Hay frases que nacen en la calle y terminan convirtiéndose en patrimonio popular. «Fue gol de…» es una de ellas. La pronuncian los hinchas cuando el balón golpea el palo, cuando el arquero realiza una atajada imposible o cuando un fuera de lugar de centímetros cambia la historia de un partido. Para los colombianos, esa expresión tiene además un recuerdo imborrable: el cabezazo de Mario Yepes frente a Brasil en los cuartos de final del Mundial de 2014, un gol que desató la locura de todo un país, pero que terminó invalidado por una decisión arbitral y quedó grabado para siempre en la memoria colectiva como el inolvidable «Fue gol de Yepes». Desde entonces, esas tres palabras dejaron de ser una simple frase para convertirse en sinónimo de la ilusión que el fútbol, a veces, les arrebata a los pueblos.
Es una expresión que mezcla ilusión, frustración y esperanza. Después del empate sin goles entre Colombia y Portugal en el Mundial de 2026, esa frase volvió a escucharse en millones de hogares. El cabezazo de Dávinson Sánchez que terminó en la red parecía cerrar una actuación memorable de la Selección, pero el VAR encontró un fuera de lugar milimétrico y el grito volvió a quedarse suspendido en el aire. Esta vez no fue el «Fue gol de Yepes». Esta vez fue el «Fue gol de Dávinson». Distinta generación, distinta tecnología, pero exactamente la misma sensación de incredulidad que recorrió a todo un país.
Sí, fue gol de Dávinson Sánchez. Al menos así lo sintieron los colombianos cuando el defensor conectó de cabeza y venció la resistencia portuguesa en los minutos finales. El estadio explotó de emoción, el banco de suplentes invadió la zona técnica y el país entero creyó que la Selección cerraba la fase de grupos con una victoria histórica sobre una de las potencias del fútbol mundial. Sin embargo, el VAR encontró un fuera de juego milimétrico y el grito quedó suspendido en el aire.
El marcador terminó 0-0, pero el fútbol pocas veces puede resumirse en un resultado. Hay empates que saben a derrota, otros que dejan conformidad y algunos que fortalecen la confianza de un equipo. El de Colombia pertenece a esta última categoría.
Durante los noventa minutos el conjunto dirigido por Néstor Lorenzo mostró personalidad, orden táctico y una madurez que hace algunos años parecía lejana. No fue un equipo que esperó atrás para sorprender con un contragolpe. Fue una selección que salió a disputar la posesión, a presionar alto y a demostrar que también puede asumir el protagonismo frente a rivales de primer nivel.
Portugal llegó al compromiso con figuras acostumbradas a las grandes noches internacionales y con el peso de una camiseta que siempre obliga. Sin embargo, nunca logró sentirse cómodo. Colombia cerró los espacios, recuperó rápidamente el balón y encontró en el mediocampo una superioridad que terminó inclinando el desarrollo del encuentro hacia el arco portugués.
James Rodríguez volvió a demostrar que los grandes jugadores entienden cuándo aparecen los partidos importantes. Más allá de la velocidad que inevitablemente ya no tiene, continúa leyendo el juego con una claridad privilegiada. Cada pase suyo buscó romper líneas y cada pelota detenida llevó peligro al área rival. Su liderazgo ya no depende exclusivamente del talento; hoy se apoya también en la experiencia y en la serenidad que transmite al grupo.
A su lado brilló nuevamente Jhon Arias. El extremo colombiano confirmó que atraviesa el mejor momento de su carrera. Incansable para recuperar, inteligente para asociarse y desequilibrante cuando encuentra espacios, fue uno de los hombres que más dificultades causó a la defensa portuguesa. Su crecimiento durante este Mundial lo convierte en una de las grandes revelaciones del torneo.
