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Mantequillo, el hombre que pidió que nunca dejaran de hablar de él

Oscar Aristizábal, Mantequillo, fue de esos personajes que Salamina no podía ignorar aunque quisiera. Futbolista con magia en los pies, dibujante de talento, guardián del estadio y autor de frases que dejaban a la gente entre la risa y el susto. Vivió a su manera, sin disculpas y sin secretos, con una libertad que el pueblo no siempre entendió pero que jamás olvidó.
Eleuterio Gómez codirector

En la presentación de esta nueva sección de nuestra Revista, titulada Cuentos del Imaginario, debemos hacer justicia a su origen. Esta idea fue creada íntegramente por el señor Herney Zuluaga. Nosotros, por nuestra parte, solamente le hemos puesto la narración y ese toque de realismo mágico que caracteriza nuestra pluma, replicando su visión por considerarla de vital importancia. Todo el crédito de la creación original pertenece, sin duda alguna, al señor Zuluaga. Iniciemos con los Cuentos del Imaginario

La cal y la zurda de Mantequillo

Oscar Aristizábal llegó al mundo con dos dones que no siempre van juntos: una zurda de futbolista que parecía tener inteligencia propia, y una lengua que no conocía el freno. En Salamina, donde los dones se notan rápido y los excesos también, Oscar fue desde muy joven las dos cosas al mismo tiempo: el muchacho que uno quería ver jugar y el muchacho del que uno no sabía muy bien qué esperar cuando abría la boca. El pueblo lo llamó Mantequillo desde temprano, con ese instinto certero que tienen los pueblos para ponerle nombre a lo que no sabe cómo nombrar de otra manera, y el apodo le quedó tan ajustado que con el tiempo ya era imposible separar al hombre del nombre.

Vivía al pie de la calle del hipódromo, muy cerca del estadio Manuel S. Gómez, que era su territorio natural, su guarida, el lugar desde donde veía pasar el mundo con esa mirada suya que mezclaba la picardía y la melancolía en proporciones que variaban según el día. El estadio era para Mantequillo algo más que una cancha. Era su oficina, su sala, su punto de observación y su escenario. Ahí aparecía con frecuencia a delinear la cancha con cal, moviéndose por los bordes con una concentración que contrastaba con el desorden general de su vida, trazando líneas rectas con la misma mano que en otros momentos trazaba dibujos que dejaban boquiabiertos a los que los veían. Porque eso también era Mantequillo: un dibujante con talento real, de esos que tienen en los dedos una capacidad que no se aprende del todo sino que aparece ya puesta, ya lista, como si el cuerpo supiera hacer cosas que la cabeza todavía no ha terminado de entender.

El fútbol era lo primero. Antes que todo lo demás, antes que las anécdotas y las frases y la cárcel y los viajes, estaba la pelota. Mantequillo jugaba con una elegancia que la gente de Salamina recordaba décadas después con esa nostalgia particular de quien vio algo hermoso que no volvió a repetirse. La zurda era el instrumento, pero el instrumento solo era bueno porque quien lo usaba tenía algo adentro, una comprensión del juego que no era solo velocidad ni fuerza sino visión, esa capacidad de ver el espacio antes de que exista, de anticipar el movimiento antes de que ocurra. En una cancha, Mantequillo era otra persona. O quizás era la misma persona pero en el único contexto donde esa persona podía desplegarse completamente, sin las complicaciones que el mundo de afuera le ponía encima.

Tenía amigos inseparables. El Zorro era uno de ellos, otro futbolista bueno, de esos que completan al otro en la cancha con esa sincronía que se parece al lenguaje y que no se entrena sino que aparece cuando dos personas comparten algo más profundo que el equipo. Con el Zorro y con los otros muchachos del barrio y del estadio, Mantequillo construyó ese tipo de amistad que los hombres forman a veces alrededor del deporte, una hermandad de código propio y lealtades absolutas que el mundo exterior no siempre entiende del todo pero que adentro funciona con la precisión de un mecanismo bien engrasado.

