El loading: una versión moderna de amar.
Mientras me encontraba navegando en una red social, vi un video de entretenimiento relacionado con el uso frecuente de ChatGPT. Un joven, en el intercambio de mensajes con esta IA buscaba de manera implícita sentirse validado por ella. Y admito que yo también en algún momento he caído en el hábito de cuestionar mis decisiones con la IA. Más aún, le he pedido que sea sincera. Al confrontarme con esta realidad, me sentí absurda. ¿Acaso se le puede atribuir a la inteligencia artificial cualidades humanas como la honestidad, la confianza o la lealtad? Y, sin embargo, la pregunta persiste. Más allá de ocupar el tiempo de ocio, ¿guarda algún sentido para nosotros intentar entablar conversaciones profundas con un algo y no con un alguien?
Lo anterior me lleva a recordar la noticia de la chica que afirmó haberse casado con un bus articulado al Transmilenio. Ante esa noticia, muchos comentarios de los internautas coincidían en algo: “La salud mental es importante”. Y definitivamente lo es. Aunque, no deberíamos limitarnos a reconocer su relevancia únicamente en estos casos extremos; todo lo contrario, deberíamos prestar atención a lo más sutil y cotidiano. Por ejemplo, reflexionemos si recientemente hemos tenido una interacción con otro ser humano que vaya más allá de una simple transacción —necesito algo de ti y tú me lo proporcionas—. Si tenemos a alguien cerca con quien podamos hablar abiertamente sobre asuntos triviales o profundos. Si existe alguna preocupación que nos resulte tan vergonzosa que prefiramos confesarla ante una tecnología y no ante una persona cercana.
Son cosas tan cotidianas y simples que resultan inofensivas, pero, a la larga, nos van alejando emocional y afectivamente unos de otros. Es más, quisiera señalarles que tener vínculos sanos con los demás también es salud mental. Sentir la tibieza de la piel de alguien a quien amas, envolverte en sus susurros y volverte un mundo tan chiquito que pareciera que solo cabría uno. La conexión con los demás es ese hueso a hueso, carne a carne, corazón a corazón; es la voz del otro habitando el aire.
De hecho, la psiquiatra y escritora española Marian Rojas Estapé, en su libro Encuentra tu persona vitamina, explora, con fundamentos científicos, el impacto positivo que tiene en nuestro bienestar el hecho de entablar relaciones afectivas con personas vitamina; es decir, personas que, a través de la interacción con ellas, favorece de una forma saludable la regulación del cortisol —la hormona del estrés— y contribuye a mejorar nuestra salud física y emocional.
Cualquiera, ante esto, diría: “Eso ya se sabe; lo dicen la psicología, la sociología, la antropología y muchas otras disciplinas”. Solo que puede existir un enorme abismo entre saber algo y actuar realmente conforme a ese conocimiento. Sin irnos muy lejos, me inquieta la manera en que las personas comentan abiertamente: “Mi psicólogo es ChatGP” o “ChatGPT no me juzgaría”. De hecho, preocupa observar cómo algunas personas terminan aferrándose afectivamente más a los objetos materiales que a las mismas personas. Y te pregunto: ¿alguna vez te has descubierto hablándole a tu carro, a tu moto o a tu PlayStation como si fueran objetos amados?
Independientemente de cuál sea tu respuesta, es importante resaltar que los objetos no responden ni establecen vínculos recíprocos. Son entidades sin alma, sin nervios ni fibras, incapaces de sostenerte en un momento de extrema tensión. Míralo de esta forma: si estuvieras cruzando una cuerda floja y temblaras de miedo, no importaría cuánto intentaras pedirle ayuda al carro que tienes al lado. Por mucho que lo desearas, no subiría unas escaleras para ayudarte a cruzar. Sé que el ejemplo es extremo, pero, trasladado a nuestra realidad cotidiana, encuentra su equivalente en esa sensación de ahogo que nos aplasta el pecho mientras aquello material que tanto amamos permanece exactamente igual: inmóvil, silencioso e inerte.
En este orden de ideas, si seguimos excavando en un terreno donde no hay petróleo, no solo perdemos tiempo; también perdemos energía, orientación e incluso lucidez. Persistimos en la búsqueda de algo que ese lugar jamás podrá ofrecer. Quizás, si insistimos lo suficiente, terminemos compartiendo la misma lógica de aquella mujer que afirma haberse casado con un medio de transporte: encontrar en una máquina algo que a veces escasea en nuestras relaciones humanas, como el afecto, el vínculo y la validación.
En medio de lo dicho hasta ahora, tengo la intuición de que como seres humanos no siempre utilizamos las herramientas digitales para que nos brinden respuestas, puede que en algunos momentos surja una sutil necesidad de compañía y comprensión. De ser así, que no nos de miedo apoyarnos en las personas que amamos o que están dispuesto a escucharnos.