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Vol.

El hombre que cargaba el peso del pueblo sin que nadie se lo pidiera

Eleuterio Gómez codirector

Dicen que la primera vez que Juancho Carrancho llegó a Salamina nadie lo vio llegar. Así, de golpe, como si siempre hubiera estado ahí, como si hubiera brotado de alguna grieta entre los adoquines mojados de la calle real, un martes de mercado, con el canasto al hombro y esa canción en los labios que después todo el mundo aprendería a reconocer antes de verlo aparecer por la esquina. Aquella casita tan blanca y bonita… Eso era Juancho: primero la voz, después el hombre.

Nadie supo bien de dónde venía. Algunos dijeron que era de un caserío al otro lado de la montaña, de esos que no aparecen en ningún mapa pero que uno jura haber visto alguna vez desde lejos, en la neblina, cuando el camino empieza a subir y el frío pega diferente. Otros aseguraban que había llegado a pie desde Aguadas, con nada más que el canasto, unas alpargatas y esa canción que parecía haber cantado desde antes de nacer. Pero la verdad era que nadie preguntó demasiado, porque Salamina tampoco era de esas que exigían explicaciones. Si uno llegaba con las manos limpias y el ánimo dispuesto, el pueblo lo recibía sin más trámite.

Y Juancho tenía las manos muy limpias.

Era un hombre de estatura mediana, espalda ancha, piel curtida de sol y caminatas. Tenía los pies acostumbrados al empedrado como si fueran parte de él, como si las piedras de las calles lo reconocieran y le abrieran paso suavecito cada mañana. Andaba con un sombrero de paja que había visto tiempos mejores pero que él usaba con una dignidad que hacía sentir mal al sombrero nuevo de cualquier otro. Su canasto era de guadua tejida, grande, con una asa de cuero sobado que él apoyaba en el hombro izquierdo con la naturalidad de quien carga algo que ya hace parte del cuerpo.

No se apuraba. Ese era el detalle que más llamaba la atención, porque Salamina era un pueblo de cuestas, de subidas que cortaban el aliento y bajadas que le doblaban las rodillas al más pintado. Y sin embargo Juancho caminaba por esas calles como si fueran planas, como si la gravedad hubiera llegado a un acuerdo con él en algún momento y le hubiera dicho: tranquilo, yo con usted me porto bien. Su paso era lento pero sin pausa, sin ese titubeo del que duda. Era la lentitud del río, no la del perezoso.

La gente de Salamina aprendió a medirle el tiempo por su canción. Cuando se escuchaba bajito, a dos cuadras, era hora de sacar el mercado a la puerta. Cuando se escuchaba claro y cercano, era que ya venía subiendo la cuesta con los bultos terciados. Y cuando pasaba cantando sin detenerse, era que ese día llevaba demasiado y no podía ni saludar con la mano, aunque siempre encontraba la manera de inclinar apenas la cabeza, como diciendo aquí voy, no los olvido, pero hoy el canasto manda.

Doña Rosario, que vivía en la parte alta del barrio Obrero y que tenía fama de difícil con todo el mundo, decía que Juancho era la única persona en Salamina a quien ella le abría la puerta sin asomarse primero. Es que uno lo oye cantar y ya sabe que viene él, explicaba, con ese tono suyo que no admitía discusión. Le dejaba las llaves colgadas en un clavo detrás de la puerta, el mercado anotado en un papel doblado sobre la mesa de la cocina, y se iba a sus diligencias con una tranquilidad que no le dispensaba ni a sus propias hijas. Cuando volvía, el mercado estaba acomodado, las llaves en su sitio y, a veces, una naranja extra que Juancho ponía encima de todo sin cobrarla, sin decir nada, como quien deja una señal de que estuvo ahí y todo estuvo bien.

Era eso lo que cargaba en ese canasto. No solo papas, no solo plátanos y panela y arroz. Cargaba confianza. Cargaba la certeza de que el mundo todavía tenía gente que no robaba, que no mentía, que no cambiaba la vuelta ni le quitaba una naranja a nadie aunque nadie lo estuviera mirando. Y en un tiempo en que esas certezas ya empezaban a escasear como el agua en verano, un hombre así valía más que lo que cualquier peso podía medir.

Fue don Aníbal Londoño, el tendero del Alto, quien un día dijo algo que después se repitió en varias mesas y varios corredores del pueblo: Juancho no carga mercado, Juancho carga el alma del pueblo en ese canasto. Lo dijo a media voz, mientras le servía un tinto a alguien, sin aspavientos, como se dicen las verdades importantes en los pueblos: sin anuncio y sin firma.

