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Totó: Hoy partió una de las voces que le enseñó a Colombia a recordarse

Sonia Bazanta Vides, Totó la Momposina, falleció el 17 de mayo en Celaya, México, a los 85 años. Con ella se va la cantora más grande que tuvo Colombia, la mujer que convirtió el tambor, la cumbia y el bullerengue en lengua universal. Su voz no fue solo música: fue memoria, identidad y resistencia. La Revista de Caldas se une al duelo de la cultura colombiana.
Eleuterio Gómez codirector

Totó la Momposina: se fue la voz que le enseñó a Colombia a recordarse

Hay voces que no pertenecen a una persona. Hay voces que pertenecen a un río, a una tierra, a la memoria colectiva de un pueblo que aprendió a conocerse a sí mismo a través de ellas. La voz de Sonia Bazanta Vides, a quien el mundo entero conoció como Totó la Momposina, era de esas. No salía solo de una garganta. Salía del Magdalena, de los tambores que sus ancestros aprendieron a tocar mucho antes de que hubiera nombre para lo que tocaban, de las cantadoras que en los patios de Talaigua Nuevo, Bolívar, guardaban en la voz lo que el papel nunca pudo guardar. Era una voz con raíz, con barro, con agua. Era Colombia entera cabiendo en un cuerpo que supo cargarla con una gracia que no se aprende sino que se hereda.

Nació el 15 de agosto de 1948 en Talaigua, territorio que entonces pertenecía a Mompox, en una familia donde la música hacía parte de la vida diaria. Desde pequeña creció escuchando tambores, gaitas y cantos tradicionales que luego marcarían toda su carrera artística. No fue una niña que descubrió la música. Fue una niña que nació dentro de ella, que respiró desde el principio el aire espeso y generoso de una tradición que no necesitaba escenarios para existir porque existía en todas partes: en las fiestas, en los velorios, en las cocinas, en los ríos. Cuando la situación familiar se volvió insostenible por la violencia política, la familia se trasladó a Bogotá, y la madre de Totó viajó hasta Talaigua para traer instrumentos musicales con los que enseñó a sus hijos a cantar, bailar y tocar música tradicional, convirtiendo su casa en un verdadero punto de encuentro cultural. Así fue Totó desde el principio: un punto de encuentro. Un lugar al que la gente llegaba y encontraba algo de sí misma.

La artista dedicó más de seis décadas a la investigación, ejecución y difusión de los ritmos autóctonos. Su labor de campo y su talento vocal permitieron que géneros históricamente relegados cruzaran las fronteras continentales. A través de sus interpretaciones de cumbia, porro, mapalé y bullerengue, los escenarios más exigentes de Europa, Asia y Norteamérica presenciaron de primera mano la fuerza en vivo de los tambores y las cantadoras tradicionales. Porque eso era lo que Totó hacía cuando pisaba un escenario en París, en Londres, en Tokio o en Nueva York: no interpretaba a Colombia para un público extranjero. Traía a Colombia entera consigo y la ponía en el centro del escenario sin pedir disculpas, sin suavizar los bordes, sin traducir nada. El tambor sonaba como tambor. La cumbia era cumbia y no algo parecido a la cumbia. Y el mundo, que tantas veces le ha exigido a lo latinoamericano que se domestique para ser aceptado, se rindió ante algo que no estaba dispuesto a domesticarse.

Uno de los momentos más importantes de su trayectoria llegó cuando el músico británico Peter Gabriel impulsó internacionalmente su trabajo musical. A partir de ahí, Totó ganó aún más reconocimiento y se convirtió en símbolo de la cultura colombiana. Pero más allá de los reconocimientos internacionales, más allá de los festivales y las giras y los premios, lo que Totó hizo por Colombia fue algo que no cabe en ningún galardón: le devolvió a su propia gente la dignidad de sus raíces. En un país que durante décadas miró hacia afuera con la vergüenza sutil de quien cree que lo propio vale menos, Totó apareció en los escenarios del mundo con sus tambores y sus faldas y su voz sin micaduras, y demostró que lo nuestro no necesitaba compararse con nada porque era, simplemente, irremplazable.

