Cuando la cordillera volvió a cantar: nace El Tiple de las Ánimas
Hay proyectos que nacen de una idea. Otros, de una investigación. Pero también existen aquellos que aparecen silenciosamente, casi sin pedir permiso, y poco a poco terminan ocupando cada rincón del alma. Así nació El Tiple de las Ánimas, una novela que durante varios años me acompañó en largas jornadas de escritura, reflexión y recuerdos, hasta convertirse en una de las obras más íntimas que he escrito.
Hoy quiero compartirla con los lectores de La Revista de Caldas.
No quiero hacerlo con una simple noticia anunciando el lanzamiento de un libro. Prefiero hacerlo como quien conversa con un viejo amigo, porque detrás de estas páginas no solo hay una historia de ficción. Hay también un homenaje profundo a la música andina colombiana, a nuestros pueblos, a los arrieros y a todos aquellos hombres y mujeres que ayudaron a construir la identidad del Viejo Caldas sin que sus nombres aparecieran jamás en los libros de historia.
Durante mucho tiempo sentí que las montañas de Salamina todavía tenían historias por contar. Siempre he creído que los caminos empedrados, los cafetales suspendidos sobre las laderas, las fondas de arriería y la neblina que abraza la cordillera esconden algo más que paisajes. Guardan memorias.
Conservan voces. Mantienen vivo un patrimonio invisible que solo aparece cuando uno aprende a escuchar con el corazón.
De esa convicción nació Jacinto Vallejo.
Un caminante silencioso que recorre los antiguos caminos entre Salamina y San Félix acompañado únicamente por una mula ceniza, un perro flaco y un viejo costal de fique que protege con un celo casi sagrado.
Nadie sabe quién es.
Nadie conoce su historia.
Pero todos sienten que dentro de aquel costal descansa un secreto extraordinario.
Y tienen razón.
Porque allí duerme un antiguo tiple cuyo sonido parece pertenecer más al alma de la montaña que al mundo de los hombres.
Mientras escribía esta novela comprendí que la verdadera protagonista no era únicamente la historia de Jacinto. El auténtico protagonista era ese instrumento humilde que durante generaciones acompañó serenatas, reuniones familiares, fiestas patronales y noches de bohemia, cuando bastaban unas cuerdas, una voz sincera y el silencio de un pueblo para crear momentos que permanecían toda la vida en la memoria.
El tiple siempre me pareció mucho más que un instrumento musical. Es una forma de hablar de Colombia. Es la voz de nuestra cordillera. Es el sonido de los cafetales, de los caminos de herradura, de los balcones coloniales y de las montañas que todavía conservan el eco de nuestros abuelos.
Por eso, El Tiple de las Ánimas no pretende ser solamente una novela de ficción. Es también una declaración de amor por nuestras raíces culturales.
Quise escribir una historia donde la música dejara de ser un simple entretenimiento para convertirse en memoria, identidad y esperanza. Una historia donde cada acorde fuera capaz de despertar recuerdos dormidos, de devolver la voz a generaciones enteras y de recordarnos que los pueblos también tienen alma.
Los escenarios que aparecen en estas páginas no fueron escogidos al azar.
Salamina, San Félix, las viejas fondas de camino, el Alto de la Virgen, los cafetales y los senderos de la montaña forman parte de un territorio que conozco, admiro y amo profundamente. En esta novela dejan de ser simples lugares geográficos para convertirse en personajes que dialogan con el lector y participan silenciosamente en cada capítulo.
También debo confesar que esta obra tiene mucho de nostalgia.
No de esa nostalgia que entristece, sino de aquella que nos invita a valorar el inmenso patrimonio cultural que heredamos y que muchas veces dejamos escapar sin comprender su verdadero significado.
Quizá por eso decidí dedicar este libro a don Cediel Castañeda, extraordinario guitarrista de la Salamina de las décadas de los sesenta y setenta, cuyas manos parecían hacer hablar a la guitarra con una sensibilidad difícil de explicar. Todavía recuerdo aquellas serenatas que acompañaban las noches salamineñas y cómo su música parecía detener el tiempo bajo los balcones coloniales. Esa dedicatoria es también un homenaje a toda una generación de músicos populares que enriquecieron la vida cultural de nuestro pueblo sin esperar nunca reconocimientos oficiales.
Aunque la novela transita permanentemente entre la realidad y el realismo mágico, creo que su mayor fortaleza está en la profunda humanidad de sus personajes. Aman, recuerdan, sufren, esperan y buscan respuestas exactamente igual que cualquiera de nosotros. La diferencia es que esas respuestas llegan envueltas en música, en niebla y en los misterios de una cordillera que todavía parece guardar secretos imposibles de explicar con la razón.
Quise escribir una obra profundamente colombiana.
Una novela donde el lector pudiera sentir el aroma del café recién colado, escuchar el crujido de las vigas centenarias de una fonda, contemplar la luz de una vela reflejándose sobre las cuerdas de un viejo tiple y recorrer mentalmente los caminos donde durante siglos caminaron arrieros, colonizadores y campesinos.
Más que escribir un libro, sentí que estaba rescatando fragmentos de una memoria colectiva que no merece desaparecer.
Con la publicación de El Tiple de las Ánimas continúo un camino que desde hace años he venido recorriendo a través de La Revista de Caldas: el de rescatar nuestra historia, nuestro patrimonio, nuestras tradiciones y aquellas pequeñas historias que, aunque parezcan sencillas, terminan explicando quiénes somos como pueblo.
Hoy esa tarea encuentra una nueva forma de expresión en esta novela.
Me emociona profundamente saber que, gracias al formato digital, cualquier lector, sin importar el lugar del mundo donde se encuentre, podrá recorrer estas páginas y caminar junto a Jacinto Vallejo por los senderos de la cordillera colombiana.
Espero que quienes lean este libro no encuentren únicamente una historia de ficción.
Espero que descubran un homenaje a nuestros músicos, a nuestros abuelos, a los caminos de herradura, a las serenatas, al tiple colombiano y a esa forma tan nuestra de entender la vida a través de la música.
Porque estoy convencido de que hay novelas que terminan cuando se cierra la última página.
El Tiple de las Ánimas no.
Su verdadera historia comienza cuando el lector escucha, aunque sea en el silencio de su imaginación, la primera nota de ese misterioso tiple y comprende que la música nunca desaparece. Simplemente espera, paciente, a que alguien vuelva a recorrer los viejos caminos de la cordillera para recordarnos que los pueblos también tienen alma… y que algunas de esas almas todavía siguen cantando entre la niebla.
Un comentario
Me parece interesante el tema de esta novela, aunque no me gusta leer en una pantalla.