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De los peligros de tener moza: la costosa lección de don Benicio desde El Alto

Entre parrandas, fincas y picardía montañera, don Benicio relata cómo su vida de mujeriego terminó en expulsión del hogar y un insólito enredo de mercados. Una divertida confesión sobre las consecuencias de servir a dos señores cuando el orgullo de las mujeres manda en el pueblo.

Cómo están pues, patroncitos y patroncitas, qué tal esta semana; gracias a Dios sigue cayendo agüita, qué bendición. Yo, un poco cansado ya de tanto hablar del abolengo, de las costumbres, de los caminos y las herencias, quiero hoy contarles una historia propia, más bien una anécdota de los cuentos y las peripecias de un santo varón conservador hasta teñir la sangre de azul; y oigan, hablando de eso, a modo de paréntesis, qué contradictorio un pueblo godo donde exista tanta picardía junta, tanto chisme, tanto cuento y tanta moza junta, jajajaja; parece más bien cosa de tema liberal, pero bueno, eso es otro cuento que un día pondremos sobre la mesa.

Hablábamos de los caminos de arriería y los caminos reales, y todas esas cosas bonitas que los fundadores y mayores, a punta de machete y azadón, nos dejaron de recuerdo y de comunicación entre montañas, y de lo importante que esto fue para que este sueño de construir una ciudad se diera, y para que las finquitas, claro está, tuvieran su manera de llegar, entrar y sacar las bestiecitas, arriar las vacas y arar los campos, y llevar y traer productos, y comunicarnos, claro está, con otros remotos lugares.

Mi tierrita, en esas épocas de fogosa juventud, estaba por allá en la cima de una bella montaña; se llamaba “El Ciprés”, en una bella y aún afamada vereda, de las más importantes de la comarca, La Loma; qué belleza de tierra, extensa, verde y abundante en toda clase de cosechas: cafecito, plátano, caña, de todo daba ese terroncito de mi alma; alcanzó para darle tajito a unas cuantas queridas e hijos que fui dejando por el mundo, porque eso sí, yo puse en práctica al pie de la letra la máxima de nuestros mayores, “la riqueza de un hombre está en la fuerza de trabajo, es decir, en cuánta prole deje”, esto combinado con mi gusto por las mujeres; Eaaaveeee, Dios mío, si yo veía una escoba con faldas, ahí mismo era, qué cosa tan impresionante; además no había televisores, la luz se apagaba temprano y no quedaba sino una sola entretención. Allá dejé mucha descendencia que hoy sigue proliferando en esa zona, todos trabajadores, verracos y buenas personas, porque eso sí, puede que fuéramos traviesos y abundantes en amor con corazón pa’ muchas, pero seriedad, educación y buenas maneras, honestidad y espíritu trabajador se les inculcó a tuiticos.

Alcanzó también para dar terrenos para la escuela, para el campo de fútbol y otras cositas, pues eran épocas de mucha abundancia, gracias al Señor; pero ese no es el cuento. Yo tenía mi esposa, misia Esther, ay, qué mujer recia y malgeniada, parada en la raya, exigente, correcta y dura, pero también dulce, buena mamá, generosa, bien educada y seria en el trato y la palabra; pero qué le vamos a hacer, pues, paisanos, uno tenía ese espíritu aventurero, jugador, tomatrago y mujeriego, y no nos bastaba con atender otros hogares por allá en el tajo, sino que en el pueblo también hacíamos nuestras travesuras. Llegábamos del tajo siendo viernes en la tarde-noche, y sin mediar palabra, muchas veces sin tan siquiera entrar a la casita a saludar a la familia, nos íbamos para Toriles a exorcizar el cansancio, a ahogar las penas y olvidar los problemas —“antes ese era el mejor psicólogo”, ahora no hay sino disque zona de confort y disque una generación de cristal—. Nosotros nos hacíamos la terapia a punta de guaro, mujeres y dado; nos jugábamos las casas, fincas y hasta la última moneda echando suertes, al tute, o cualquier técnica milenaria que nos permitiera poner a prueba lo que hoy llaman adrenalina, y que en esa época solo era la sencilla manera de romper con la rutina y la monótona práctica de arar la tierra, arriar las bestias y cuidar el tajo; éramos hijos del monte, montañeros, nos enseñaron a ser recios, a ser machos y a jugarnos la vida en cada decisión, pues finalmente no hubo mayor apuesta que salir en caravana a abrir monte y buscar fortuna en la manigua, por allá en 1800 y péguele.

