¿Revive la Patria Boba? Polarización revive viejos errores

El texto analiza el paralelismo entre la Patria Boba (1810-1816) y la actual polarización política en Colombia. Destaca cómo las disputas internas, la fragmentación regional y la falta de consensos debilitaron la primera república y facilitaron la reconquista española. Hoy, el escenario electoral refleja tensiones similares, donde el enfrentamiento ideológico predomina sobre soluciones, poniendo en riesgo la estabilidad institucional.
Ilustración dividida en dos: a la izquierda, una batalla de la independencia de Colombia; a la derecha, dos líderes políticos actuales discuten con tensión, mientras una paloma blanca vuela al centro simbolizando la paz entre ambos lados.
En medio de la confrontación que divide al país, la historia parece susurrar viejas lecciones que aún no terminamos de aprender. Como en la Patria Boba, las diferencias ideológicas amenazan con imponerse sobre los intereses comunes. Sin embargo, incluso en el punto más álgido del choque, siempre hay espacio para la sensatez. La paz no llega sola: se construye. Y tal vez, más que elegir bandos, el verdadero desafío sea aprender a encontrarnos.

La historia no se repite, pero advierte: sin consensos, la nación se debilita.

Un ambiente de tensión se respira en el país a causa de las elecciones programadas en el presente año, con mayor intensidad por la sucesión en la presidencia de la república. La polarización es protagonista de primer orden y cada día aparecen nuevos auspiciadores de esta, escudados en las campañas de las diferentes candidaturas. Por esta y otras razones, conviene hacer una revisión de antecedentes en la historia de Colombia sobre momentos parecidos al descrito. Así suene a repetición, hay unos sucesos que sirven a este propósito.

La Patria Boba surgió tras el grito de independencia de 1810, con provincias como Cartagena, Antioquia y Cundinamarca disputando la capital y el poder, generando congresos fallidos y guerras civiles internas. Federalistas como Camilo Torres defendían autonomías locales vía el Acta de Confederación de 1811, mientras otros como Antonio Nariño impulsaban un gobierno central fuerte, lo que derivó en anarquía y debilidad ante España. Entre 1810 y 1816 fue un período de caos independentista en Colombia marcado por rivalidades regionales y falta de unidad que facilitó la reconquista española. Este «fracaso de la primera república» se llamó «boba» por la pérdida de tiempo en ambiciones locales. Hoy, en marzo de 2026, la polarización electoral evoca ese espíritu con bloques ideológicos irreconciliables que priorizan la confrontación sobre soluciones comunes.

Para soportar este escrito se hizo revisión de varios textos de autores conocidos, Melo, Arteaga y Liévano Aguirre, en la búsqueda del trasfondo de los sucesos del período que se cita, posterior al grito de independencia. La hipótesis se orienta a identificar factores adicionales al socorrido argumento de la confrontación entre dos bandos: centralistas y federalistas. De entrada, se acentuó la odiosa distinción entre criollos y peninsulares y la junta de gobierno provisional aprobó un decreto en el cual “se ordenaba poner término al status jurídico excepcional de que habían gozado los indios durante la Colonia” y les presentaron un supuesto beneficio al quitarles la obligación del tributo, pero los dejaron como “sujetos a las contribuciones generales que se imponen a todo ciudadano”. Estas por supuesto, más gravosas que los anteriores tributos. Se vislumbra desde ahí la lucha de clases. Se identifican entonces dos sectores de la población inconformes y esquivos a luchar por la unidad nacional y tal vez, simpatizando con el régimen español que luego se instauró.

Pero que sea Liévano Aguirre, con su enfoque socio-económico, quien nos ilustre mejor el contexto de los sucesos: “El nuevo orden político perdió así las anclas que podían atarlo al piso firme de la nacionalidad y se convirtió en el epicentro de una discrepancia fundamental entre los sanos instintos del pueblo – en los que afloraban los valores de la patria , la continuidad vital de su historia, las emociones profundas del alma colectiva- y el espíritu cosmopolita y despectivo de unas minorías que consideraban denigrante y hasta poco distinguido simpatizar con los valores nacionales y cuya conducta en el poder habría de despojar, de sus raíces telúricas e históricas, a la cultura, el arte, el folclore y la organización económica del país; de unas minorías que se encargarían de obstruir todas las vías que podrían aproximar a los poderosos y a los humildes y de hacer imposible el nacimiento de una auténtica unidad nacional.” (Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia. Pág. 561)

Se puede concluir entonces que ésta, llamémosla novel experiencia de gobierno propio, dejó algunas lecciones como:

a) Fue la primera vez que se discutieron conceptos de ciudadanía, soberanía popular y división de poderes en el territorio.
b) Se consolidaron las identidades de las provincias (Antioquia, Cartagena, Tunja), que hoy son base de la estructura cultural del país.
c) A pesar del caos, existía un debate de ideas vibrante. No se seguía a un solo caudillo, sino que se discutían modelos de Estado.
d) La fragmentación impidió crear un ejército nacional cohesivo, dejando la puerta abierta al «Régimen del Terror» español.
e) Se sembró la idea de que quien piensa diferente sobre la estructura del Estado es un enemigo, no un contradictor.
f)
Entonces, si intentamos un paralelo entre esas acciones con la polarización actual encontramos que al igual que en 1810-16 los centralistas y federalistas preferían ver caer la República antes que ceder en sus modelos; la polarización actual prioriza el «triunfo ideológico» sobre las soluciones técnicas a problemas urgentes (salud, seguridad, economía). Hoy, el uso de etiquetas para invalidar al oponente cumple la misma función: anular el debate argumentativo. La tensión entre Bogotá y «las regiones» sigue vigente en la desconexión entre las políticas del interior y las necesidades de la Colombia profunda. Liévano Aguirre advertiría que hoy, como entonces, mientras las élites se disputan el control del relato, las estructuras básicas del Estado se debilitan, dejando a la población vulnerable ante amenazas externas o internas (actores armados ilegales).

La «Patria Boba» no lo fue por debatir, sino por ser incapaz de establecer consensos mínimos de supervivencia. La polarización actual corre el mismo riesgo: agotar la energía nacional en una lucha intestina mientras se pierden oportunidades de desarrollo global.

Las elecciones legislativas de marzo 2026 confirmaron una división profunda: Pacto Histórico (Petrismo) obtuvo 25 curules en Senado, Centro Democrático (uribista) 17, reflejando bloques izquierda-derecha dominantes. En consultas presidenciales, Paloma Valencia (derecha) lideró su bloque, Roy Barreras y Claudia López emergieron en otros, con abstención superior al 50% por desconfianza. Encuestas para presidenciales de mayo muestran a Iván Cepeda (38%) vs. Abelardo de la Espriella (25%), un balotaje polarizado que hereda y sostiene tensiones. Vienen en los próximos días las adhesiones desde las diferentes tendencias ideológicas, con miras a superar la primera vuelta presidencial.

La polarización actual indica que se pueden repetir errores históricos al fomentar «nosotros vs. ellos», y predispone a los ciudadanos a no aceptar de buena gana los resultados de las urnas y crear un halo de desconfianza en torno a la institucionalidad.

Por lo anterior, el llamado principal consiste en invitar a la presencia en las urnas con voto informado para hacer realidad el principio del poder del pueblo como definición de la democracia.

3 respuestas

    1. Es un honor recibir su comentario y además será muy grato leer su libro. Estaré atento.

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