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Foto Gómez, el hombre que guardó a Salamina dentro de una cámara

Gustavo Gómez, Foto Gómez, fue el fotógrafo más recordado de Salamina. Con su cámara y su paciencia infinita capturó entierros, fiestas, políticos y borrachos, construyendo el archivo visual más completo que el pueblo tuvo.
Eleuterio Gómez codirector

El hombre que guardó a Salamina dentro de una cámara

Hay oficios que no se eligen. Hay oficios que llegan, que se instalan en la vida de una persona con la naturalidad de algo que siempre estuvo destinado a ocurrir, y que desde el primer día se confunden con la persona misma hasta volverse indistinguibles. Gustavo Gómez, al que Salamina conoció siempre como Foto Gómez, era de esos. No era un hombre que también tomaba fotos. Era un fotógrafo que además hacía todas las demás cosas que hacen los hombres: comer, caminar, conversar, querer a su familia, tomarse un tinto en el Centro Social. Pero en el fondo, en el núcleo de lo que era, había una cámara. Había un ojo entrenado para ver el mundo en encuadres, para reconocer el instante antes de que ocurriera, para saber exactamente cuándo el dedo debía presionar y cuándo debía esperar un segundo más.

En Salamina, ser fotógrafo no era lo mismo que en cualquier otro lugar. En los pueblos de montaña de Caldas, donde la vida transcurría con esa intensidad particular de los lugares donde todos se conocen y donde cada acontecimiento es al mismo tiempo público y profundamente íntimo, el fotógrafo ocupaba un lugar social que iba mucho más allá del oficio técnico. Era el guardián de la memoria. Era el único ser en el pueblo con la autoridad y los medios para detener el tiempo, para atrapar en una imagen fija lo que de otra manera se iría para siempre con el paso de los años y el relevo de las generaciones. Bautizos, primeras comuniones, matrimonios, grados, visitas importantes, fiestas del pueblo, retratos de familia con todos peinados y con la ropa del domingo: todo pasaba por el fotógrafo. Y en Salamina, durante décadas, todo pasaba por Gustavo Gómez.

Su primer estudio y laboratorio fotográfico funcionó en un local donde después quedaría la Casa Cural, en esa parte del centro donde la arquitectura patrimonial de Salamina se aprieta y cada puerta tiene historia. Después se trasladó a una casa patrimonial ubicada en el centro de la cuadra, no en la esquina sino en ese punto medio de la calle donde la fachada se pierde entre las demás y sin embargo se distingue, encima del Café Centro Social, ese lugar que era punto de encuentro y de conversación, donde el pueblo se sentaba a tomarse el tiempo con la misma seriedad con que se tomaba el tinto. Desde arriba, Gustavo veía pasar a Salamina entera. Y Salamina entera, tarde o temprano, subía a que Gustavo la fotografiara.

El estatus del fotógrafo de pueblo en esa época era algo que hoy cuesta entender en toda su dimensión, porque hoy cualquiera lleva en el bolsillo un dispositivo capaz de tomar mil fotos en un minuto y de transmitirlas al otro lado del mundo en segundos. Pero en los años en que Gustavo Gómez ejerció su oficio con más intensidad, una fotografía era un acontecimiento. No era un gesto casual ni una captura espontánea. Era una decisión, una inversión, un ritual que requería preparación y que producía un objeto físico, tangible, que se enmarcaba y se colgaba en la sala o se guardaba en un sobre con el nombre escrito a mano y se pasaba de generación en generación como se pasan las cosas que tienen valor real.

El proceso mismo era una ceremonia. La cámara, ese instrumento que en manos de Gustavo adquiría una dignidad casi sagrada, no perdonaba el movimiento ni la indecisión. Había que estar quieto, completamente quieto, con esa quietud antinatural que el cuerpo humano no practica en ninguna otra circunstancia y que producía en los fotografiados una tensión visible que paradójicamente arruinaba el resultado. Gustavo lo sabía. Había aprendido, con la paciencia que solo dan los años de oficio, que el momento de la foto era también un momento de negociación psicológica entre el fotógrafo y su sujeto.