Bueno, el cuento no es ese. Fueron tantas queridas, tanto derroche y tanto juego —aunque la suerte nunca nos faltó y mucho ganamos— que doña Esther nos dejó; óiganse bien, una mujer conservadora de ideología y raíces, casada por la iglesia, rezandera y con un enorme temor de Dios, fue de las primeritas en el pueblo en decir “no más” y dejar a este papucho. Mujer de armas tomar, tenaz, varona, llena de hijos pero más llena de amor propio y orgullo, me dejó a mí, al mismísimo Benicio del Alto, y me echó de la casa y todo; pues un día llegué de la juerga a dormir y madrugar para la finca, y sencillamente las maleticas estaban en la puerta, y me mandó a vivir con la querida, o por lo menos con la más oficial de ellas. Qué complique, home, señores, y sí, allá me tuve que ir a vivir, y nunca más la señora se dignó ni tan solo a volverme a dirigir la palabra.

Siguió la vida; me veía con los hijos, los grandes me acompañaban a la finca, los pequeños me pedían la mesada, y hasta nietos ya tenía; y semanalmente, como buen cristiano y hombre de bien, llegaba el mercadito en el canasto, surtido, abundante y sin hambre. Éramos lo que hoy se llama “un hombre que provee”, para matronas, señoras de la casa, mujeres abnegadas y cumplidoras del deber —pero luego hablamos de eso, que es otro cuento—. El tema es que cumplíamos el deber; yo no era el único que tenía esa doble vida, pero sí de los pocos que se había topado con una esposa empoderada, y también de los que daba la cara, pues sí que había por ahí señorones encorbatados y achapaditos que no lo hacían, Eaaaveeee pues.

En una de tantas, tenía yo a la sucursal en plena dieta, pues había acabado de traer al mundo otra criaturita, y se estilaba, pues, que la nueva mamá tenía que cumplir una especie de ritual o tradición: hacer una dieta. Y esta consistía en guardar una especie de cuarentena en la cual se comía de todo, se le daba gusto en todo, se le atendía como a una reina, y sobre todo, lo más particular, tenía que comer gallina diario, pues si no lo hacía, no se iba a poder recuperar del descomunal esfuerzo de parir una criatura; era descomunal el gasto, y más el esfuerzo, de cada semana mercar con gallinas para cumplir con el deber del amo de la casa de mantener en especial estado de gracia a la patrona. Ahí viene el lío: en cierto viernes tarde-noche, llegada a Toriles a la misma rutina de la juerga y el desorden, llamé al cargador y le encargué el mercado para las dos casas, ambos abundantes, ambos prodigiosos y en demasía, pero uno con gallinas para la semana, y el otro con lo normal, porque la ex mujer ya no daba prole.

Mensajero despalomado y poco precavido —aguevado, diría yo, por no llamarlo más fuertecito— llevó el mercado con gallina donde la ex mujer, y el normal donde la querida, recién parida. Qué lío tan descomunal, patroncitos, qué confusión, qué alharaca; reclamos fueron y vinieron, y obviamente el repartidor se llevó una abundante recordación de su madrecita y toda su descendencia, un repelo monumental y la orden seca de recuperar las mercancías y entregar lo destinado a cada hogar.

Pero qué va, home: la ex, parada en la raya como era, orgullosa como ninguna, exclamó al buen hombre, no sin antes meterle su repelo: “dígale a don Benicio que bien pueda y le compre otras gallinas a la señora, porque estas acá se quedan, y dígale que mi Dios le pague”.

Es mejor, patroncitos, para el bien de todos, que pensemos muy bien las cosas antes de servir a dos señores, pues la picardía nos puede salir bien cara, y nos volveremos famosos por pendejos, pasando estas anécdotas de generación en generación. Ahí les quedo pues, mis queridos paisanitos.

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