Hay edificios que se deterioran. Y hay pueblos que, de tanto acostumbrarse a verlos deteriorados, terminan por dejar de verlos. Uno pasa por ahí todos los días, con la cabeza en otra cosa, y ya ni siquiera levanta la vista hacia esa fachada que hace veinte años era motivo de orgullo.
En Salamina tenemos uno de esos casos.
Está allí, en toda la esquina desde donde arrancan las escaleras que bajan hacia el barrio Fundadores. No hay que buscarlo con lupa ni internarse por una calle perdida. Está a la vista de todos, de los que suben con las piernas cansadas y de los que bajan sin mirar atrás. Sus paredes hablan solas: humedad, grietas, partes desprendidas, ventanas cerradas a la fuerza, y ese aspecto inconfundible de una construcción a la que durante demasiado tiempo nadie le ha puesto la mano que necesita.
Pero esa casa no es solamente unas paredes viejas.
Allí funcionó el Club Juvenil. Allí estuvo la Casa Campesina. Allí entraron durante años salamineños que encontraron servicios, reuniones, actividades y espacios que hacían parte de la vida cotidiana del municipio. Generaciones de muchachos se formaron entre esos muros, aprendieron oficios, discutieron proyectos, celebraron logros pequeños que para ellos eran enormes. Hoy esos mismos muchachos, ya adultos, pasan por ahí y quizás ni se acuerdan, o prefieren no acordarse, porque duele más recordar lo que fuimos que ignorar lo que somos.
Por eso verla hoy no produce solamente preocupación. Produce tristeza.
Y también rabia.
Majencio tiene una pregunta elemental que debería tener una respuesta igualmente elemental: ¿de quién es esa casa?
¿Del Municipio?
¿De la parroquia?
No vamos a afirmar lo que no tenemos documentado. Precisamente por eso la primera obligación de quienes tengan competencia sobre el inmueble debería ser aclararlo públicamente. Porque cuando una construcción de estas características está deteriorándose en un sitio transitado, la discusión sobre la escritura no puede convertirse en excusa para que cada uno mire hacia otro lado mientras la casa se sigue cayendo, ladrillo a ladrillo, sin que a nadie le toque asumirlo.
Alguien debe responder.
Y si pertenece al Municipio, le corresponde al Municipio explicar qué piensa hacer con ella. Y si pertenece a la parroquia, corresponde a la parroquia asumir su responsabilidad. Y si existe alguna figura jurídica distinta, que se diga. Lo que no resulta aceptable es que la respuesta siga siendo el silencio mientras las paredes continúan perdiéndose, un poco más cada semana, cada lluvia, cada verano que reseca lo que ya estaba débil.
Porque aquí ya no hablamos únicamente de conservar memoria.
Hablamos también de seguridad.
Por ese sector pasan personas todos los días. Vecinos, adultos mayores, niños que suben corriendo las escaleras camino a la escuela, trabajadores que las bajan con el afán de llegar a tiempo. Si técnicamente existe riesgo de desprendimiento o colapso, debe determinarlo un profesional, no Majencio ni una fotografía. Pero el estado exterior del inmueble justifica, como mínimo, una inspección técnica seria y medidas preventivas mientras se establece qué intervención necesita.
Esperar a que algo caiga para entonces llenar el lugar de cintas amarillas sería la peor manera de administrar el problema. Y sería, además, una manera tristemente familiar: la de actuar solo cuando ya no queda otra opción.
Salamina, además, no puede tratar su patrimonio como si fuera un montón de casas viejas que estorban. Su Centro Histórico es Bien de Interés Cultural del ámbito nacional y cuenta con un Plan Especial de Manejo y Protección. Después del terremoto del 10 de agosto, la Gobernación de Caldas y el Ministerio de Cultura recorrieron Salamina precisamente para evaluar afectaciones y articular acciones destinadas a proteger y reconstruir patrimonio. Uno diría que, con esa visita todavía fresca, sería el momento exacto para que este tipo de inmuebles entraran de una vez en la lista de prioridades, y no en la de pendientes eternos.
¿Cuántos inmuebles públicos, comunitarios o de interés colectivo tiene Salamina subutilizados, deteriorados o simplemente esperando que el tiempo termine de acabarlos?
El antiguo Teatro Municipal es quizá el símbolo más doloroso de esa historia. Su deterioro no nació ayer: hace años la prensa regional documentaba los reclamos de la comunidad por su abandono. El propio PEMP contempló la restauración del Teatro y del edificio de la Alcaldía y planteó estudios técnicos para determinar su estado estructural. Cuántas generaciones de salamineños crecieron viendo ese teatro cerrado, preguntándose si algún día volverían a proyectarse películas o a montarse obras entre esas paredes.
Hay, por fortuna, una señal reciente que merece reconocerse: además de la limpieza que ya empieza a advertirse en el lote, el Municipio contrató en septiembre de 2026 servicios profesionales para actualizar el componente presupuestal y financiero del proyecto de restauración del Teatro y Centro de Convenciones. Es un paso concreto, aunque naturalmente habrá que seguir qué viene después.
Majencio, que es criticón pero tampoco mezquino, dice: cuando se hace algo bueno, se reconoce.
Ahora falta que esa mirada se extienda a los demás inmuebles. A esa casa de las escaleras, por ejemplo, que no le pide a nadie una placa ni un discurso. Le pide, simplemente, que alguien se pregunte qué hacer con ella antes de que sea demasiado tarde.
Porque una casa como esa no tiene necesariamente que convertirse en museo para tener futuro. Restaurada y técnicamente segura podría volver a prestar servicios comunitarios, culturales, sociales, turísticos, educativos o administrativos. Podría volver a llenarse de muchachos, de reuniones, de vida. Lo primero es saber de quién es, conocer su condición estructural y estudiar seriamente qué uso puede tener.
Y aquí viene el recado para quienes aspiran a gobernar Salamina en el próximo período.
La recuperación de estos bienes debería aparecer en los programas de gobierno no como una frase bonita sobre «defender el patrimonio», sino con inventario, diagnóstico, prioridades, costos aproximados, posibles fuentes de financiación y usos definidos. Sin importar el nombre del candidato. Que cada aspirante explique qué hará con el Teatro, qué propone para los inmuebles municipales deteriorados, cómo gestionará recursos de patrimonio y qué edificios pueden recuperarse para devolverlos al servicio ciudadano.
Porque gobernar también consiste en cuidar lo que ya tenemos.
Construir una obra nueva produce fotografía, cinta, placa y discurso. Recuperar una casa vieja quizás produzca menos espectáculo, pero puede conservar historia, ahorrar recursos y devolverle a una comunidad un espacio que alguna vez fue suyo. Y a veces, devolverle un espacio a la gente vale más que inaugurar uno nuevo, aunque nadie corte una cinta ese día.
Majencio mira aquella esquina, se acomoda el sombrero y deja la pregunta suspendida en el aire, como quien sabe que nadie va a contestarla enseguida:
¿Vamos a esperar a que la casa se caiga para descubrir cuánto valía?
Porque cuando una pared antigua cae por abandono, no siempre se pierden solamente adobes, bahareque y madera.
A veces se cae también un pedazo de la memoria de un pueblo.