Pudo haber llegado al profesionalismo. Eso también lo recordaba Salamina, con esa mezcla de orgullo y tristeza que produce el talento que no llega a donde podría haber llegado. Tenía la zurda y tenía la visión y tenía la velocidad y tenía esa cosa innameable que hace que ciertos jugadores sean distintos de los demás incluso cuando están parados quietos. Pero Mantequillo tenía también una vida que jalaba en demasiadas direcciones al mismo tiempo, una vida que no era fácil de ordenar ni de contener, y el fútbol profesional requería un tipo de disciplina que chocaba con su manera de estar en el mundo. Así que Salamina se quedó con el mejor Mantequillo futbolista que pudo haber sido, y con el Mantequillo real que fue, y aprendió a querer a los dos aunque a veces no supiera bien cómo.

La frase llegaba antes que él, como le pasa a los personajes que han construido una reputación tan específica que funciona sola, independiente del cuerpo que la produjo. El último es Mantequillo. Cinco palabras que en Salamina tenían el poder de poner a correr a cualquier grupo de niños con una eficiencia que ningún método pedagógico habría podido replicar. Era suficiente con gritarlas, con lanzarlas al aire en el momento en que un grupo de muchachos caminaba por alguna calle del centro, para que se desatara un pánico genuino, una carrera desbocada de piernas y codos y gritos, con más de uno por poco partiéndose la crisma contra un sardinel por no quedarse de último. No era exactamente miedo al hombre. Era miedo a la asociación, a que el nombre se pegara, a la incomodidad de ser señalado con ese apodo aunque fuera en broma aunque fuera por un segundo aunque fuera en el juego. Mantequillo lo sabía. Y hay quienes dicen que alguna vez lo escucharon reírse de eso con una carcajada que no tenía nada de amarga, que era genuina, que era la risa de alguien que ha entendido exactamente cuál es su lugar en el ecosistema social del pueblo y ha decidido habitarlo sin disculpas.

Él mismo lo decía. Lo decía con esa tranquilidad que tenía para ciertas afirmaciones que en otra boca habrían sonado como escándalo o como provocación pero que en la suya sonaban simplemente como declaración de principios: Me aterra que no hablen de mí. No como vanidad sino como necesidad, como la expresión honesta de alguien que sabe que existe más plenamente cuando es visto, cuando es nombrado, cuando ocupa espacio en la conversación del pueblo. En un mundo donde la mayoría de las personas trabajan activamente para no llamar demasiado la atención, para pasar sin rozar demasiado, Mantequillo trabajaba en la dirección contraria y lo hacía con una convicción que tenía, a su manera, algo de valiente.

El episodio de Bogotá se volvió historia canónica. Salamina lo contó durante años con esa estructura precisa de las anécdotas que han sido pulidas por la repetición hasta quedar perfectas, hasta que cada elemento está en el lugar exacto y el remate llega con la inevitabilidad de las cosas que no podían terminar de otra manera. Había un trabajo. Pintar una casa. Quince días de labor honesta, quince días de brocha y escalera y olor a pintura fresca en algún apartamento de Bogotá. El trabajo era el pretexto. La razón real era un muchacho que se había ido para la capital y que Mantequillo no estaba dispuesto a dejar ir sin al menos intentarlo. Así que tomó el bus con el canasto de las herramientas y la excusa de la pintura y se instaló en Bogotá con esa determinación tranquila suya que podía parecer inercia pero que en realidad era otra cosa, era una forma de perseverancia que no anunciaba sus planes sino que simplemente los ejecutaba.

