A veces la máquina de los huesos se destempla, mis queridos lectores, y a este arriero de las letras le tocó quedarse quieto, bien cobijado por las cobijas de lana, mientras el frío de la cordillera hacía de las suyas ahí afuera. Por cuenta de unos días en los que la salud se me puso tan esquiva y borrosa como la neblina que baja por las tardes a lamer los techos de l as veredas, la semana pasada les quedé debiendo este picadillo de palabras.
Lo malo no fue el achaque —que al fin y al cabo se cura con un buen tazón de aguanela con jengibre, limón y un poquito de paciencia—, sino la desatención con el piso de arriba. Resulta que, entre la pendejada de la fiebre y el desgano, me embolaté por completo y no le puse el respectivo telegrama de aviso a nuestro director editor. Se me pasó por alto reportar el daño en la carrocería, dejándolo a él con el espacio en blanco y los pelos de punta al ver que las horas corrían y las cuartillas de este viejo servidor no asomaban por ningún lado.
Vayan entonces, desde estas primeras líneas, mis más sinceras y públicas disculpas para él y para cada uno de ustedes, que tienen la infinita bondad de buscar este rincón cada semana. Ya con el tiple afinado de nuevo, el espinazo derecho y el café amargo humeando sobre el escritorio, estamos listos para retomar la marcha. Que los males no duren tanto como las promesas de los políticos, y que la palabra nos devuelva la buena salud. Ya acomodados en la banca de siempre, entremos ahora sí en materia… Para esta semana no quería, o más bien no tenía pensado, traerles a cuenta los últimos chismes que se escuchan en el parque y en los cafés que lo circundan; uno a veces quiere hablar de cosas más elevadas, de la cosecha o del clima. Pero es que el alcalde Manuel Fermín y esa administración suya —que más bien parece una desadministración, si es que se vale el término, o de plano un desgobierno— no dan tregua ni respiro para que paren las habladurías en esta bendita ciudad de niguateros.
Resulta y pasa que, primero que todo, tenemos que mandarle una razón muy seria a ese compadre y fiel servidor del alcalde, que se hace llamar Mutis San Félix. Mire, mi estimado: si usted va a salir a defender al alcalde y a su desgobierno, defiéndalo, está en todo su derecho; pero hágalo con argumentos sólidos, de peso y reales, no a punta de mentiras ni con interpretaciones erróneas de las cosas. No desinforme a la gente, hombre. Diga abiertamente y sin sonrojarse que usted es un áulico defensor del modelito y del «emperadorcito» Ospina Rosas. Los contenidos de corte panfletario que ha venido publicando últimamente están cargados de mala fe y, para qué nos vamos a mentir, son casi en su totalidad inexactos.
Hágalo bien, mompita. Así como nosotros lo hacemos aquí, o dígalo abiertamente como lo hace nuestro amigo Eleuterio, que canta las verdades de frente, sin rodeos, sin mentiras y sin andar tratando de embolatar al pueblo, sino haciendo un verdadero control social de acuerdo a su modo de ver. O mire el ejemplo de Don Mercurio, que cuando pone el dedo en la llaga, cita las leyes tal cual son, derechitas, sin esas interpretaciones malucas a las que ustedes se están acostumbrando.
Y es que la cuerda se rompe por lo más delgado y la lengua de la gente no se queda quieta. Resulta y pasa que por allí, por los lados del cafete La Cigarra, se dice con mucha fuerza que la famosa caseta-bar pública que está plantada justo al frente de la alcaldía, dizque es de propiedad de un amigo o familiar muy cercano del mismísimo emperadorcito Ospina Rosas. Cuentan las malas —y buenas— lenguas que el hombre la tiene alquilada y, mientras recibe esos réditos sin mover un dedo, se da la gran vida. Por esa mismísima y poderosa razón es que dicha caseta se volvió un monumento intocable, un feudo soberano que pasa por encima de la autoridad del mismísimo Inspector de Policía, que es el llamado por la ley a poner orden y hacer cumplir las normas en este municipio. ¡Qué belleza de ejemplo!
Y si por el café La Cigarra llueve, señores, por el San Fernando no escampa. Se dice en los mentideros de ese palacio municipal que una vez fue rosa y ahora pintaron de crema, dizque el modelito de Instagram está planeando una jugada bien sucia: apenas termine la dichosa ley de garantías, piensa hacer una limpieza general de funcionarios y contratistas para meter gente nueva. Es decir, va a dejar en la calle y sin el pan de cada día a los mismos que le sirvieron y le sudaron la camiseta. Uno se pregunta: ¿será que todavía queda gente con ganas de ir a trabajar allá sin contratos serios?
Y digo «serios» porque este modelo de gobernante se pasa de la raya. Por ahí se rumora con mucha fuerza que ni siquiera le ha pagado a los artesanos que le ayudaron a armar los pesebres en la navidad pasada, y que a los transportadores que lo pasearon por las veredas durante su campaña a la alcaldía tampoco les ha visto la cara con la plata. Pero eso sí, yo me pregunto con profunda indignación: ¿para sus paseítos internacionales a no hacer nada y a gastarse el dinero de nuestros impuestos, para eso sí hay plata y de sobra? ¡Qué descaro!
