Hay canciones que uno escucha y hay otras que se quedan a vivir en algún rincón de la casa. “Mi viejo” se quedo en nuestros corazones.
Sonó alguna vez en una radio mientras nuestro padre todavía estaba sentado a la mesa. Volvió a sonar cuando ya los años le pesaban. Y un día la oímos con la silla vacía. Fue entonces cuando entendimos que la canción de Piero ya no hablaba solo de su padre. Hablaba del nuestro.
Este miércoles 7 de octubre murió Piero. Tenía 81 años.
La noticia salió de Argentina a lo largo de la tarde y no tardó en cruzar fronteras. Clarín confirmó el fallecimiento con fuentes cercanas al artista, que ya lo describían muy grave. En Colombia, donde su nombre nunca fue extranjero, empezó también la despedida.
Piero Antonio Franco De Benedictis nació el 19 de abril de 1945 en Gallipoli, Italia, y llegó a la Argentina con tres años. Allí creció, allí empezó a cantar, y allí encontró en el poeta José Tcherkaski al compañero de buena parte de su obra. De esa amistad salieron canciones que acabarían recorriendo todo el continente. Una de ellas fue “Mi viejo”, de 1969.
Han pasado 57 años y todavía duele.
Quizá eso explique a Piero mejor que cualquier lista de premios, discos o escenarios. Uno puede olvidar quién encabezaba las listas aquel año, qué cantante llenaba los estadios o a quién anunciaban como la gran estrella del momento. Lo que cuesta olvidar es la canción que nos hizo pensar en nuestro padre.
Después de él, “Mi viejo” pasó por cientos de voces; la Fundación Konex habla de más de quinientas versiones. Pero la voz que quedó pegada a esa canción fue la suya, la de aquel muchacho de barba y pelo largo que cantaba como si estuviera conversando. Nunca necesitó gritar para que lo oyeran. Cantaba como quien se sienta enfrente, como quien tiene algo que contar.
Así la cantó por primera vez, y nada menos que frente a su propio padre. Cuenta Piero que apenas la terminaron, él y Tcherkaski, corrió hasta el taller de electricista que su viejo tenía en Banfield y se la cantó allí mismo, entre herramientas y cables. Al levantar la mirada lo vio llorando, algo que nunca antes le había visto hacer. Y todavía quedaba lo mejor: según recordó años después, al llegar a un verso que hablaba de su andar cansado, el hombre se enfureció y le reclamó que a él nadie lo ponía a caminar despacio. Así era el viejo de verdad: orgulloso, de pocas palabras, incapaz de aceptar que la canción lo hubiera descubierto tan por completo.
Esa escena lo dice todo. Antes de hacerse de millones de oyentes, “Mi viejo” fue una canción cantada a un hombre cansado, en un taller, y que le llegó hasta donde él no quería que le llegara.
El hombre que también le cantó al pueblo
Dejarlo encerrado en “Mi viejo” sería injusto con él.
Piero fue de esa generación latinoamericana que entendió que una guitarra también podía hacer preguntas incómodas. Le cantó al trabajador, a la injusticia, a la pobreza, a esos hombres comunes que casi nunca salen en los libros. Ahí están “Pedro Nadie”, “Juan Boliche”, “Coplas de mi país” y aquella canción que terminó volviéndose consigna: “Para el pueblo lo que es del pueblo”. No hacía falta explicarla; la gente entendía.
Eran años duros. Había dictaduras, cárceles, censura y exilios, y hasta las canciones andaban vigiladas. Piero conoció el destierro: tuvo que irse a España y su carrera se detuvo durante años, hasta que volvió a la Argentina con la democracia.
Tal vez por eso sus canciones guardan algo que hoy escasea, que es la memoria. Él no decía “el pueblo” como quien usa una palabra bonita. Al pueblo le ponía cara, le ponía trabajo, le ponía hambre y le ponía nombre.
Clarín recordó hoy algo que Piero le confesó al periódico años atrás: que él mismo había saboteado su carrera entre exilios, interrupciones e idas y venidas. Contó también por qué insistía en volver sobre sus viejas canciones: porque creía que somos sociedades de poca memoria. Puede que tuviera razón.
