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Memoria sin ruido: El silencio después de la violencia.

En las montañas de Caldas, donde el conflicto silenció durante años a comunidades enteras, la memoria comienza a recuperar su voz. A través de personajes como Majencio y Timoteo, esta crónica explora cómo Salamina transforma el miedo en encuentro, rescata la palabra
Eleuterio Gómez codirector

En las laderas escarpadas de la Cordillera Central, donde el verde del café parece fundirse con el gris perpetuo de la neblina, el silencio no siempre fue una ausencia de sonido. Hubo un tiempo en que el silencio en Caldas era otra cosa: era una advertencia, una frontera invisible que se levantaba entre los cafetales y las plazas de los pueblos, entre la puerta de la casa y la calle, entre lo que uno sabía y lo que uno podía decirse a sí mismo en voz alta. Era un silencio con peso, con temperatura, con olor. Los que lo vivieron lo reconocen todavía cuando aparece, aunque hoy aparezca menos y aunque hoy ya no signifique lo mismo.

Salamina, esa ciudad de balcones tallados y aleros que parecen querer tocarle la frente a las nubes, guardó ese silencio durante años con la misma dignidad con que guarda todo lo que le duele: hacia adentro, sin aspavientos, con esa contención del pueblo de montaña que confunde a los de afuera y que los de adentro entienden sin necesidad de explicación. La violencia no solo se llevó vidas en esta región. Se llevó también la palabra. Y cuando la palabra se va, lo que queda no es paz sino un vacío que se parece a la paz pero que pesa diferente, que respira diferente, que deja una marca en los cuerpos y en las conversaciones que tarda mucho tiempo en borrarse, si es que se borra del todo.

La historia de Caldas ha sido escrita con el paso de los arrieros y el sonido del tiple, con las mulas cargadas de café y de esperanza bajando por caminos que el tiempo ha ido cubriendo de asfalto y de olvido. Pero durante las décadas más oscuras del conflicto, esa banda sonora fue sustituida por un mutismo preventivo, por esa sabiduría triste que aprendieron las familias de no preguntar por el vecino que partió de madrugada, de no mencionar nombres en voz alta, de entender que en ciertos tiempos la información es una moneda que se paga con sangre. La memoria, entonces, se volvió un ejercicio de resistencia privada. Algo que se guardaba bajo la ruana y se masticaba en la soledad de la molienda, que se transmitía en susurros entre madres e hijos, que se enterraba en los patios junto con otras cosas que no podían decirse.

Caminar hoy por los alrededores de San Félix, o descender hacia las riberas que miran al Cauca, es enfrentarse a una geografía que recuerda. No es una cuestión de mapas ni de señales. Es una cuestión de piel. El que ha caminado esas trochas sabe que la tierra guarda cosas, que el musgo que cubre las piedras viejas no es solo musgo, que el silencio de ciertos parajes tiene una textura distinta al silencio tranquilo de los lugares que no han visto nada. La naturaleza ha intentado, con su paciencia vegetal e infinita, cubrir con verde y olvido las huellas de lo que no debió ser. Pero la memoria sin ruido exige que miremos debajo de esa capa verde. Que no nos conformemos con la belleza del paisaje sin preguntarnos qué atravesó ese paisaje para llegar hasta aquí.

Majencio, uno de esos hombres de montaña que parecen tallados en la misma madera de los balcones de Salamina, tiene una estatura que no supera el metro cincuenta pero una presencia que llena los espacios de una manera que no tiene que ver con el tamaño. Ha visto pasar más inviernos de los que sus ojos cansados quisieran admitir. Recuerda cuando las reuniones en el Parque de Bolívar no eran para el trueque de libros sino para hacer el conteo silencioso de los que no habían regresado de la parcela, para intercambiar con la mirada la información que la boca no podía pronunciar. En sus palabras cortas, típicas del hombre que aprendió que las palabras cuestan, está guardada la verdadera dimensión del trauma: El miedo, patrón, no grita. El miedo le quita a uno las ganas de hablar. Ocho palabras que dicen más sobre lo que vivió esta región que muchos informes escritos con el lenguaje aséptico de los que observan desde lejos.