Los quince días se volvieron seis meses. La casa, en algún momento, quedó pintada. De eso hay certeza. De lo demás, de los seis meses y lo que llenaron, Salamina hizo sus conjeturas y construyó su versión y la guardó con el cariño que se guarda lo que hace reír. Cuando Mantequillo volvió, volvió con la misma calma con que se había ido, sin explicaciones elaboradas, sin el aire culpable de quien sabe que debe una rendición de cuentas. Volvió como quien regresa de un viaje que salió bien, aunque bien significara cosas distintas según quien lo interpretara.

La pared del restaurante era otra de sus obras maestras. Había en Salamina, en esa época, un restaurante donde los parroquianos almorzaban y donde la costumbre era dejar que cualquiera escribiera en las paredes lo que quisiera, que era una manera de hacer del lugar algo vivo, algo que cambiaba y acumulaba y contaba historias superpuestas. Para Mantequillo, que sentía ansiedad física ante una pared libre, ante cualquier superficie en blanco que pedía a gritos ser intervenida, ese restaurante era una tentación imposible de resistir. Y la frase que dejó ahí, escrita con la letra suya que combinaba la caligrafía cuidadosa del dibujante con la urgencia del que tiene algo que decir, fue de las que Salamina no olvidó: Me dijeron que en Pensilvania hay un tipo muy cacorro, pero no creo que sea más cacorro que yo. Att: Oscar Mantequillo.

La firma era el detalle que completaba todo. No era suficiente con decirlo: había que firmarlo. Había que poner el nombre, dejar constancia, hacer que quedara en el registro permanente de esa pared que era también, a su manera, un archivo del pueblo. Quienes lo conocían bien decían que después de escribirla se quedó un momento parado mirándola, con las manos en la cintura y una expresión de satisfacción genuina, la misma expresión que ponía cuando terminaba un dibujo que le había salido bien. Como si efectivamente hubiera escrito un poema. Como si esa declaración de identidad tuviera la calidad de una obra terminada.

La frase grande, la que condensaba toda su filosofía de vida en una sola oración, era la que dejaba a la gente entre la risa y el susto y la incomodidad y la admiración, todas mezcladas en proporciones que no había manera de separar: “Mientras los hijos de los ricos se comen las hijas de los pobres, yo me como los hijos de los rico”s. La decía con el mismo tono con que podría haber comentado el tiempo o el resultado de un partido. Sin drama, sin el énfasis del que busca escandalizar. Como quien enuncia una verdad que le parece evidente y no entiende bien por qué los demás no la ven con la misma claridad. Y ahí estaba la cosa, ahí estaba lo que hacía a Mantequillo un personaje de una complejidad que la anécdota sola no capturaba del todo: que detrás del escándalo había una lógica, había una crítica, había una manera de darle vuelta a la jerarquía social y señalar su hipocresía con una frase que era al mismo tiempo obscena y certera.

Porque Salamina tenía sus jerarquías, como todos los pueblos. Tenía sus familias de nombre y sus señores de traje y sus discursos sobre el orden y las buenas costumbres. Y tenía también, en los bordes de ese orden, a personas como Mantequillo, que existían en los márgenes no por accidente sino por elección, que rechazaban el molde no porque no supieran que existía sino porque lo conocían demasiado bien y habían decidido que no era para ellos. Y a veces, en una frase, en una sola frase dicha sin anuncio y sin elaboración, Mantequillo ponía el dedo exactamente en el lugar donde la moral pública y la vida real se separaban, y lo hacía con una economía de palabras que cualquier escritor habría envidiado.

La cárcel fue parte de su historia, como fue parte de la historia de muchos que vivieron de maneras que el mundo oficial no aprobaba. Mantequillo la conoció varias veces, con esa familiaridad resignada de quien acepta que ciertos lugares forman parte de su geografía personal aunque no los haya elegido con entusiasmo. Pagaba su tiempo y volvía, y el pueblo lo recibía con esa mezcla de reprobación y alivio que es la manera en que los pueblos pequeños reconocen que ciertas personas les hacen falta aunque no sepan bien cómo decirlo.

