Hay un deporte no oficial que en los últimos años ha cobrado un impulso feroz en los pasillos de las redes sociales latinoamericanas: la estigmatización sistemática de la Argentina. Desde las trincheras digitales de la izquierda radical y sus bodegas de amplificación, se ha desplegado un libreto quirúrgico, repetido con la disciplina de un catecismo, para presentar al país austral como un experimento fallido, un desierto sin futuro y una sociedad atrapada en el egoísmo más miserable. No es periodismo, es propaganda con maquillaje de indignación. Y como toda propaganda bien financiada, necesita una mentira grande, sostenida a fuerza de repetición, para tapar una verdad que les resulta insoportable: que el modelo que ellos condenaron al fracaso está funcionando.
Para los sectores progresistas dominantes en países como Colombia, la irrupción del modelo libertario encabezado por Javier Milei no fue simplemente una derrota electoral ajena, un dato curioso de la política comparada; fue una amenaza existencial a su propia narrativa, a la columna vertebral de su relato continental. Si Argentina prospera recortando el Estado, entonces cuarenta años de discurso setentista se derrumban como un castillo de naipes. La respuesta, entonces, no podía ser el debate de ideas —para eso habría que argumentar, y argumentar exige honestidad—; la respuesta fue convertir a toda una nación en el enemigo conceptual perfecto. Sin embargo, para sostener esa caricatura grotesca, las fábricas de opinión han tenido que apelar a la mentira explícita, al desprecio cultural y a una profunda amnesia geopolítica que roza lo canallesco.
Neuquén, la energía y el mito del «agua destruida»
Uno de los capítulos más agresivos —y más deshonestos— de esta campaña de desinformación apunta a las entrañas productivas del país. En el relato coordinado de las granjas de contenido radical, la fractura hidráulica en la formación no convencional de Vaca Muerta, provincia de Neuquén, es retratada como un apocalipsis ecológico diseñado por el gobierno para «vender el agua de la Patagonia» a intereses oscuros. Es una fábula construida para el pánico, no para el conocimiento, y quien la repite sin verificar nada se hace cómplice de la mentira.
La realidad operativa y técnica cuenta una historia radicalmente opuesta, aunque a los sacerdotes del relato no les convenga citarla. El desarrollo del shale en Neuquén se lleva a cabo bajo estándares internacionales de ingeniería no convencional, operado en acuíferos ultra profundos situados a miles de metros por debajo de las napas de agua potable, mediante un monitoreo estricto que protege las cuencas hídricas del río Neuquén y el río Limay. Gracias a esta tecnología responsable, Argentina alcanzó récords históricos de producción y logró superar el histórico déficit energético que durante décadas obligó al país a importar gas al precio que le impusieran. Ese dato incómodo —que la soberanía energética empezó a construirse justo cuando el populismo dejó de administrar la escasez— jamás aparece en los hilos virales que denuncian una «catástrofe» inventada.
Pero para el dogma de la izquierda radical en la región, la autosuficiencia económica y el superávit de un gobierno liberal deben ser descalificados a toda costa, así haya que mentir con cifras, con fotos descontextualizadas o con videos viejos presentados como noticia del día. Cuando las cámaras enfocan las calles de Buenos Aires o las capitales provinciales, las bodegas digitales empaquetan las movilizaciones opositoras —legítimas como cualquier protesta en democracia, pero minoritarias y politizadas— como «pueblos hambrientos denunciando atropellos autoritarios». Omiten deliberadamente el trasfondo verdadero: la resistencia furiosa de sectores políticos tradicionales que perdieron el negocio de la intermediación de subsidios, el curro de la obra pública inflada y la alcahuetería estatal que durante décadas asfixió el crecimiento del país y engordó a una casta que hoy llora en cámara la pérdida de sus privilegios.
La falacia del «planfero»: el verdadero rostro argentino
La estigmatización ideológica no se detuvo en las decisiones de gobierno; cruzó la frontera más vil al atacar la identidad misma de su gente, que es la forma más baja y más cobarde de hacer política. En la narrativa que los algoritmos progresistas exportan hacia Colombia, el argentino promedio ha sido reducido a una caricatura de manual: el «planfero» violento, el vivo criollo, o el ciudadano desalmado que no empatiza con el colectivo ni con el migrante. Es un retrato hecho por gente que jamás pisó un barrio argentino, que jamás se sentó en una vereda a tomar mate con un vecino, y que necesita esa mentira para justificar su propio fracaso administrativo en casa.
