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La montaña que respiraba | El día en que Samuel sintió temblar la tierra

En una ladera cafetera de la cordillera Central, un temblor breve despierta en Samuel, un niño de diez años, la primera pregunta verdadera de su vida: ¿está viva la montaña? Su abuelo, Don Jacinto, campesino que nunca estudió geología pero que sabe leer la tierra como un idioma antiguo, le revela que bajo la aparente quietud del paisaje, el planeta entero respira, se mueve y sigue escribiendo su historia.
Don Jacinto y su nieto Samuel, frente a la cordillera que respira: la montaña no duerme, apenas trabaja despacio.
Don Jacinto y su nieto Samuel, frente a la cordillera que respira: la montaña no duerme, apenas trabaja despacio.
Eleuterio Gómez codirector

La montaña que respiraba

Don Jacinto nunca estudió geología, pero sabía leer la tierra como otros leen las Sagradas Escrituras: en el color del barro después de la lluvia, en el vuelo bajo de los gallinazos antes de la tormenta, en la dirección exacta que tomaba el humo de su tabaco al amanecer. Durante más de setenta años había cultivado café en una ladera de la cordillera Central, y en ese tiempo aprendió que la montaña no era un objeto, sino una presencia. Una vieja conocida con la que había que hablar despacio, con respeto, como se habla con los mayores.

-Las montañas nacieron antes que nosotros y aquí seguirán cuando ya no estemos —solía decir, mientras el amanecer derramaba su neblina espesa sobre los cafetales, como si el cielo mismo estuviera sirviendo leche tibia sobre la ladera.

Su nieto Samuel, un niño de diez años con las rodillas siempre raspadas y la curiosidad intacta, escuchaba esas palabras como quien escucha un cuento que se repite cada noche y que, sin embargo, nunca termina de entenderse del todo. Para él, la montaña era simplemente el lugar donde vivía. No sabía todavía que las montañas también sueñan, y que a veces, en sueños, se mueven.

Fue una tarde de julio, mientras abuelo y nieto recogían café entre los surcos, cuando el mundo pareció detener el aliento por un instante.

Los perros callaron de golpe, como si alguien les hubiera puesto una mano invisible sobre el hocico.

Las aves -torcazas, azulejos, un par de mirlas que vivían en el guamo viejo- levantaron el vuelo todas a la vez, en un mismo latido, como si hubieran escuchado una orden que solo ellas podían oír.

El agua del tanque, quieta hasta entonces, comenzó a dibujar círculos pequeños y concéntricos, igual que cuando una piedra invisible cae desde el cielo.

Y entonces, apenas unos segundos después, la tierra se estremeció.

No fue un temblor fuerte. Apenas un suspiro breve que hizo vibrar los vidrios de las ventanas y meció las ramas de los guamos como si una mano gigantesca, paciente y antigua, hubiera pasado por debajo de la ladera acariciando sus raíces.

Samuel quedó inmóvil, con las manos llenas de granos rojos de café que ya no recordaba estar recogiendo.

-Abuelo… ¿la montaña está viva?

Don Jacinto sonrió con la calma de quien ha sentido ese mismo estremecimiento decenas de veces a lo largo de su vida, y que en lugar de miedo siente algo parecido a la ternura.

-Claro que está viva.

El niño lo miró con los ojos muy abiertos, como si su abuelo acabara de confesarle un secreto prohibido.

-¿Cómo puede estar viva una piedra?

El viejo se agachó despacio, tomó un puñado de tierra húmeda entre sus dedos curtidos por el sol y el machete, y la dejó caer poco a poco, grano a grano, como quien deja caer el tiempo mismo.

-Porque debajo de nosotros nada está quieto, m’ijo. Nada ha estado quieto jamás.

Señaló el horizonte, donde la cordillera dibujaba su silueta azul contra un cielo que ya empezaba a incendiarse de naranja.

-Eso que ves ahí no es una fotografía, aunque lo parezca. Es un mundo que se mueve despacio. Tan despacio, que a nuestros ojos les toma toda una vida no alcanzar a verlo. Nosotros duramos poco, Samuel. La montaña, en cambio, tiene todo el tiempo del mundo para moverse sin que nadie se dé cuenta.

Samuel volvió la mirada hacia el paisaje, buscando ahora algo distinto. Las vacas seguían pastando, ajenas a todo. Los árboles permanecían en un silencio verde y espeso. Las casas del vecindario seguían exactamente donde siempre habían estado, con sus techos de teja desteñidos por los años. Todo parecía tan quieto como una estampa religiosa colgada en la pared de la cocina.

Pero el abuelo insistió, y su voz tomó ese tono grave que usaba solo para las cosas importantes, las que merecían ser contadas junto al fogón.

-Allá abajo, muy abajo, hay un fuego que nunca se apaga. Un calor tan viejo como el mismo mundo. Ahí las rocas no son duras como parecen: fluyen, se mueven como si fueran un río espesísimo, un río de piedra derretida que camina más despacio que una tortuga centenaria. Los continentes enteros -esos que salen dibujados en el mapa de tu escuela- viajan unos pocos centímetros cada año, como quien no quiere la cosa, como quien se muda de casa sin que los vecinos lo noten. Nosotros creemos que la Tierra duerme, Samuel. Pero la Tierra nunca ha dormido. Lo que pasa es que trabaja tan despacio, y nosotros vivimos tan rápido y tan poco, que confundimos su paciencia con su silencio.

El niño guardó silencio largo rato, con los granos de café todavía tibios en el puño cerrado. Por primera vez en su corta vida comprendió -no con la cabeza, sino con algo más hondo, más parecido al estómago o al corazón- que aquella cordillera inmensa que había visto todos los días de su existencia no era un bloque de piedra inmóvil, sino la piel curtida de un animal descomunal que respiraba, muy despacio, bajo el peso de los siglos.

Don Jacinto levantó la vista hacia las montañas, entrecerrando los ojos como quien saluda a un viejo amigo.

-Cuando la Tierra habla -dijo en voz baja, casi como una plegaria- no lo hace para asustarnos, m’ijo. Habla para recordarnos que todavía está construyéndose. Que no ha terminado su obra. Que nosotros, con todo y nuestras casas, nuestros caminos y nuestros cafetales, apenas somos las visitas de una tarde en la casa de alguien que lleva viviendo aquí desde antes del principio de los tiempos.

Y era cierto. Muchos siglos antes de que existieran los pueblos, las carreteras, los cafetales o las primeras ciudades, ese mismo movimiento paciente ya estaba levantando cordilleras desde el fondo del mar, abriendo océanos donde antes no había más que roca, cambiando una y otra vez el rostro entero del planeta, sin pedirle permiso a nadie, sin apuro, sin descanso.

Nosotros apenas somos visitantes de paso.

La Tierra, en cambio, sigue escribiendo su historia con la misma tinta de fuego y piedra con que la escribió siempre.

Y cada temblor -ese suspiro breve que asustó a los perros, que espantó a los pájaros, que dibujó círculos en el agua quieta del tanque- no es más que una palabra suelta de ese idioma inmenso y antiguo que la humanidad, con toda su ciencia y todos sus instrumentos, apenas está aprendiendo a deletrear.

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