De la manigua, el hacha y el machete
Cómo se encuentran pues los paisanos, está cayendo agüita gracias a Dios, qué calores tan infernales, pero es bueno que el campo se remoje y se salve un poquito la cosecha; tengan juicio pues, que el agua está escasa y la tierrita no nos va a durar toda la vida. También es bueno mandar un abrazo a las familias que esta semana despidieron a un ser querido, paz en la tumba y fuerza para todos. Dirán ustedes que de dónde los conozco, pero es que la eternidad es disque “atemporal”, los fantasmas tenemos que estar bien informados, y en ese sentido, sí, no tengo la culpa de conocer a todo el que hace bien por esta noble tierra.
Póngale pues cuidado, patroncito, que hablábamos la semana anterior del tesoro que el campo fue para nuestros mayores, y todo lo que se hizo para construir el pueblo hermoso que a mí me dejaron y yo le dejé a los míos; y ahí retomamos el hilo para varias situaciones que les quiero poner en cuestión, y que le demos un poco de manivela a la tusta, así no nos atrofiamos más con tanto internet, celulares y redes para escribir bobadas y hacer montajes en disque inteligencia artificial, qué vagamundería la de estos tiempos; antes se respetaba al prójimo, ahora se respeta el propósito, así dañe al otro, jajajajaja; pero no se me desvíen pues, que nos volvemos igual de desocupados. Remoto; no siempre todo fue así, ahora uno ve fincas por todos lados, en medio de la montaña y de la nada, lucecitas de pesebre en las noches, y en el día coloridos ranchos en la mitad de las pendientes paradas del verde paisaje, unas cerca, otras lejos, unas grandes otras pequeñas; cultivos de café, caña, plátano y ahora disque aguacates; qué cosas, ¿no?
Pero han de saber, mis distinguidos montañeros, porque eso seguimos siendo, gracias a Dios, que estas cuestiones antes no eran así: cuando nuestros colonizadores arrancaron de por allá del sur de Antioquia la grande, es decir, Sonsón, Santafé de Antioquia y otros poblados, esto era pura manigua, o selva que llaman; no había sino monte y fieras salvajes. Acá no había caminos, ni trochas, mucho menos carreteras; solo cañadas, bajadas, subidas, despeñaderos y seres del más allá (lloronas, madremontes, muanes, duendes y brujas), y estos valientes hombres y mujeres, jóvenes y niños, tomaron el machete, el hacha y otras herramientas para sencillamente abrirse paso a través de la nada, de lo incierto, de una apuesta y un sueño de construir algo para ellos mismos, luego de haber fracasado en la labor de vivir en poblados de otros y en sueños de otros. Obviamente no todos eran cazadores de fortunas, sueños y desposeídos, pero sí muchos de aquellos que emprendieron la aventura tenían una mano adelante y otra atrás.
No fue fácil tan noble propósito; los bichos, las fieras del bosque, el clima, las enfermedades, el miedo en las noches, los ruidos inexplicables que solo el silencio deja escuchar, la familia y las dificultades de alimentación; tener que acostumbrarse a vivir de lo que la misma selva producía, de frutos quizá raros y exóticos; tener que construir cambuches en mitad de la inmensidad, el barro, y en fin, todas las dificultades que podría suponer una época donde la única luz era la del sol en el día y la de las velas o una antorcha en las noches.
Así nacieron eso que hoy llamamos caminos reales, trochas o senderos, que fueron poco a poco delineando la ruta colonizadora, y a lo largo de los mismos, encontrando los lugares propicios, primero para acampar y luego para poblar; algunos se fueron quedando, nacieron fondas, posadas y cantinas en los caminos, y otros más ambiciosos y muchísimo menos perezosos y conformistas, caminaron más, rompieron más monte y siguieron con la idea loca de poblar, de construir pueblos, iglesias, parques y calles empedradas. No era fácil tener ese valor, pero eso al parecer le sobró a nuestros mayores, que finalmente, luego de llegar a un sitio llamado Sabanalarga y luego a otro llamado Encimadas, fundaron nuestro amado Salamina.
Hoy, dos siglos y un poco más después, estamos llenos de caminos, de trochas, de fincas, de sembrados, potreros y parcelas; las pocas casas de otros tiempos ahora son muchas luces en la noche, hay luz, teléfono, internet y una cosa rara disque wifi, televisión satelital, motocicletas, carros, y en resumidas cuentas, muchas comodidades; el valor de una parcela o finca se tasa en la medida en que tenga carretera para llegar, que tenga servicios adicionales para hacer más confortable la vida, y por supuesto que tenga agua propia y por lo menos luz eléctrica; lo demás es considerado el cariño verdadero, “ni se compra ni se vende”, pues cómo van a pensar que todo un profesional, o un pensionado, o sencillamente una familia, va a comprar una tierra donde haya que caminar por horas para llegar, montarse al lomo de una mula o sencillamente pasar trabajos para poder llegar a descansar.
La inmediatez nos absorbe y nos domina, el tiempo es oro, el trabajo fundamental para vivir, y en tiempos de la virtualidad aún más cortos los segundos para desperdiciarlos; ya nadie se alcanza siquiera a imaginar cómo era la vida hace cien, ciento cincuenta o más aún hace doscientos años; las distancias se medían en tabacos, jajajaja, las encomiendas en semanas o meses, las noticias en lo que tardaba el mensajero en llegar a lomo de mula, buey o a pie a comunicarlas, y el chisme, creería yo, paisanos, no existía, porque ¿qué gracia tenía rajar del otro para que se enterara en semanas o meses? Cada quien se concentraba en lo suyo, cada cual en sus quehaceres, porque no había tiempo sino para producir y para jornalear; los días eran cortos, las noches eran largas, los caminos traían consigo el progreso y el desarrollo; ahora, qué pereza trepar por esa loma, qué cansancio bajar por esa trocha, qué calor, qué sofoco, qué locura.
Mucharejos, cada vez que paso un día más en este deambular de ánima sola por este mundo, me doy más cuenta de que todo tiempo pasado fue mejor; y con eso no quiero rajar de la modernidad, ni mucho menos, pero sí era lindo que el camino uniera pueblos, cuando ahora solo nos lleva a las nostalgias; cuando ahora lo vemos como el pesar de la gente de vivir por allá en mitad de la montaña, cuando en realidad es un contador de historias, un creador de paisajes, un pintor de amaneceres, atardeceres, lluvias y calores; un pasaje a la aventura, a la fruta fresca y el fogón encendido.
Qué lindo sería, pues, paisanos, grandes y chicos, ricos y pobres, que nos adentráramos más a la aventura de volver a caminar por las trochas; sin lugar a dudas nos encontraríamos realmente con la historia viva de nuestro Salamina, y nos haría mucho bien enterarnos de cómo nacieron todos esos senderos colmados de riqueza, pues la inmediatez de lo que hoy llamamos moderno nos está privando de algo que es más valioso, y que se llama eternidad.