Entre el pánico futuro y la transformación presente.
Está en plena vigencia la discusión sobre las amenazas que se ciernen sobre la humanidad por un probable descontrol o autosabotaje de las aplicaciones que utilizan la inteligencia artificial. Algunos de los desarrolladores y directivos de las principales compañías del mundo renuncian a sus cargos, con advertencias de que se aproxima una debacle. Otra muestra, como ejemplo, son los titulares del periódico EL PAIS de España, en su edición del 19 de septiembre de 2026, que dicen: 1. Google admite por primera vez que su IA ha hackeado a tres empresas. 2. ¿Hay un 10% de probabilidad de que la IA nos mate a todos? 3. ¿Nos roba la IA las ideas? “No se puede demostrar el 100% pero es lógico pensar que sí”. Estas alertas tempranas inspiran estas líneas para tratar de entender el alcance de las declaraciones en mejor medida y coincide con los asuntos analizados en días pasados en una clase del grupo intergeneracional de la Universidad de Caldas, en el programa de “Inteligencia Artificial, Derechos y Ciudadanía” sobre la ciberseguridad y su necesaria reglamentación. De ahí se piden en préstamo algunas definiciones básicas para introducir en mejor forma el tema.
Se dice, que la Inteligencia Artificial (AI) “es el campo de las ciencias de la computación orientado al diseño de sistemas que simulan comportamiento humano, procesan información, aprenden de datos y ejecutan tareas complejas.” Y un Sistema de IA es el que se basa en máquinas que, “a partir de datos de entrada y temáticas algorítmicas, genera predicciones, contenidos, clasificaciones o decisiones.” Por ello, muchas actividades con apoyo en las herramientas que proporciona la IA han ganado espacio en el quehacer diario de los individuos.
Las recientes y alarmantes declaraciones de científicos y exinvestigadores de empresas líderes como Anthropic y OpenAI —quienes estiman un riesgo superior al 10% de que una superinteligencia artificial cause la extinción humana antes del año 2030— han encendido las alarmas de organismos internacionales. Se teme que sistemas con capacidades de mejora autónoma hackeen infraestructuras críticas, faciliten la creación de armas biológicas o dejen a la humanidad fuera del control de su propio destino. Sin embargo, para que el «Quinto Jinete» destruya el mañana, primero debe erosionar el presente. Mientras la ciencia ficción debate el fin del mundo, la Inteligencia Artificial ya está manifestando influencias negativas y silenciosas en nuestro día a día con acciones tales como: la desinformación manifiesta a través de las noticias falsas masivas con generación de imágenes, clonación de voz y videos que llevan a destruir la confianza pública. En el día a día, resulta casi imposible distinguir una noticia real de un montaje diseñado para manipular elecciones, arruinar reputaciones o cometer estafas financieras. El internet actual se está inundando de textos e imágenes generadas en masa por algoritmos, diluyendo la cultura, precarizando el trabajo de los creadores humanos y saturando los motores de búsqueda con información irrelevante. Otras de las actividades que cobran fuerza son las relacionadas con la que nuestros antepasados llamaron “la ley del menor esfuerzo”, al delegar, por ejemplo, la redacción de textos, el análisis de problemas cotidianos y la toma de decisiones en asistentes de IA, así, las personas están perdiendo la capacidad de investigar por sí mismas desconociendo que las IA cometen errores (alucinaciones) con una elocuencia tan persuasiva que los usuarios promedio absorben datos falsos como si fueran verdades científicas o históricas absolutas.
Tal vez uno de los temas que puede ser cercano se refiere a la precarización laboral; más allá del desempleo masivo, el impacto actual es la devaluación del trabajo humano. Profesionales creativos, programadores, redactores y cargos administrativos ven cómo sus salarios pueden bajar o sus puestos se reducen a «revisores» de lo que produce una máquina. Uno de los efectos más visibles de la IA es la recomposición del mercado laboral. Las tareas rutinarias y repetitivas —atención al cliente, gestión documental, contabilidad básica, traducción, análisis de datos elementales— son las más expuestas. Lo vivimos cuando tramitamos una atención médica y las citas las coordina un robot con procedimientos prefabricados o cuando hacemos pagos en línea en las plataformas especializadas. Sin embargo, el impacto neto sigue siendo incierto. Algunos informes proyectan que la IA desplazará muchos empleos para 2030, pero abrirá opciones para otros donde las tareas manuales predominan.
La incertidumbre es, en sí misma, una amenaza porque genera ansiedad laboral, presiona salarios y acelera la polarización entre quienes pueden adaptarse y quienes quedan relegados. Contrario a lo que podría pensarse, los oficios que no exigen titulación universitaria están entre los menos expuestos a la IA. Un estudio de la Oficina de Estadísticas de Estados Unidos (BLS) identifica que, entre 109 ocupaciones sin titulación formal, solo 14 presentan exposición alta o muy alta; 95 están en niveles bajos o moderados. Profesiones como ebanistas, tapiceros, cerrajeros, cocineros y artesanos tienen baja probabilidad de reemplazo porque depende de destreza física, interacción humana directa y mercado local. Lo confirma la opinión de un conocedor del tema: “la IA ejecuta con precisión tareas cognitivas rutinarias y estructuradas, pero aún tiene dificultades con la manipulación física compleja, la creatividad contextualizada y la interacción humana no estandarizada.”
En reportes recientes sobre el comportamiento de los jóvenes por influencia del uso de celulares en los colegios, se denuncia que es común que los estudiantes busquen refugio emocional, consejos o validación conversando con chatbots. Esto genera una falsa sensación de compañía que profundiza la epidemia de soledad y desaprende las dinámicas de las relaciones humanas reales.
El peligro del «Quinto Jinete» no es solo que un día decida borrarnos del mapa en 2030, sino que, para cuando llegue ese momento, ya nos habrá despojado de nuestra privacidad, nuestra capacidad de razonar, algunos empleos y nuestra conexión con los demás. La IA no necesita rebelarse con robots armados; le basta con seguir adormeciendo nuestra humanidad día tras día y los acuerdos sobre control de armas y riesgos atómicos se transformarán en gobernanza y autocontrol en el uso de la inteligencia artificial.