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Crónica urbana, del camino de herradura al asfalto: un pregón que sobrevive

Alirio fue arriero en su juventud y hoy recorre las calles con un carrito de dos ruedas, un silbido inconfundible y el pregón de sus postres. Entre recuerdos de fondas, mulas y caminos, “Radio Viejo” conserva en el asfalto el oficio y la memoria de otra época.

Ecos de la arriería en las ciudades de hoy

“…y en su sien como diadema
cala sombrero de caña
que es como el sol menos quema
siguiendo siempre el sistema
natural de la montaña.

Y machete en la cintura
y en él enredado un lazo
de arriero es su fornitura
pero es un genio no hay duda
por el mundo va de paso.”

El Poeta Arriero
Paulino Acebedo. Fragmento

Se acerca el mediodía y a lo lejos se escucha una voz que grita una consigna repetida e inentendible; poco a poco se vuelve comprensible y al verle, es un gentil hombre que ofrece un postre reconocido en la región. El pregón lo acompaña con un silbido para darle carácter festivo al momento y el responsable, Alirio, quien fue arriero de profesión en su juventud, se transformó en vendedor ambulante por las circunstancias, pero hace uso de recursos histriónicos para cautivar a los compradores, mientras la competencia lo hace con el ruido de un claxon.

Los recuerdos de su vida trashumante son deleite de sus clientes porque el anecdotario que comparte sin filtros convencionales, remonta a épocas quizás ignoradas por la mayoría. Añora los recorridos bajo el sol y la lluvia por caminos polvorientos o resbalosos; las paradas en las fondas del camino y el condumio a la llegada en los destinos intermedios. Al contar estas historias sus ojos adquieren un brillo especial. Nos impulsa a consultar los textos de la historia regional para verificar que sobre los lomos de miles de bestias y en los hombros curtidos de los arrieros se transportó no solo el café, la sal y la cabuya que fundaron pueblos en Antioquia La Grande y el Viejo Caldas, sino también una cosmogonía singular: la constancia para doblegar la cordillera, la palabra como contrato sagrado y el humor y la música como antídoto contra el cansancio. Así lo confirma el siguiente texto: “El Viejo Caldas fue modelado con repique de herraduras, nutrido con sudor de arriero, mecido entre las enjalmas y arrullado con los rezos e improperios de montañeros altivos.” (La Arriería en la Colonización Antioqueña. Henao, Hoyos, Macías. Página 73)

Cuando empieza la “modernización”, con la llegada del cemento y el asfalto en las vías, las recuas de mulas fueron perdiendo terreno, relegando el oficio a las memorias de los caminos veredales. Sin embargo, el espíritu del arriero no desapareció, simplemente mudó de piel y cambió la trocha por el pavimento de las ciudades modernas. Hoy Alirio ya no arrea animales sino un carro de dos llantas cargado con el postre para la venta en cada esquina. Su cabeza no exhibe el sombrero aguadeño de copa alta ni la cintura el zurriago de cuero trenzado; en su lugar, una cachucha con estampados comerciales le protege la frente del sol, y en vez del tradicional carriel de nutria o cuero, lleva al cinto un pequeño bolso de lona donde guarda con celo «la platica» fruto de su jornada. Sin embargo, la esencia del oficio que moldeó su juventud permanece intacta. Alirio es un arriero de alma que cambió la trocha por el asfalto. Su voz no pide paso a las mulas, sino la atención del peatón con un estilo bullanguero y palabra fácil en cada esquina, que transforma la venta ambulante en un espectáculo de juglaría paisa.

Al escucharlo pregonar entre el ruido del tráfico urbano, queda claro que la arriería no era solo un medio de transporte, sino una forma de habitar el mundo. Alirio no vende solo un dulce; distribuye en cada esquina el eco vivo de una estirpe que esculpió la historia a fuerza de alpargata, carriel y tesón.

Por el timbre de la voz y su locuacidad los colegas lo bautizaron como «Radio Viejo»- confiesa entre risas-; la razón salta a la vista tan pronto se le saluda: posee una elocuencia natural, una chispa sin pausa para echar el cuento, el chiste oportuno y comunicar las virtudes de su mercancía con una gracia que pocos conservan en la ciudad moderna. Luego suelta un silbido agudo, afinado por décadas de brisa cordillerana que corta de tajo el murmullo de los motores y el afán peatonal. Quien escucha distraído desde un segundo piso podría pensar que una recua de mulas se aproxima, pero al asomarse, a quien ve es a Alirio empujando su carrito metálico de dos llantas.

Alirio avanza a paso firme y cadencioso. Sin embargo, la esencia del oficio que moldeó su juventud permanece intacta. Es un arriero de alma que cambió la trocha por el asfalto. Para entender la estirpe de hombres como Alirio, conviene recordar la transformación histórica que atravesó la región. Como bien lo anotó el escritor Fernando Macías Vásquez: «…Cuando se inició la modernización de los medios de transporte, es decir, cuando las llantas de los primeros automotores comenzaron a borrar las huellas de las herraduras dejadas por las bucólicas recuas de mulas y las boyadas, que transportando todo tipo de mercancías hacían tránsito por estas escarpadas regiones, desafiando soles picantes o borrascas de pantano, al mando de arrieros alegres y dicharacheros.» (Arrieros, mulas y fondas. Entre el mito y la realidad. Hoyos Editores Página. 70) El oficio de la arriería cambió de ropaje, pero no desapareció por completo; migró a la urbe. La topografía empinada de nuestras ciudades sigue exigiendo pulmón y tenacidad, y «Radio Viejo» encarna esa transición con una dignidad absoluta. Ganarse la vida honradamente recorriendo kilómetros a pie no es para cualquiera: requiere la misma fibra con la que sus antecesores abrieron brecha entre las montañas del Antioquia grande y el Viejo Caldas.

Al caer la tarde, cuando el carrito va quedando vacío y el bolso de la platica suma el sustento del día, el silbido de Alirio vuelve a retumbar entre los edificios. No hay mula que arriar ni camino de herradura que descender, pero el grito de «Radio Viejo» sigue siendo el mismo canto de trabajo, nobleza y libertad que construyó a todo un pueblo.

Lentamente se aleja nuestro personaje y con él, el grito se diluye, como la tarde, en sus horas postreras.

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