A lo largo de más de cinco décadas de carrera, se dedicó a rescatar, preservar y dignificar la música ancestral de los pueblos ribereños, fusionando las herencias indígenas y africanas en ritmos como la cumbia, el bullerengue, la chalupa y el mapalé. Su legado no solo consistió en mantener vivas las tradiciones orales de los cantadores y tamborileros, sino en devolverle al folclor su estatus de arte mayor, recordándole a todo un país que la música de raíz es el espejo más fiel de nuestra historia, resiliencia y diversidad cultural.

Era también una juglar en el sentido más antiguo y más noble de la palabra. No era una artista que interpretaba canciones ajenas. Era una transmisora, una guardiana, una mujer que entendió desde joven que su oficio no era el entretenimiento sino la preservación. Que si ella no cantaba lo que había aprendido de su madre y su madre había aprendido de la suya, esas canciones morirían con la última persona que las recordara. Esa conciencia le dio a su trabajo una urgencia y una profundidad que ninguna técnica vocal podría haber producido sola. Cantaba como quien salva algo. Como quien sabe que la belleza es frágil y que la única manera de protegerla es habitarla completamente, sin reservas, con todo el cuerpo y toda la memoria.

Ganadora de un Grammy Latino por la canción Latinoamérica de Calle 13, hecha en colaboración con Susana Baca y Maria Rita, con otras cinco nominaciones en los galardones latinos y una nominación en los Grammy anglo por su álbum El asunto. Los números son lo de menos. Lo que importa es que cuando Calle 13 la llamó para esa canción que se volvió himno de un continente, no la llamaron por su fama. La llamaron porque había una frecuencia en su voz que ninguna otra voz podía reproducir. La llamaron porque Totó era, en ese sentido literal y profundo, América Latina cantando sobre sí misma.

La última presentación en vivo fue en 2022 en el Festival Cordillera, en Bogotá. Desde entonces se retiró de la vida artística debido a varios problemas de salud, entre ellos afasia, enfermedad que afectó su capacidad para cantar y comunicarse. Ese retiro tuvo la calidad de los finales que no se anuncian pero que el cuerpo y el tiempo escriben con su propia letra. Falleció el domingo 17 de mayo en Celaya, México, rodeada de su familia, por un infarto al miocardio. Murió tranquila, dicen los suyos. Murió como vivió: rodeada de quienes la amaban, lejos del ruido, cerca de lo esencial.

Como señaló su propio hijo Marco Vinicio: «Se conserva lo mejor que es su legado, su voz, todo su trabajo con la música colombiana del Caribe y del Pacífico, y en general de Colombia entera, porque ella cuando estaba en escenario no era ella la artista sino Colombia presente.»

Colombia presente. Esas dos palabras lo dicen todo. Totó no representaba a Colombia. Era Colombia. Era la parte de Colombia que no cabe en los libros de historia ni en los discursos oficiales ni en las estadísticas de desarrollo. Era la Colombia que canta cuando duele, que baila cuando no hay más remedio, que recuerda cuando todo conspira para olvidar.

El próximo 27 de mayo, su cuerpo será trasladado a Bogotá, donde permanecerá en cámara ardiente en el Capitolio Nacional, con la presentación de su agrupación histórica Los Tambores de Totó. Será el último tambor en su honor. Pero no el último tambor que ella inspiró, porque esos seguirán sonando mientras haya alguien en este país que entienda que la memoria también se danza.

La Revista de Caldas se une con profundo dolor al duelo de la cultura colombiana por la partida de Totó la Momposina. A esta tierra de músicos y cantores que amaron siempre los ritmos del Caribe como propios, la noticia llega hoy como llegan las grandes pérdidas: de golpe y para siempre. Descanse en paz, maestra Sonia. Su voz ya es río. Ya es tambor eterno. Ya es de todos.

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