Yo no sé mucho de política, ni de diplomacias de corbata, ni de esos discursos que escriben otros para que los lean los de siempre, porque soy un viejo campesino que aprendió más mirando el horizonte que leyendo papeles, pero hay cosas que uno siente sin necesidad de que nadie se las explique, y lo que pasó hace unos días, cuando Argentina dejó en el camino a Inglaterra para meterse otra vez en una final del mundo, no fue solamente un partido de fútbol, no señor, eso fue un grito que salió de la garganta de más de cincuenta millones de argentinos y que se oyó desde La Quiaca, allá donde el país le da la mano a Bolivia, hasta Ushuaia, donde la tierra parece acabarse para empezar el hielo, pasando por Mendoza, Córdoba, Rosario, Buenos Aires, la Patagonia infinita y, por supuesto, por esas Islas Malvinas que viven clavadas en el corazón de todo argentino aunque todavía estén ocupadas por una bandera extranjera, porque hay heridas que no las cura el tiempo, hay heridas que solo esperan justicia.
Yo veía llorar a los muchachos cuando terminó ese partido contra Inglaterra y entendí que muchos de ellos ni siquiera habían nacido cuando ocurrió la guerra de 1982, y sin embargo sentían la victoria como si la hubieran esperado toda la vida, y eso tiene una explicación muy sencilla, porque las Malvinas no son solamente un pedazo de tierra rodeado de mar, son memoria, son identidad, son una parte del alma nacional. Ningún gol cambia la historia, ningún campeonato modifica los mapas, ningún resultado reemplaza el derecho internacional, pero los pueblos también hablan desde las emociones, y cuando un pueblo entero siente que una victoria deportiva le devuelve un poco de dignidad, eso merece ser escuchado.
Yo estoy en Argentina desde hace varios días y les puedo asegurar una cosa, nunca había visto tanta bandera, nunca había visto tanta gente abrazarse con desconocidos, nunca había escuchado tantas veces una misma frase: «vamos por la cuarta», y esa cuarta estrella no sería solamente otra copa para la vitrina, sería la confirmación de una generación extraordinaria, sería el premio para un país que nunca dejó de creer en su camiseta, sería otra página en una historia futbolera que ya es patrimonio del mundo.
Pero mañana enfrente aparece España, y aquí la historia vuelve a mezclarse con los sentimientos, porque hace apenas unos días, el nueve de julio, Argentina recordó un nuevo aniversario de su independencia, más de dos siglos después de haber decidido caminar sola, más de dos siglos después de romper los vínculos políticos con la Corona española. Los siglos pasaron, los pueblos cambiaron, España de hoy no es la España colonial, los españoles de hoy no son responsables de las decisiones de hace trescientos años, la historia, por fortuna, no funciona heredando culpas, pero la memoria existe y los símbolos también.
Por eso muchos argentinos sienten que esta final tiene un sabor especial, no porque exista odio, no porque haya deseos de revancha contra los españoles de hoy, sino porque los pueblos nunca olvidan el camino que recorrieron para convertirse en naciones libres, y los latinoamericanos sabemos muy bien cuánto costó la independencia, sabemos lo que significó construir nuestras propias banderas, sabemos cuánto sacrificio hubo detrás de cada república nacida en este continente. Y por eso mañana no solamente se juega un campeonato del mundo, también se enfrentan dos historias enormes, dos culturas, dos maneras de entender el fútbol, dos escuelas que aman la pelota.
España llega con un equipo extraordinario, con talento, con disciplina, con un fútbol moderno que merece todos los respetos, pero Argentina llega con algo difícil de medir, llega con esa capacidad casi mágica de convertir los partidos importantes en cuestiones del alma, y cuando el alma juega, es muy difícil derrotarla.
Yo quisiera que mañana toda América Latina mirara esta final con un sentimiento distinto, no con resentimientos, no con rencores, no con divisiones, sino con memoria, porque antes de que existieran las fronteras que hoy conocemos, esta tierra compartía luchas, sueños y esperanzas. Desde el Río Bravo hasta la Patagonia hablamos idiomas hermanos, compartimos costumbres, compartimos música, compartimos dolores, compartimos dictaduras, compartimos migraciones, compartimos pobreza, compartimos alegrías, y también compartimos una inmensa capacidad para levantarnos una y otra vez.
Por eso mañana quisiera ver a los colombianos, a los uruguayos, a los paraguayos, a los bolivianos, a los chilenos, a los ecuatorianos, a los peruanos, a los venezolanos, a los brasileños, a los mexicanos, a los centroamericanos y a cada rincón de esta América enorme sintiendo que, gane o pierda Argentina, habrá un pedacito del continente jugando esa final, porque cuando uno de los nuestros llega tan lejos, también lleva algo de todos, lleva la pasión de nuestros barrios, lleva la humildad de nuestros campesinos, lleva el esfuerzo de nuestros trabajadores, lleva la esperanza de millones que todavía creen que el deporte puede unir lo que tantas veces la política divide.
Mañana, cuando ruede la pelota, el mundo verá solamente veintidós jugadores, pero yo veré mucho más, veré a los abuelos que enseñaron a amar la camiseta, veré a los niños que sueñan con patear una pelota descalzos, veré a los inmigrantes que cruzaron océanos buscando un futuro, veré a los soldados que nunca regresaron, veré a las madres que lloraron a sus hijos, veré a los pueblos que aprendieron a ponerse de pie después de cada caída, porque el fútbol tiene esa extraña capacidad de resumir una nación en noventa minutos, y eso no lo entiende quien solamente mira estadísticas, lo entiende quien ha visto llorar de felicidad a un pueblo entero.
Yo no sé quién levantará la copa, eso lo dirá la cancha, pero sí sé una cosa, mañana Argentina jugará con once futbolistas y detrás de ellos caminarán millones de corazones, ojalá también camine buena parte de Latinoamérica, porque cuando un pueblo juega con su historia, con su memoria y con su dignidad, nunca está completamente solo. Y si al caer la tarde la cuarta estrella termina bordándose sobre la camiseta celeste y blanca, no será únicamente una conquista deportiva, será otra de esas historias que los abuelos contarán a sus nietos, será otra razón para abrazarse en las plazas, será otra canción nacida en las tribunas, será otra página que el tiempo no podrá borrar.
Y yo, Majencio, viejo como los caminos y terco como las montañas, seguiré creyendo que hay partidos que duran noventa minutos, y otros que permanecen para siempre en la memoria de los pueblos.