Segunda parte
Si la primera gran enfermedad de las redes sociales es la falsedad, la manipulación y la proliferación de perfiles anónimos, existe una segunda patología igual de preocupante y es el silencio de las mayorías, porque basta observar cualquier publicación para encontrar un fenómeno curioso: cientos o miles de personas presionan el botón de «me gusta», pero apenas unas pocas se atreven a escribir un comentario, la publicación circula, recibe reacciones, acumula visualizaciones, pero la conversación desaparece, y parece existir una multitud presente, observando desde las sombras, que participa sin participar. La pregunta es inevitable: ¿por qué ocurre esto?
Como librepensador que soy, convencido de que la libertad de expresión no es un favor que alguien nos concede sino un derecho que nadie debería poder arrebatarnos, me indigna profundamente comprobar cómo millones de personas han aprendido a callar por miedo. La respuesta a esa pregunta tiene mucho que ver con el clima de hostilidad que las propias redes han ayudado a construir, porque comentar ya no es simplemente expresar una opinión, muchas veces significa exponerse a una emboscada digital, y cualquier palabra puede ser sacada de contexto, ridiculizada o convertida en motivo de ataque por personas que ni siquiera conocen al autor del comentario. El «me gusta» es seguro, el comentario implica riesgo, y quien presiona un botón apenas deja una huella mínima, mientras quien escribe una opinión abre una puerta para ser cuestionado, atacado o señalado, y en una sociedad digital cada vez más agresiva, muchos prefieren permanecer en silencio.
Yo, que he creído toda mi vida en el valor sagrado de decir lo que se piensa aunque incomode, aunque cueste, aunque genere enemigos, no puedo dejar de sentir una profunda tristeza cuando veo esta transformación silenciosa. Paradójicamente, las redes sociales fueron creadas para facilitar la comunicación, pero están produciendo el efecto contrario, millones de personas observan, consumen contenidos y reaccionan mecánicamente, mientras cada vez menos están dispuestas a participar en conversaciones reales, y el resultado es una gigantesca ilusión de participación. Los números muestran actividad, pero no necesariamente reflexión, una publicación puede acumular miles de reacciones y no generar una sola idea nueva, puede producir cientos de aplausos virtuales sin aportar un solo argumento al debate.
La cultura del «me gusta» ha simplificado peligrosamente la comunicación humana. Antes, expresar acuerdo o desacuerdo requería elaborar una idea, construir una frase, defender una posición, hoy basta con un clic, el pensamiento complejo es sustituido por una reacción instantánea, y las redes han transformado las opiniones en reflejos. Más preocupante aún es que muchos usuarios utilizan el «me gusta» para evitar comprometerse públicamente con lo que realmente piensan, aprueban un contenido, respaldan una denuncia, coinciden con una crítica, pero prefieren no decirlo abiertamente, en una especie de aprobación silenciosa que a mí, como defensor a ultranza de la palabra libre y valiente, me resulta francamente dolorosa de presenciar.
No quieren exponerse a discusiones, no quieren aparecer en capturas de pantalla, no desean convertirse en objetivo de los fanáticos digitales que patrullan permanentemente las plataformas buscando adversarios, porque las redes también han creado algo parecido a tribunales permanentes de vigilancia ideológica donde no importa el tema, política, religión, deportes, cultura, economía o asuntos comunitarios, siempre existe un grupo dispuesto a atacar cualquier opinión que contradiga sus creencias. Y aquí quiero ser enfático, porque esto es lo que más me subleva como libertario: esos tribunales digitales no representan a nadie, no fueron elegidos por nadie, no tienen más autoridad que el ruido que producen, y sin embargo logran silenciar a ciudadanos enteros que tendrían mucho que aportar.
Muchos usuarios ya lo saben, por eso observan desde la distancia, leen, analizan, coinciden o discrepan, pero guardan silencio, y en cierta forma estamos presenciando el nacimiento de una ciudadanía digital temerosa, no necesariamente porque carezca de opiniones, sino porque ha aprendido que expresar esas opiniones puede tener consecuencias desagradables. Los perfiles agresivos, los comentaristas profesionales y las llamadas bodegas digitales han contribuido enormemente a esta situación, y cuando una persona observa que alguien es insultado por expresar una idea razonable, aprende una lección sencilla: es mejor no intervenir. Cuando ve campañas de desprestigio contra ciudadanos comunes, entiende que el anonimato puede ser más seguro que la participación abierta, y cuando presencia discusiones donde nadie escucha a nadie, concluye que comentar resulta inútil.
