intensidad de los conflictos familiares porque en el fondo todos eran familia.

La propiedad de los terrenos mantuvo un gran litigio con la Concesión Aranzazu que fue solucionado en 1853 a favor de los colonos de Salamina. Nicolás no vivió para ver ese desenlace, pero fue de los primeros en entender que ese litigio sería la prueba más grande del pueblo recién fundado, que la tierra que habían abierto a machete no era legalmente suya todavía y que la defensa de ese derecho iba a requerir exactamente lo que él podía ofrecer: el conocimiento de las leyes y la voluntad de usarlas. Plantó esa semilla. La regó con trabajo y con paciencia. Y el pueblo la cosechó décadas después.

Dicen en la familia que Nicolás tenía una manera particular de resolver los conflictos que le llegaban como juez. Escuchaba a las dos partes con una atención que a veces desconcertaba a los involucrados, porque no era la atención performativa del que espera su turno para hablar sino la atención real del que está procesando cada palabra y cada silencio. Después se quedaba quieto un momento, con esa quietud que los que lo conocían aprendieron a respetar porque sabían que de ahí iba a salir algo que valía la pena escuchar. Y entonces hablaba. No con la retórica aprendida en Santafé, no con el lenguaje complicado de los documentos legales que conocía de memoria, sino con las palabras del campo, con la lógica del agricultor que entiende que la tierra es de quien la trabaja y que la justicia, como la cosecha, requiere paciencia y buen tiempo.

La niebla de Salamina, esa niebla que los salamineños de hoy siguen reconociendo como propia, como una presencia que pertenece al lugar con la misma propiedad que las casas y las gentes, fue testigo de todo esto. La vio bajar muchas veces mientras Nicolás caminaba las calles del pueblo que él había ayudado a fundar, mientras recorría los mismos caminos que habían abierto a machete, mientras miraba crecer lo que habían plantado no solo en la tierra sino en la convivencia. Lo que comenzó como una disputa por terrenos dio paso a la edificación de una comunidad con profundas raíces culturales. Y en esa edificación había una mano que sabía tanto de leyes como de labranza, tanto de libros como de tierra.

De Salamina salieron los fundadores de municipios como Filadelfia, Neira, Santa Rosa de Cabal, Manizales, Aranzazu, Pensilvania, La Merced, Marulanda y San Félix, lo que hace que Salamina se llame ciudad madre de los pueblos. Nicolás Gómez Zuluaga fue uno de los que pusieron la primera piedra de esa madre. Uno de los que hicieron posible que de esta tierra salieran después tantos que fueron a fundar otras tierras, a repetir la gesta en otras montañas, a llevar la semilla de Salamina más lejos de lo que cualquiera habría podido imaginar esa noche del fogón cuando el aguardiente pasaba de mano en mano y el pueblo era todavía más sueño que realidad.

Y hay algo más que la historia oficial no dice pero que la sangre sí guarda. Que de Nicolás Gómez Zuluaga viene una línea que no se rompió. Que de ese primer juez de Salamina, de ese campesino ilustrado que supo leer la montaña con los mismos ojos con que leyó los libros de Santafé, desciende alguien que hoy escribe estas líneas. Que la misma sangre que firmó el acta de fundación de un pueblo en 1825 es la que hoy escribe sobre ese pueblo con el amor particular de quien sabe que no está escribiendo sobre un lugar sino sobre una raíz propia.

Eso no es un detalle menor. Eso es todo.

Porque los pueblos no los fundan los decretos. Los fundan los hombres que un día suben una montaña, la miran, y deciden que ahí se quedan. Que ahí van a echar raíces tan profundas que dos siglos después todavía nadie las puede arrancar.

Nicolás Gómez Zuluaga echó esas raíces.

Y aquí seguimos, creciendo de ellas.

Genealogia Gomez
Este árbol genealógico reconstruye, según la información consignada en el registro familiar representado, una línea de descendencia que se remonta hasta José Nicolás Gómez Zuluaga, reconocido como uno de los fundadores de Salamina (Caldas) y primer juez del naciente municipio tras su creación en 1825. Su participación en la colonización antioqueña y en la consolidación institucional de la población lo convierten en una figura fundamental de la historia regional. A partir de él se despliega una sucesión de generaciones que refleja la continuidad de una familia profundamente vinculada al desarrollo del norte de Caldas. En esta línea de descendencia aparece Eleuterio Gómez Valencia (1948) Codirector de este Informativo y autor de esta crónica, presentado en este árbol como sucesor directo de José Nicolás Gómez Zuluaga, testimonio de un legado familiar que ha permanecido vivo durante dos siglos. Más que una relación de nombres y fechas, esta genealogía representa la memoria de una estirpe que ha conservado sus raíces, honrando la historia de quienes ayudaron a fundar una de las poblaciones patrimoniales más emblemáticas de Colombia y transmitiendo ese legado de generación en generación.

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