No se muevan. Esta muy serio. Ríase al menos.

La instrucción era simple pero el resultado era imprevisible, porque el susto de estar frente a la cámara, de saber que ese instante iba a quedar fijo para siempre, que los hijos y los nietos verían esa imagen décadas después, producía en la gente una parálisis que borraba toda expresión natural y dejaba en su lugar algo entre el terror y la solemnidad. El más alegre del pueblo quedaba serio como foto de cédula. El más relajado se ponía rígido como poste. Y entonces Gustavo, con esa calma suya que era parte del oficio y parte del carácter, buscaba el ángulo, esperaba el momento, y disparaba cuando la persona bajaba apenas la guardia y aparecía, por un segundo, algo verdadero en el rostro.

La pregunta inevitable llegaba siempre después. ¿Cómo salí? Era la pregunta universal, la que hacían todos sin excepción, desde la señora más elegante hasta el borracho que había entrado al estudio todavía con el vaso en la mano. Y Gustavo respondía con esa honestidad tranquila que tenía, sin crueldad pero sin mentira: Pues si salió igualito como es, quedó muy maluco. No era una ofensa. Era, a su manera, el mayor cumplido posible. Salir igualito como uno es, en una fotografía, es exactamente lo que un buen fotógrafo busca. Que la imagen no mienta. Que el papel revele lo que el ojo entrenado vio.

Porque Gustavo Gómez no solo fotografiaba cuerpos. Fotografiaba momentos, atmósferas, la calidad específica de la luz de Salamina en una tarde de feria, la tensión de una familia entera reunida con sus mejores ropas tratando de parecer lo que era y lo que quería ser al mismo tiempo. Su archivo era, sin que nadie lo hubiera planeado así, el documento visual más completo que Salamina tuvo de sí misma durante décadas. Entierros donde el dolor era real y no posado. Fiestas donde la alegría desbordaba el encuadre. Políticos que posaban de honestos con esa convicción admirable de los que creen que la cámara no ve lo que ve. Y más de uno que hoy, con los años encima y la memoria selectiva que dan los años, jura que nunca tomaba, que nunca estuvo en ese lugar, que esa persona de la fotografía se parece pero no es él, que debe ser otro.

El archivo lo sabía todo. Y el archivo no mentía.

Por eso el incendio del 77 fue una pérdida que Salamina nunca terminó de medir del todo. Fue en esa casa del centro de la cuadra, encima del Centro Social, donde el fuego hizo su trabajo sin miramientos y sin excepciones. No distinguió entre la foto del bautizo y el retrato del borracho, entre la imagen del matrimonio y la del político posando. Se llevó todo con la eficiencia brutal que tiene el fuego cuando encuentra papel y química fotográfica y madera vieja de casona patrimonial. No fue solo un estudio lo que ardió esa noche. Fue el espejo más fiel que Salamina tuvo de sí misma. Se fueron los rostros de los que ya no estaban, fijados para siempre en papeles que ahora eran ceniza. Se fue el archivo más honesto que el pueblo tuvo de su propia historia cotidiana.

Lo que no se fue fue Gustavo. El hombre sobrevivió al incendio con esa dignidad callada con que los hombres de carácter sobreviven las pérdidas grandes, sin teatro y sin rendición. Y siguió. Siguió con la cámara y con el ojo y con esa paciencia suya que era el verdadero instrumento de trabajo, el que ningún incendio podía quemar. Porque los oficios que son vocación no se acaban con la pérdida de las herramientas. Se acaban cuando se acaba la persona, y a veces ni siquiera entonces.

Su esposa Ligia era parte de ese mundo que giraba alrededor de la cámara y del estudio, de esa vida construida entre revelados y retratos y el olor específico de los químicos fotográficos que impregnaba las habitaciones y la ropa y que los que lo conocieron recuerdan todavía como recuerdan los olores de la infancia: con una precisión que no necesita esfuerzo. Sus hijos crecieron en ese ambiente, con el oficio del padre como parte del paisaje cotidiano, con la cámara como un objeto familiar y casi doméstico que otros niños no tenían en sus casas.