La consecuencia es devastadora para la calidad del debate público. Las voces moderadas desaparecen, las personas razonables se retiran, los ciudadanos que podrían aportar argumentos valiosos prefieren mantenerse al margen, y entonces ocurre algo predecible: el espacio queda ocupado por los extremos, los más agresivos terminan dominando la conversación no porque representen a la mayoría, sino porque son los únicos dispuestos a hablar. Se produce así una enorme distorsión de la realidad, los comentarios dejan de reflejar lo que piensa la sociedad y comienzan a reflejar únicamente lo que piensan los grupos más ruidosos, los silenciosos observan, los radicales hablan, y los algoritmos amplifican precisamente a quienes generan más confrontación, porque esa es otra verdad incómoda que como librepensador no me canso de repetir: los algoritmos no son neutrales, están diseñados para premiar la indignación, no la verdad, y eso convierte a las plataformas en cómplices silenciosos de esta distorsión.
Esta dinámica crea la falsa impresión de que el mundo está dividido en bandos irreconciliables cuando, en realidad, una enorme cantidad de personas se encuentra en posiciones intermedias que nunca llegan a expresarse públicamente. Quizás el verdadero problema no sea que las personas no comentan, quizás el problema sea que las redes han convertido el acto de comentar en una actividad peligrosa, y el ciudadano común siente que participa al dar un «me gusta», pero evita involucrarse más profundamente porque percibe un entorno hostil, polarizado y frecuentemente irracional. De esta manera, las plataformas terminan premiando la superficialidad, es más fácil reaccionar que pensar, es más fácil señalar que argumentar, es más fácil insultar que debatir, y es más fácil guardar silencio que enfrentar una multitud digital.
Sin embargo, y aquí quiero ser categórico porque en esto no admito medias tintas, una sociedad no puede construirse únicamente sobre reacciones instantáneas. Las democracias necesitan conversación, las comunidades necesitan diálogo, las ideas necesitan confrontarse con respeto, y el pensamiento crítico necesita espacios donde las personas puedan expresar acuerdos y desacuerdos sin temor a ser destruidas por una turba virtual. Yo sigo creyendo, contra toda evidencia de desánimo, que la palabra vale más que el clic, que el argumento vale más que el aplauso automático, y que ninguna dictadura, ni siquiera esta dictadura silenciosa y algorítmica del «me gusta», puede durar para siempre si suficientes ciudadanos deciden recuperar el valor de hablar con la frente en alto.
Quizás haya llegado el momento de preguntarnos qué estamos perdiendo detrás de cada «me gusta» silencioso, porque cada comentario que no se escribe puede ser una idea que no se comparte, una reflexión que no se escucha, una verdad que permanece oculta, y una oportunidad perdida para construir una conversación pública más honesta, más libre y más humana. Mientras tanto, las redes continúan acumulando millones de reacciones cada día, pero detrás de ese océano de pulgares levantados permanece una pregunta inquietante: si todos están mirando, ¿por qué tan pocos se atreven a hablar?
Tal vez porque, en el fondo, las redes sociales prometieron darnos voz, pero terminaron enseñándonos el valor estratégico del silencio. Y yo, que prefiero siempre el riesgo de opinar al confort de callar, sigo convencido de que la libertad no se ejercita con «me gusta», se ejercita con palabras propias, dichas de frente, sin miedo y sin pedir permiso.
Un comentario
Aunque es muy acertada su postura, debo afirmar que no considero que todo el mundo debería opinar en todos los temas. Yo por ejemplo no me atrevería a opinar sobre medicina, pues no tengo conocimientos técnicos al respecto. Desafortunadamente existen en la red una cantidad de internautas, que a través de sus opiniones deforman bizarramente la verdad, quienes generalmente no tienen un conocimiento básico sobre el tema que se discute. Cómo dice el refrán: zapatero, a tu zapato.