Pero quizá la mayor fortaleza de esta Selección esté en aquello que durante décadas fue motivo de preocupación: la defensa. Dávinson Sánchez, acompañado por una línea defensiva sólida y bien coordinada, anuló gran parte de los intentos ofensivos portugueses. Incluso Cristiano Ronaldo, acostumbrado a decidir partidos en escenarios de máxima presión, encontró muy pocas oportunidades para imponer su jerarquía.
Paradójicamente, el hombre que evitó la victoria colombiana fue el arquero portugués. Diogo Costa construyó una actuación extraordinaria. Sus intervenciones mantuvieron con vida a Portugal durante todo el encuentro y evitaron que el dominio colombiano se tradujera en goles. Los grandes equipos también necesitan grandes porteros, y Portugal encontró en el suyo la razón principal para conservar el empate.
El gol invalidado inevitablemente generará discusiones. El VAR confirmó una posición adelantada mínima, una de esas decisiones que el reglamento respalda pero que emocionalmente resultan difíciles de aceptar para los aficionados. Sin embargo, sería un error reducir el análisis del partido únicamente a esa jugada.
La verdadera noticia es otra: Colombia terminó la fase de grupos como líder de su zona, invicta y dejando la sensación de haber sido superior al rival más fuerte del grupo. Ese dato tiene un enorme valor deportivo y psicológico.
En los tres compromisos disputados, la Selección mostró una identidad reconocible. Presión organizada, transiciones rápidas, disciplina táctica y una actitud ofensiva que no distingue el nombre del adversario. Esa continuidad es probablemente el mayor logro de Néstor Lorenzo desde que asumió el proyecto.
Durante muchos años el fútbol colombiano dependía casi exclusivamente de las genialidades individuales. Cuando aparecía un talento extraordinario, el equipo competía; cuando ese talento no encontraba inspiración, todo se complicaba. Hoy ocurre algo diferente. Colombia funciona como un colectivo. Las figuras siguen siendo importantes, pero el rendimiento general ya no depende exclusivamente de una inspiración aislada.
Ese cambio explica por qué el empate frente a Portugal deja mejores sensaciones que muchas victorias del pasado. La Selección no necesitó defenderse durante noventa minutos ni esperar un error del rival. Construyó el partido, administró los tiempos y obligó a Portugal a modificar su planteamiento.
Ahora comienza el verdadero Mundial. La fase de grupos permite corregir errores, pero las rondas de eliminación directa no ofrecen segundas oportunidades. Cada detalle adquiere una importancia enorme y cada desconcentración puede significar el regreso a casa.
El próximo desafío será Ghana, un rival que históricamente ha demostrado potencia física, velocidad y capacidad para competir en este tipo de escenarios. Sin embargo, Colombia llega con argumentos suficientes para asumir ese compromiso desde la confianza y no desde el temor.
Este equipo transmite una sensación que hace tiempo no despertaba en la afición colombiana: la impresión de que puede competir frente a cualquiera. No porque tenga nombres más importantes que las grandes potencias, sino porque ha construido una estructura futbolística equilibrada, solidaria y convencida de sus posibilidades.
Quizá dentro de algunos años pocos recuerden el fuera de juego que anuló el gol de Dávinson Sánchez. Las estadísticas solamente dirán que Colombia empató 0-0 con Portugal. Pero quienes vieron el partido sabrán que detrás de ese resultado hubo mucho más que un punto.
Hubo una selección que dominó a un gigante europeo. Hubo un grupo que confirmó su crecimiento. Hubo un equipo que dejó de conformarse con participar para empezar a creer que puede escribir una página histórica.
Por eso, cuando los aficionados repitan la frase «Fue gol de…», probablemente también recordarán algo más importante.
Recordarán que aquella noche Colombia no perdió un partido.
Aquella noche Colombia encontró la certeza de que está preparada para mirar de frente a cualquier potencia del mundo y seguir soñando con una Copa del Mundo que, por primera vez en mucho tiempo, deja de parecer una utopía para convertirse en una posibilidad construida con fútbol, carácter y convicción.