Hubo una época, cuentan, en que Salamina tuvo sus líos. No importa cuáles, porque todos los pueblos los tienen y porque los líos de los pueblos se parecen más entre sí de lo que uno quisiera. El caso es que había desconfianza en el ambiente, esa cosa invisible que se mete entre la gente y hace que los vecinos se miren de reojo y los tenderos cuenten las monedas dos veces. Y en ese clima raro, en esos días en que el pueblo andaba encogido, lo único que sonaba igual que siempre era la canción de Juancho. Aquella casita tan blanca y bonita… Por la mañana, por la tarde, en las cuestas del barrio Fundadores y en las bajadas hacia el Establo. Invariable. Sereno. Como si él no se hubiera enterado de nada, o como si se hubiera enterado de todo y hubiera decidido que la mejor respuesta era seguir cantando.

Algunos empezaron a salir a las puertas cuando lo escuchaban pasar, no porque necesitaran nada sino porque el solo hecho de verlo andar así, sin miedo y sin prisa, les acomodaba algo por adentro. Una señora vieja, doña Mercedes Ríos, que ya casi no salía de la cama por los achaques, pedía que le abrieran la ventana del cuarto que daba a la calle justo a la hora en que Juancho pasaba. Para oír la canción, decía. Y cerraba los ojos y se quedaba quieta escuchando, con una expresión que su familia describía como la misma que ponía cuando rezaba, aunque nunca se lo dijeron a él porque en Salamina hay cosas que se sienten pero no se dicen.

Una tarde, uno de esos muchachos que abundan en todos los pueblos, de esos que tienen demasiada energía y muy poco para hacer con ella, se le plantó en la mitad de la calle con los brazos cruzados y le preguntó a bocajarro:

—Juancho, ¿usted por qué camina tan despacio?

El pueblo entero pareció detenerse un segundo. Los que estaban en las puertas se asomaron un poco más. Los que estaban adentro se acercaron a las ventanas. Era una pregunta que todos habían tenido alguna vez pero que nadie había tenido el descaro, o la ingenuidad, de hacer en voz alta.

Juancho no se detuvo. Siguió su paso, pasó al lado del muchacho, y sin voltearlo a ver dijo:

—Porque el mercado llega igual y el afán no ayuda a cargarlo.

Y siguió. Y siguió cantando. Aquella casita tan blanca y bonita… Y el muchacho se quedó parado en la mitad de la calle, viendo alejarse esa espalda ancha con el canasto terciado, sin saber muy bien qué había pasado, pero con la sensación de que le habían enseñado algo importante sin que nadie se hubiera tomado el trabajo de explicárselo.

Lo que muy poca gente en Salamina sabía, porque Juancho no era hombre de confidencias, era que esa canción tenía historia. Él la había aprendido de su madre, una mujer de nombre Transito que había vivido y muerto en un caserío sin nombre, en una casita de bahareque con techo de zinc que sí era blanca, o había sido blanca alguna vez, y que para ella representaba la idea entera de la paz.

Mientras uno tenga una casita y la puerta abierta, ya tiene todo, le decía su madre cuando él era niño y preguntaba por qué no tenían más. Y él, que de niño no entendió muy bien la respuesta, fue entendiéndola de a poco con los años, a medida que el canasto se iba llenando y vaciando, llenando y vaciando, y el pueblo lo iba conociendo y él iba conociendo el pueblo, calle por calle, cuesta por cuesta, puerta por puerta.

Había en Salamina una leyenda, de esas que nadie sabe cómo empezaron pero que todo el mundo repite como si la hubiera vivido, que decía que el pueblo tenía ciertos guardianes invisibles. No ángeles con alas ni santos de altar, sino personas corrientes que sin saberlo cargaban sobre los hombros una parte del peso espiritual del lugar. Gente sencilla, tranquila, que hacía su oficio sin alharaca y que con solo existir mantenían cierto equilibrio en el ambiente. Cuando uno de esos guardianes faltaba, el pueblo lo sentía, aunque no pudiera explicar exactamente qué había cambiado. Era como cuando una viga de una casa vieja cede un poco: la casa no se cae todavía, pero algo cruje y el aire dentro se vuelve diferente.

