Desconfianza, de crisis temporal a epidemia.
En columna publicada en el diario LA PATRIA, mi compañero de aula en la Universidad Intergeneracional y reconocido penalista, Aristides Betancur Ciufettelli, dice, en referencia al último libro del Dr. Humberto De la Calle, “usted habla de una democracia fatigada.” Y es difícil no reconocer ese cansancio en la mirada de tantas personas. Está en la madre que no sabe si su hijo regresará seguro a casa; en el campesino que sigue esperando una carretera, un hospital o una escuela digna; en el joven que estudia, se esfuerza y aun así no encuentra oportunidades; en el ciudadano que ve desfilar escándalos de corrupción mientras su vida cotidiana continúa llena de carencias.”
“¿No será que Colombia se ha fatigado porque, durante demasiado tiempo, la democracia ha sido una promesa más visible en los discursos que en los territorios?” … “¿cómo reconstruir la confianza sin negar el dolor de quienes sienten que las instituciones les fallaron?” (Preguntas a dos maestros en una Colombia fatigada. Sept. 20/26)
Surge la necesaria pregunta: ¿hablamos de una crisis pasajera o una epidemia? Es tal vez, el cansancio de la desconfianza porque este ya no es un asunto reservado solo a la política. Se ha instalado en la consulta médica, donde el diagnóstico del profesional debe ser «validado» por el Dr. Google. Se ha instalado en la relación con los gobernantes y los líderes políticos, y también entre vecinos, compañeros de trabajo y, lo más doloroso, entre amigos, donde toma la forma de un gesto oculto, de una reserva que no se confiesa.
La economía tampoco escapa. El índice de confianza del consumidor que mide el DANE para Colombia en 2025 se ubicó en 17 %, una cifra que habla de hogares que no creen en su propio futuro.
La desinformación gana terreno en las redes sociales, y su producto más visible es el movimiento antivacunas: personas que dejan de creer en la evidencia científica y en las instituciones de salud para confiar en cadenas anónimas. A ello se suma el discurso populista que reparte el mundo entre buenos y malos, y que necesita del recelo para sobrevivir. Donde hay enemigos por todas partes, la confianza sobra. Paradójicamente, en la era de la mayor interconexión cada vez más personas viven solas y, peor aún, aisladas. Su única compañía es un celular o un computador. Tocqueville ya lo advertía en el siglo XIX al describir el individualismo como «un sentimiento reflexivo y apacible que induce a cada ciudadano a aislarse de la masa de sus semejantes y a mantenerse aparte con su familia y sus amigos». Lo que el pensador francés describió como una tentación de las democracias parece hoy un rasgo de época, amplificado por la tecnología.
El descenso de la confianza institucional, personal y social es evidente, y sus consecuencias no son menores. Sin confianza, la democracia se debilita; y la desconfianza, además, alimenta el pesimismo, ese estado de ánimo que convierte cada problema en una fatalidad y cada vecino en un posible adversario.
Que sea epidemia o crisis dependerá de lo que hagamos. La confianza se reconstruye en lo pequeño y cotidiano: con los compañeros de trabajo, con los vecinos, con los líderes sociales y políticos, con la comunidad y los gobernantes. También con el profesor, con los diversos profesionales a quienes confiamos nuestra salud o nuestros asuntos, e incluso con el técnico del equipo de fútbol preferido, a quien exigimos resultados.
Reconocer el dolor, como pedía Betancur Ciufettelli, es el primer paso. El segundo es cumplir: que la palabra empeñada vuelva a valer y que las instituciones estén, por fin, donde la gente las necesita. La confianza no se decreta; se gana, gesto a gesto.
Antes de preguntarnos si los demás merecen nuestra confianza, cabe preguntarnos si nosotros somos personas en quienes se puede confiar. Y quizá la mejor vacuna contra esta epidemia sea la más sencilla: dar el primer paso.
La desconfianza suele presentarse como prudencia, pero cuando se generaliza deja de proteger y empieza a paralizar. Nadie construye una obra común con quien sospecha de todos. Tener miles de contactos no equivale a tener a quién llamar en una emergencia. La pantalla nos acerca a todos y, a veces, nos exime de comprometernos con alguien. ¿Cuántos de nuestros vecinos conocemos por su nombre? ¿confiamos menos, o confiamos con condiciones? Una sociedad que no cree en nadie es tan vulnerable como la que cree en cualquiera. Lo sano no es la credulidad ni el escepticismo absoluto, sino la confianza que se examina y se gana.
¿cuándo fue la última vez que confiamos en alguien sin exigirle pruebas? Quizá la desconfianza no nació de una gran traición, sino de mil pequeños incumplimientos acumulados: la cita que no se respetó, la promesa que se olvidó, el compromiso que se negoció y no se honró.
El tema de la desconfianza no es nuevo, pero tampoco fue una constante como parece serlo ahora; algunas obras literarias han hecho alusión a esa figura en sus contenidos, tal el caso, por ejemplo, de Jose K. en la obra “El Proceso” de Franz Kafka, que refleja de manera clara la desconfianza burocrática por la cadena de sucesos que le llevan a la decepción en la institucionalidad. Pero, si es sobre paranoia colectiva o desconfianza social generalizada el propio pueblo en “Crónica de una Muerte Anunciada” de García Márquez, donde todos saben algo, pero nadie actúa por desconfianza mutua. Todo el pueblo sabe que los hermanos Vicario van a matar a Santiago Nasar. Circula el rumor, se comenta; casi todos tienen la información pero nadie hace lo suficiente para evitarlo, porque cada quien asume que alguien más ya lo habrá advertido, o desconfía de que su aviso sirva de algo, o simplemente no quiere involucrarse. Es el retrato perfecto de lo que hoy llamaríamos «difusión de la responsabilidad» en un tejido social erosionado: la información circula, pero la confianza social —la certeza de que el otro actuará, de que las instituciones responderán, de que alertar tiene sentido— ha desaparecido.
Ya lo dijo alguien antes: “pasamos de la palabra empeñada al papel sellado.”