Y hubo un muchacho en Salamina que miraba todo eso con unos ojos que todavía no sabían que estaban aprendiendo. Ese muchacho era yo.

Lo digo así, directo, porque esta historia me pertenece de una manera que no puedo ni quiero disimular. Yo crecí mirando a Gustavo Gómez trabajar con esa fascinación que precede a las vocaciones verdaderas, esa que uno no elige sino que le ocurre. Algo en mí se encendía cada vez que veía el ritual de la cámara y la luz y el momento elegido con cuidado. Ligia, su esposa, me quería mucho, y yo compartí con una de sus hijas los años del colegio, esos años en que uno no sabe todavía quién va a ser pero ya está siendo formado por todo lo que lo rodea. El estudio de Foto Gómez me rodeó en un momento decisivo, y me formó de maneras que solo entendí mucho después.

Cuando llegó el momento de elegir qué estudiar, elegí comunicaciones. Pero la verdad profunda, la que no siempre se dice en voz alta, es que entré a la universidad buscando estudiar fotografía. Buscando volver, de alguna manera y por otros caminos, a ese cuarto oscuro donde Gustavo me había enseñado sin saberlo que el mundo podía ser mirado de otra manera. Que había una diferencia entre ver y observar, entre registrar y contar, entre disparar y elegir el instante.

Aprendí el blanco y negro primero, que era lo que Gustavo me había mostrado, esa escuela severa y hermosa donde la imagen no tiene el refugio del color y donde la luz y la sombra deben cargarlo todo. Pasé horas en mi propio laboratorio, con las manos en los químicos y los ojos atentos a la imagen que aparecía despacio en el papel sumergido, ese milagro cotidiano que nunca deja de ser milagro por mucho que se repita. Después pude hacer el color. Después llegó la era digital, con sus infinitas posibilidades y su democratización radical del oficio, y yo entré en ella sin soltar lo que había aprendido en el cuarto oscuro porque lo que se aprende en el cuarto oscuro no se suelta fácilmente.

Junto a la fotografía se fue metiendo la palabra. Porque la imagen y la palabra son, en el fondo, el mismo impulso expresado en lenguajes distintos: el impulso de detener algo, de señalarlo, de decir que esto existió y que valió la pena registrarlo. Fotografié muchas ciudades y mucha gente, miré el mundo por el visor de varias cámaras en distintos momentos de mi vida, y en cada disparo había algo de Gustavo Gómez, algo de ese ojo que me enseñó a ver antes de que yo supiera que estaba aprendiendo.

La nostalgia que siento hoy por ese oficio, por la comunicación en su sentido más hondo y más humano, tiene su origen en un cuarto oscuro de Salamina. En el olor a revelador y fijador. En la imagen que aparece lentamente en el papel blanco sumergido en la cubeta. En la voz de Gustavo diciendo no se muevan con esa autoridad tranquila de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Nací comunicador en ese estudio, aunque tardé años en entenderlo.

Gustavo Gómez fue muy querido en Salamina. De esos quereres amplios y sin condición que los pueblos reservan para las personas que les dieron algo que no sabían que necesitaban. Les dio el espejo. Les dio la imagen de sí mismos en los buenos momentos y en los regulares, en las fiestas y en los duelos, con la mejor ropa y con la ropa de diario. Y a mí, que era apenas un muchacho mirando desde la orilla de su trabajo, me dio algo más: me dio una vocación. Me dio una manera de estar en el mundo que llevo conmigo hasta hoy y que no cambiaría por nada.

El incendio se llevó las fotos.

Pero no se llevó lo que las fotos habían hecho en quienes las vieron nacer.

Gracias, don Gustavo. Gracias, Ligia. Gracias Gloria, Gracias “Monita” porque siempre fuiste la “Monita”. Gracias Liliana. Siempre estarán en mi corazón.

Este cuento es para ustedes y para su familia, con el afecto y la gratitud de ese muchacho que aprendió a mirar el mundo en el cuarto oscuro de su padre.

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