Juancho Carrancho nunca supo que muchos en Salamina lo ponían en esa categoría. Él habría protestado si se lo hubieran dicho, con esa parquedad suya, con un gesto de la mano que quería decir no me vengan con esas. Pero la verdad es que había algo en él que no era del todo explicable. Algo que hacía que los perros bravos no le ladraran, que los niños lo siguieran un tramo de calle sin que él los invitara, que las señoras le pusieran un pocillo de tinto en la puerta aunque no hubiera pedido nada, que los viejos le preguntaran la hora aunque tuvieran reloj, solo por escucharlo responder.

Una vez, en pleno diciembre, cuando el pueblo estaba de fiesta y las calles olían a pólvora y aguardiente, hubo una pelea en la plaza. Una de esas peleas de madrugada que empiezan por nada y terminan en cuchillo si nadie para el tiempo. Dos hombres, envalentonados por el licor y por esa maldita costumbre de la honra mal entendida, ya se habían empujado un par de veces y los que estaban alrededor formaban ese círculo cobarde que la gente hace cuando quiere ver pero no quiere meterse.

Y entonces se escuchó la canción.

Juancho venía de hacer un encargo tardío, con el canasto vacío al hombro, caminando por el borde de la plaza sin meterse en nada. Aquella casita tan blanca y bonita… Tranquilo, como siempre, como si no hubiera nada raro en el ambiente, como si la plaza fuera la misma de cualquier martes de mercado.

Uno de los dos hombres lo vio pasar. No supo después explicar bien qué pasó. Dijo que fue como si algo se le aflojara por dentro, como si de repente el cansancio le ganara a la rabia. Se quedó mirando a Juancho alejarse con el canasto vacío y la canción en los labios, y cuando quiso volver a pelear ya se le había ido el ánimo. El otro hombre tampoco insistió. El círculo se disolvió. Alguien prendió otro volador. La fiesta siguió.

Nadie habló de eso. Pero tampoco lo olvidaron.

Los años pasaron, como pasan en los pueblos: despacio en los días y rápido en las décadas. Juancho siguió cargando mercados, siguió cantando por las calles, siguió respondiendo lo justo cuando alguien le hablaba y siguió poniendo naranjas de más sin cobrarlas. El pueblo fue cambiando a su alrededor, como cambian todos los pueblos: se fueron algunos, llegaron otros, cerraron tiendas, abrieron distintas, los niños que lo seguían por la calle se volvieron jóvenes y los jóvenes se volvieron señores con canas propias. Y él ahí, con el canasto y la canción, igual que siempre, un poco más lento quizás, un poco más curtido, pero con esa paz intacta que nunca pareció depender de nada externo.

Hubo una mañana, una de esas mañanas frías de Salamina en que la neblina baja hasta la calle y el pueblo parece flotar en el aire, en que Juancho no apareció. La canción no se escuchó por ninguna calle. Doña Rosario esperó con las llaves en el clavo y el papel doblado sobre la mesa, y el día pasó sin que nadie viniera. Doña Mercedes pidió que le abrieran la ventana a la hora de siempre y escuchó nada más que el viento. Don Aníbal salió a la puerta de la tienda varias veces a mirar hacia la plaza, sin saber bien qué estaba esperando.

Nadie supo adónde se fue. Algunos dijeron que se había ido para donde un sobrino en otro pueblo. Otros dijeron que simplemente se había cansado, que había llegado el día en que el canasto pesó más de lo que los hombros podían cargar. Un viejo que vivía al frente del parque dijo que lo había visto irse un amanecer, con el canasto al hombro y cantando bajito, tomando la carretera que sube hacia el páramo, y que en algún momento la neblina se lo había tragado y ya no lo vio más.

Lo cierto es que Salamina guardó su ausencia de la misma manera en que había guardado su presencia: sin mucho ruido. Con ese duelo callado de los pueblos que saben que ciertas personas no se reemplazan, que hay huecos que no se tapan y que lo mejor es aprender a vivir con ellos, a rodearlos con cuidado, a no olvidar lo que había ahí antes.

Y de vez en cuando, en las mañanas de neblina, cuando el frío aprieta y el pueblo todavía está medio dormido, alguien jura escuchar, muy lejos, casi confundida con el viento que baja de la montaña, una canción.

Aquella casita tan blanca y bonita…

Y entonces la gente se levanta un poco más despacio. Sale a la puerta con más calma. Saluda al vecino con una sonrisa pequeña. Y sigue su día con algo parecido a la paz, sin saber muy bien de dónde vino, pero sin preguntarlo tampoco.

Porque hay preguntas que Salamina aprendió a no hacer.

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