Dentro, también era Mantequillo. No cambiaba. La institución, que está diseñada para cambiar a las personas, para doblarlas y reordenarlas, encontraba en él una resistencia que no era violenta ni declarada sino simplemente constitutiva, simplemente natural. Era lo que era adentro con la misma consistencia con que era lo que era afuera, y eso, que en otros contextos sería una virtud que nadie cuestionaría, en ese contexto específico generaba sus propias complicaciones.

Hubo un guardián que fue donde el director con el semblante de quien ha presenciado algo que no sabe bien cómo procesar, con esa expresión de los hombres que han sido puestos en una situación que no estaba en el manual. El director escuchó el reporte con la paciencia que le daban los años de oficio, llamó a Mantequillo, escuchó la acusación, y decidió que el cuarto oscuro y la venda en los ojos eran la respuesta correcta. Una semana de oscuridad y soledad, una semana para reflexionar y reconocer el error y salir transformado por la experiencia, que era la teoría. La práctica fue diferente.

A la semana el guardián recordó al director que el castigo había cumplido su tiempo. El director dio la orden. El guardián fue por Mantequillo, lo trajo, lo puso frente a la autoridad. Quítale la venda. El guardián obedeció. Mantequillo se restregó los ojos con los puños, los abrió poco a poco, parpadeó varias veces mientras los acostumbraba a la luz. El director esperó, con la solemnidad del momento, con la expectativa de quien espera una señal de que algo ha cambiado, de que la oscuridad hizo su trabajo pedagógico. Preguntó: ¿Cómo se siente? ¿Qué ve?

Mantequillo miró alrededor. Consideró la pregunta con esa pausa suya que a veces precedía las respuestas más inesperadas. Y dijo: “No veo un culo, señor director”.

El director, que llevaba años en el oficio y había visto de todo, se quedó en silencio un momento. Y pronunció la sentencia que también Salamina guardó en su archivo de frases memorables: “A este cacorro no lo regenera ni el putas”.

No era crueldad lo que había en esa frase. Era rendición. Era el reconocimiento honesto de un hombre de autoridad frente a alguien que era más grande que cualquier sistema diseñado para contenerlo. Mantequillo no era incorregible porque fuera rebelde en el sentido político o ideológico. Era incorregible porque era completo. Porque era exactamente lo que era sin dejar espacio para versiones alternativas, sin esa zona de maleabilidad que los sistemas necesitan para poder trabajar. Era Mantequillo de punta a punta, hasta el último rincón, y no había cuarto oscuro ni venda ni semana de reflexión que pudiera llegar a ese lugar y cambiarlo.

El taller de bicicletas fue otro capítulo. Tenía uno, lo manejó durante un tiempo, alquilaba las bicicletas por horas a los muchachos del barrio y a quien se las pidiera. Era un negocio sencillo, de esos que funcionan con la lógica de la necesidad inmediata y la confianza local, donde no hace falta contrato ni documento sino solo el conocimiento mutuo de que ambas partes saben a qué atenerse. Mantequillo como dueño de negocio era, en ese contexto, perfectamente funcional. Sabía lo que tenía, sabía lo que prestaba, sabía lo que cobraba. El desorden que caracterizaba otras áreas de su vida no llegaba ahí, o llegaba de una manera que no impedía que el negocio funcionara.

Lo que sí llegaba era la conversación. El taller era otro punto de encuentro, otro lugar desde donde ver pasar el pueblo y donde el pueblo podía encontrar a Mantequillo listo para decir lo que pensaba sobre cualquier tema con esa franqueza que hacía que algunos lo buscaran activamente y otros cambiaran de acera cuando lo veían a distancia. Tenía opiniones sobre todo. Las expresaba sin preámbulo y sin el rodeo diplomático que la vida social normalmente exige. Y en ese sentido era también un servicio: el servicio de la verdad sin edulcorar, de la observación directa, de la ausencia total de doble cara.