Salamina es un monumento a la estética. Sus maderas labradas por maestros como Eliseo Tangarife, sus puertas de cedro y nogal, sus fachadas que son al mismo tiempo casa y obra de arte, hablan de un pueblo que siempre supo que la belleza es también una forma de dignidad. Pero detrás de esas puertas hermosas, el silencio de la violencia se instaló durante años como un inquilino que nadie invitó y que nadie sabía cómo sacar. Las familias aprendieron a vivir con él, a organizarse alrededor de él, a construir una vida cotidiana que funcionaba a pesar de ese peso invisible que había que cargar todos los días junto con las demás cargas de la existencia.

La reconstrucción de esa memoria no puede ser ruidosa. No se trata de proclamas ni de actos oficiales con micrófonos y fotografías. Se trata de algo más lento y más hondo: la recuperación del espacio público como lugar de confianza, la recuperación de la palabra como herramienta de encuentro y no de riesgo. El trueque del libro que se organiza en el parque de Salamina es, en su aparente simplicidad, un acto profundamente político en el mejor sentido de la palabra. Cambiar un texto por otro, detenerse frente a un desconocido y ofrecerle algo que uno leyó y quiso compartir, es un gesto que en tiempos normales parece trivial y que en el contexto de esta historia regional tiene el peso de un símbolo. Es volver a decir que la palabra tiene valor. Es volver a confiar en el extraño. Es decirle al silencio del miedo que ya no manda aquí.

Incluso el tiempo atmosférico entra en esta historia con una pertinencia que tiene algo de cruel. Los picos de calor extremo que la zona cafetera ha sufrido en 2026, el fenómeno de El Niño resecando los cultivos y endureciendo la tierra, parecen una metáfora demasiado evidente de lo que ocurre con la memoria en los tiempos de crisis. Cuando el agua escasea y el café sufre, la prioridad es la supervivencia inmediata, y la memoria queda desplazada hacia un lugar secundario donde nadie tiene tiempo ni energía para ir. Pero es exactamente en esos momentos cuando más se necesita recordar cómo se levantó esta gente antes, de qué estaban hechos los que resistieron, qué les dio fuerzas para seguir cuando las razones para seguir no eran evidentes.

Las leyendas que circulan por estos pueblos no son solo entretenimiento ni superstición. María La Parda y Jacinto Vallejo, con su tiple de las ánimas, son metáforas de una lucha que el pueblo lleva siglos librando contra las distintas formas de la oscuridad. Jacinto, que toca su tiple en la madrugada mientras los vivos duermen y los muertos escuchan, representa a ese pueblo que incluso en el momento más hondo del dolor y del desplazamiento busca una nota que le dé sentido a lo que está viviendo. La violencia intentó desafinar ese tiple. Intentó convencer a esta gente de que no había música posible, de que el silencio era la única respuesta razonable al mundo que les había tocado. Pero la madera del tiple, como la madera de esta gente, es resistente de una manera que no se ve a primera vista y que solo se descubre cuando se le aplica presión.


Hoy, con más de setenta mil visitas mensuales en el portal dedicado a Salamina y su región, hay una evidencia que no necesita interpretación: hay hambre de identidad. La gente no busca solo noticias ni información turística. Busca reconocerse en el espejo de su propia historia, encontrar en una crónica o en una fotografía antigua el hilo que conecta lo que son con lo que fueron, entender que la cicatriz también es parte del cuerpo y que ignorarla no la hace desaparecer sino que la hace crecer hacia adentro.

Timoteo y Majencio seguirán caminando las calles empedradas. Seguirán hablando con esa economía de palabras que es también una forma de elegancia, que es también una forma de decir que lo importante no necesita muchas sílabas para ser dicho. Sus diálogos cortos, sus silencios cargados, sus miradas que van más lejos que cualquier discurso, son el puente entre el ayer que costó tanto y el mañana que todavía se está construyendo.

El silencio después de la violencia en Caldas ya no es el mismo silencio de antes. No tiene el mismo peso ni el mismo olor ni la misma temperatura. Es otro silencio: el silencio respetuoso de quien escucha una historia que por fin puede ser contada, la pausa necesaria antes de que el tiple empiece, el momento de quietud en que el pueblo respira hondo antes de seguir hablando.

Y seguir hablando, en este caso, es la forma más valiente de sanar.

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