Y seguimos con las cosas raras que se comentan entre tinto y tinto en los cafés. Estuve mirando por ahí la programación para la semana del 1 al 8 de junio, los días en que se supone debemos celebrar un nuevo año de la fundación de nuestra querida Salamina. Muy cultural todo en el papel, eso sí; esta vez sin el «amarillito» tradicional ni tarimas atravesadas en el parque. Al parecer, los amigos que antes lo financiaban y le ayudaban esta vez no le comieron cuento, y al verse solo, le tocó posar de muy intelectual y ensayar algo más cultural. Pero la pregunta del millón es: ¿y con qué ropa, si en esa alcaldía no hay un solo peso para nada? Se dice tras bambalinas que andan rogándole a la gente de las veredas y los barrios para que armen comparsas y salgan a desfilar, pero sin ofrecerles un miserable peso para los gastos de vestuario o logística.
Para rematar el chiste de la programación, presentan con bombos y platillos un evento con «Los otros poetas de Salamina»… ¡y hasta anoche ni siquiera se habían tomado la molestia de hablar con ellos para invitarlos! Todo esto pasa porque no hay un Consejo de Cultura que guíe y dé norte a estas celebraciones. Aquí hay que decirlo sin tapujos ni anestesia: esto es pura y física improvisación. Tenemos una Secretaría de Planeación que, con dron y toda la tecnología del caso para tomar fotos bonitas, no es capaz de planear absolutamente nada con tiempo.
Pero miren, mis estimados, ya para ir recogiendo los lazos de esta cabalgata de verdades, no quería despedirme hoy sin antes hacerles un llamado urgente a todos mis paisanos y no paisanos… y bueno, usemos ahora esa muletilla lingüística del bendito lenguaje inclusivo que tanto les gusta a los modernos: paisanas y no paisanas. ¡No se me queden en la casa el día de las elecciones!
No dejen, por el amor de Dios, que nos sigan gobernando las minorías por pura y física pereza nuestra de salir a las urnas. Miren con los ojos bien abiertos lo que nos está pasando aquí mismo, en las narices de todos: hoy nos tiene pasando trabajos un alcalde que montaron con unos miserables tres mil y pico de votos. Es decir, esa absoluta minoría de tres mil y póngale la firma, es la que hoy decide, manda y desgobierna sobre el destino de más de quince mil salamineños que nos quedamos mirando para el techo. No, muchachos, así no son las cosas; vamos a sacudirnos la modorra y vamos a votar. La democracia no es para verla pasar desde la baranda, sino para meterse en el desfile.
Ahora bien, la pregunta del millón que se escucha en cada esquina del parque mientras la gente se rasca la cabeza es: ¿pero por cuál animal votar? Porque les digo una cosa, mis queridos mompitas, estas elecciones no parecen una contienda política seria, sino el inventario de un auténtico zoológico. Si uno mira con cuidado las encuestas y lo que se mueve en el partidero, los principales contendientes, los que van picando adelante en el llavero, resultan ser un tigre, una paloma y una rata. Así como lo oyen, una fauna completa disputándose el destino de todos nosotros.
Y ante semejante panorama, la tesis de este viejo arriero es muy simple: si a usted no le gustan los dos primeros, o de plano le tiene fastidio al tercero, la consigna esta vez no es votar por alguien con los ojos cerrados y el corazón lleno de ilusiones falsas, sino votar en contra. Sí, señor, votar en contra de lo que nos está destruyendo el caminado. Lo que no nos podemos permitir bajo ninguna circunstancia, y se los digo con el alma en la mano, es que nos sigan gobernando los mismos con las mismas mañas. No podemos dejar que nos sigan mandando los de la llamada «primera línea», ni las disidencias de las Farc, ni los del Clan del Golfo, ni no sé cuántos grupos delictivos más que se la pasan ensangrentando las veredas y azotando al comercio con la vacuna y el miedo.
No podemos permitir que el progresismo populista —ese que habla muy bonito en las plazas públicas, que promete el cielo y la tierra pero que a la hora de la verdad sólo trae escasez, improvisación y miseria— nos siga gobernando el país y las regiones. Ese modelo de discursos eternos y bolsillos vacíos ya nos demostró que no sabe más que armar alboroto en las redes sociales mientras el pueblo pasa necesidades físicas.
Por eso, mirándole los dientes al problema y analizando las opciones que quedan sobre la mesa del billar, la única salida real y la opción sensata para mí se reduce a escoger entre uno de los dos primeros animales de este zoológico electoral: o nos vamos con el tigre, o nos cobijamos con la paloma. Cualquiera de los dos, con sus garras o con sus alas, representa una valla de contención contra esa corriente que quiere desbaratar las instituciones y entregarle el territorio a la delincuencia.
Es hora de afilar el criterio, mis paisanos. No dejen que el desgano le entregue el poder a quienes nos quieren ver de rodillas. El tinto ya se me enfrió del todo y la tarde va cayendo sobre la cordillera, pero la tarea queda hecha: la advertencia está sobre la mesa. Nos leemos la próxima semana, si Dios nos da licencia y la salud no me vuelve a jugar una mala pasada. ¡A votar con verraquera, muchachos!