Cuando veía un papel cagado decía: “uy, me escribieron”. Así de simple. Así de directo. Una frase que capturaba en cuatro palabras toda su relación con el mundo: la capacidad de encontrar en cualquier cosa una referencia a sí mismo, de convertir el universo en un espejo que siempre lo refleja a él en el centro. No como narcisismo sino como algo más parecido a una cosmología personal, a la convicción profunda de que su existencia era un tema de interés general y de que el mundo compartía esa convicción aunque no siempre lo expresara de la manera más halagadora.

Salamina lo vio envejecer y no terminó de acostumbrarse. Hay personas que el pueblo espera que maduren, que se suavicen con los años, que el tiempo lime las esquinas más filosas y los vuelva más manejables. Mantequillo no cooperó con esa expectativa. Envejeció siendo Mantequillo, con la misma zurda que ya no corría igual pero que todavía sabía dónde estaba el ángulo correcto, con la misma lengua que no había aprendido el freno, con la misma presencia en el estadio y en las calles y en las conversaciones del pueblo.

El fútbol lo siguió convocando aunque el cuerpo ya no respondiera igual. Seguía apareciendo en el estadio, seguía delineando la cancha con cal en los días de partido, seguía mirando jugar a los muchachos jóvenes con esa expresión que los que lo conocían bien sabían leer: no era envidia ni nostalgia exactamente, era algo más complejo, era el reconocimiento de alguien que sabe lo que se siente tener eso y sabe también lo que cuesta perderlo, y que ha encontrado la manera de estar presente en el juego aunque ya no sea el que lo juega.

Los dibujos también siguieron. Nunca dejó de dibujar. Era su otro lenguaje, el que usaba cuando las palabras, que tan raramente le fallaban, no alcanzaban para decir lo que quería decir. Dibujaba en cualquier superficie disponible, con cualquier herramienta a mano, con esa urgencia creativa que no respeta el soporte ni las condiciones. Personas que lo conocieron en diferentes épocas de su vida guardaron dibujos suyos hechos en servilletas, en márgenes de periódicos, en hojas arrancadas de cuadernos, en los mismos bordes de las cosas que estaban a su alcance cuando la imagen llegaba y necesitaba salir.

Consiguió lo que quería. Eso hay que decirlo con toda claridad, porque no siempre la gente consigue lo que quiere y cuando alguien lo consigue merece el reconocimiento. Mantequillo quería que hablaran de él. Quería existir en la conversación del pueblo con la fuerza suficiente para durar más que su propio cuerpo, para seguir siendo nombrado cuando ya no estuviera ahí para escucharlo. Y lo consiguió. Salamina sigue contando sus frases. Sigue repitiendo la historia de Bogotá y la pared del restaurante y el cuarto oscuro y el director que se rindió. Sigue usando su nombre para hacer correr a los niños, que quizás ya no saben exactamente quién fue pero que corren igual, con el mismo pánico genuino que corrían los de antes.

Eso es lo que queda de los personajes que vivieron completamente: no una imagen ordenada y coherente sino una presencia, un pulso, algo que el tiempo no puede borrar del todo porque está demasiado metido en el tejido del lugar. Mantequillo está en las calles de Salamina de una manera que no es metáfora. Está en la cal de la cancha y en las paredes del restaurante y en las historias que los viejos cuentan a los que llegaron después. Está en la risa que produce su nombre y en el escalofrío que también produce, que son la misma cosa cuando se trata de alguien que vivió sin miedo a ser lo que era.

Vivió con la zurda, con el lápiz, con la lengua y con el corazón apuntando siempre en la misma dirección: hacia lo que quería, sin rodeos, sin disculpas, sin la distancia prudente que el mundo recomienda entre el deseo y la acción.

Salamina lo vio. Salamina lo juzgó. Salamina lo quiso.

Y Salamina no lo olvidó.

Que era exactamente lo único que él pedía.

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