Cualquiera que haya caminado de verdad por un barrio argentino sabe que esa descripción es una falsedad ruin, casi una difamación colectiva. La Argentina cotidiana no vive en los call centers de la militancia ni en los trending topics comprados; vive en la calle, en el entramado silencioso que ningún algoritmo puede monetizar. Vive en los clubes de barrio, esas sociedades de fomento donde las familias se organizan solas, sin pedirle permiso al Estado ni vender su voto a un puntero, para sostener el comedor, la biblioteca popular y el deporte infantil. Vive en la cultura del mate compartido, en la mesa larga del domingo, en la solidaridad inmediata cuando un vecino la está pasando mal y nadie le pregunta antes su afiliación política. Vive, sobre todo, en esa pasión deportiva que enseña disciplina, compañerismo y superación en cada rincón del país, desde la cancha de tierra de un pueblo del interior hasta el club universitario de la gran ciudad; yo, que fui arquero en mi juventud, sé bien que esa entrega no se finge ni se compra con un post patrocinado.
Esa cultura del trabajo, de la amistad y de la resiliencia es exactamente la que las narrativas destructivas buscan invisibilizar, porque desmiente su tesis central: que la libertad económica destruye el tejido social. Mienten sabiendo que mienten, y eso, en cualquier tribunal moral del periodismo, tiene un nombre: mala fe.
La paradoja colombiana: morder la mano de quien educó
Aquí es donde la crónica alcanza su punto de mayor indignación moral, porque hay hipocresías que duelen más cuando vienen de casa. Resulta contradictorio, y hasta vergonzoso, que este sentimiento antiargentino sea alimentado y replicado con tanta ligereza en un país como Colombia, impulsado precisamente por una dirigencia progresista que finge defender la «hermandad latinoamericana» en cada discurso de cumbre internacional mientras la traiciona en cada tuit.
Hay una ceguera voluntaria, casi una amnesia deliberada, en quienes consumen y comparten ese odio desde Bogotá, Medellín o Cali. Se olvidan —o prefieren ocultar, porque no les conviene el dato— de la inmensa deuda de gratitud que miles de familias colombianas tienen con la Argentina. Mientras en Colombia la educación superior de calidad ha sido históricamente un privilegio costoso y excluyente, reservado para quien puede pagarlo, la República Argentina le ha abierto las puertas de sus universidades públicas de excelencia, totalmente gratuitas y de prestigio mundial, a generaciones enteras de colombianos que jamás hubieran podido estudiar medicina o ingeniería en su propio país sin hipotecar el futuro de su familia.
Decenas de miles de médicos, ingenieros, artistas y científicos colombianos hoy ejercen su profesión en el mundo gracias a que el sistema educativo y de salud argentino los acogió como a sus propios hijos, sin exigirles nada a cambio, sin preguntarles su ideología ni el color de su pasaporte. Denigrar hoy, por conveniencia política de coyuntura, a la nación que formó a tus estudiantes y sanó a tus migrantes, solo para ganar una discusión ideológica en redes sociales, no es debate político: es una profunda muestra de ingratitud, y la ingratitud, quiérase o no, siempre termina pagándose caro en el juicio de la historia.
El triunfo de la verdad sobre el relato
El antiargentinismo promovido por las bodegas del progresismo radical no es más que una cortina de humo, un espantapájaros construido con retazos de mentira para que nadie mire el fracaso propio. Intentan convencer a América Latina de que la libertad es inviable porque le temen, con pavor genuino, al ejemplo de un país que decidió prosperar sin las cadenas del populismo ni la dependencia estatal que a ellos tanto rédito electoral les ha dado.
Los colombianos que viven, estudian y trabajan en suelo argentino saben la verdad, porque la verdad no se discute en un trending topic: se vive en la calle, en el aula, en el hospital. Conocen la nobleza de su gente, el rigor de sus universidades, la seriedad de su industria energética y el calor de su cultura. La crónica de esta época no puede quedarse en el aplauso fácil del algoritmo ni en el like cómplice de la tribu; tiene la obligación moral de desmontar la mentira, reivindicar la verdad de un pueblo hospitalario y recordar, alto y claro, que la gratitud entre naciones está por encima de cualquier manipulación ideológica, por hábil que sea el relato que la disfrace.