Colombia también era su casa
Para los colombianos, Piero nunca fue solo un cantante argentino nacido en Italia. Venía seguido, cantaba aquí, se quedaba conversando con la gente. Sus canciones sonaron durante décadas en las emisoras, en las casas, en las universidades, en los cafés y en esas reuniones donde siempre alguien terminaba buscando una guitarra.
Colombia le correspondió con una distinción que pocos reciben: la nacionalidad colombiana, que le fue concedida en los años noventa. No fue un simple trámite. Fue el reconocimiento a una relación que se había ido construyendo con los años.
Hace apenas unos meses celebró sus 81 años en Bogotá, según recordó este miércoles El Espectador. Ese detalle hoy duele un poco más, porque Piero todavía seguía viniendo y todavía encontraba motivos para volver.
Quizá porque aquí le entendíamos las canciones. Aquí también sabemos de padres que envejecen trabajando y de hombres callados que llegan cansados a la casa. Conocemos al campesino, al obrero, al empleado, al maestro, al muchacho que se va a buscar suerte. Y conocemos pueblos que han tenido que cantar para no quedarse solo con la tristeza.
Una voz sin maquillaje
Piero tampoco fue el cantante perfecto, y qué bueno que no lo fuera. Su voz tenía asperezas, a veces parecía quebrarse y se le oían respiraciones que otro intérprete habría corregido en el estudio. Pero ahí estaba buena parte de su fuerza: sonaba humano. En algunas canciones parecía cantar y en otras, recordar. Había momentos en que la letra parecía estarle sucediendo mientras la decía.
Por eso envejeció tan bien. No tuvo que esconder los años. El muchacho que le cantó al padre terminó siendo un hombre viejo, con la barba blanca y esas marcas en el rostro que deja el tiempo cuando ha pasado de verdad, y no solo por el calendario. Y siguió cantando. La Fundación Konex le calcula más de cuatro mil conciertos y más de veinticinco discos, y en 1985 le entregó el Diploma al Mérito como baladista.
Son cifras importantes, pero esta tarde pesan poco.
Esta noche alguien pondrá “Mi viejo”
La muerte de un cantante tiene algo extraño: el hombre se va, pero la voz se queda.
Esta noche estará sonando Piero en alguna casa de Buenos Aires, y también en Bogotá, en Medellín, en Manizales, y en cualquier pueblo colombiano donde un hombre de nuestra edad todavía guarde aquellos discos. Alguien buscará “Mi viejo”. Otro preferirá “Tengo la piel cansada de la tarde”. Alguno pondrá “Para el pueblo lo que es del pueblo”. Y habrá quien no ponga ninguna y se quede simplemente recordando: a un padre, a una madre, a una novia que quedó cuarenta años atrás, a una reunión de estudiantes, a un tocadiscos, a una emisora AM sonando en la cocina.
Porque eso hacen ciertos artistas: se meten en nuestra propia biografía, y llega un día en que ya no sabemos dónde termina su canción y dónde empieza nuestro recuerdo.
Hasta el momento de escribir estas líneas no hay información oficial suficientemente sólida sobre la causa de su muerte. Lo responsable es dejarlo así. Sus allegados habían dicho que su estado de salud era muy delicado. Ya habrá tiempo de saber los detalles.
Hoy lo que queda es la canción, y esa paradoja hermosa y triste que Piero levantó sin proponérselo: durante más de medio siglo nos enseñó a mirar al viejo, y ahora el viejo es él. El hombre de barba blanca, el caminante cansado, el cantor que atravesó países, dictaduras, exilios, regresos y miles de escenarios.
Se fue Piero.
Pero mañana, o dentro de diez años, o dentro de cincuenta, algún hijo volverá a escuchar “Mi viejo” después de perder a su padre. Sentirá ese nudo que ya conocemos. Y entonces, sin haberlo conocido jamás, entenderá quién fue Piero.