Buenas, buenas, mis amigos y amigas, por acá mucho frío últimamente, pues al parecer la rogativa se pasó de dosis, y ahora, en mi deambular de fantasma, veo a los que pedían agua pidiendo solecito; qué cosas, ¿no? Jejejejeje.
Oigan pues, recordar la semana pasada a misia Esther me hizo recordar varias cosas importantes. Las mujeres de esta tierra salamineña siempre han sido paradas, luchadoras, guerreras y empoderadas, como dicen ahora los jóvenes; unas más que otras, otras más que unas, a su modo, e inclusive en silencio, porque no todas tuvieron, en pleno siglo XX, en un pueblo godo como este, el valor de sacar al marido de la casa por infiel y darse su lugar. Al final del tema, yo, a pesar de mi estilo de vida juguetón y parrandero, reconozco, después de muchas décadas, la verraquera de mi ex mujer; bendito sea Dios que solita, de ahí en adelante, luego de comerse las gallinas de la dieta de la querida, siguió criando a la prole, y todos le salieron verraquitos: algunos se quedaron, otros me acompañaron en la labor de la tierra, y otros se fueron a buscar fortuna lejos; pero todos criados por una mamá querendona, pero recia y con las —ahí mejor no digo— bien puestas, pues la verdad, si se agachaba se le veían.
Eso me pone a pensar en mi siguiente historia, pues aun hoy, en mi papel de fantasma, veo cómo las mujeres salamineñas se rebuscan para sacar adelante sus hogares y familias. Y es que, si nos regresamos a la colonización, aunque no me puedo devolver en el tiempo, uno puede intuir que esas mujeres que acompañaron a nuestros arrieros, hombro a hombro, ayudaron activamente a romper monte, a hacer de comer para cantidades de gente, a criar hijos, hacer oficio y administrar el hogar; pues no existe en nuestra cultura paisa nada más cierto que el papel de la mujer como centro, no solo del hogar, sino de la vida misma.
¿Qué creen ustedes que hubiera sido de ese puñado de hombres sin una esposa o compañera en la familia? No existiría nada de lo que hoy conocemos, y sea este, entonces, el espacio para hablar un poco de lo que, alrededor de eso, ha sucedido en todo este chorro de más de doscientos años de historia que han pasado por debajo de los puentes de La Unión, San Lorenzo, La India y otros.
Nuestros arrieros rompieron monte, fundaron pueblos y luego hicieron grande esta tierra a través de la ambición, entendida claramente como el deseo de crecer, de ser mejores, y de hacer fortuna para progresar y desarrollar una cultura propia; y el tiempo les da toda la razón, pues construyeron y nos dejaron un tesoro. Ya hablamos de la forma como consiguieron plata, ya hablamos de la manera como se ilustraron las siguientes generaciones y se volvieron profesionales en muchas áreas, ya también comentamos cómo los abolengos y la hidalguía nos llevaron a olvidar el origen; pero no hemos hablado del momento en el cual la chispa, la pasión y la verraquera se fueron desvaneciendo, llevándose al traste tanta riqueza.
Y es que, haciendo un análisis de fantasma —porque uno aquí también sigue pensando—, hoy les voy a proponer una idea, de esas que ahora llaman disque “hipótesis”, de lo que pudo haber pasado; aunque no deja de ser un cuento, o un chisme, pues en eso sí que somos expertos.
En el siglo pasado, cuando yo vivía, estábamos enseñados a trabajar duro: la tierra era el origen mismo de la riqueza, la prole la maquinaria que hacía brotar el dinero y la prosperidad de la profundidad del suelo; las mañanas y las tardes para estudiar los más chiquitos, y para los que ya habían estudiado, la misma jornada, pero para jornalear con el papá; y los que no vivían en el pueblo, pues todo el día en el campo y los fines de semana en el pueblito. Aún es así, bajan a mercar y a beber, pero en aquella época el plan era más familiar, pues la familia debía conocer un poco del desarrollo del poblado, chuparse un helado o un bolis, o sencillamente dar una vuelta por ahí.
Ya sabemos que algunos hijos se fueron en busca de estudiar, ya sabemos que muchos ricos arrieros quisieron ver mejor a sus familias y hacer mejores a sus hijos, ya sabemos también que nos aburguesamos y que nos olvidamos de la fuente del poder y la riqueza; y eso se demuestra viendo hoy en día cómo es nuestro pueblo, pues aún la tierra, doscientos años después, es la que produce no solo la comida, sino que sigue siendo el motor de la economía; no hay un solo tema en nuestro Salamina que no dependa del fruto del campo, pero cada vez menos quien lo explote y lo trabaje. Dejaron de ser las abundantes familias las que se fueron a trabajar la tierra, y pasó a manos de terceros, como sociedad, o por contrato, o de múltiples maneras laborales.
Y es que cuando lo propio pasa a manos de otros, la riqueza también se va a otras manos, o sencillamente la mina se pasma y no produce, o como dice el viejo dicho, “el que tenga tienda que la atienda”; y es así como aparece un primer problema: tras la búsqueda del sueño colombiano —pues aún lejos estaba la tierra de los gringos—, se secó la fuente, y el dinero comenzó a llegar de otras maneras, a irse a otros lugares a construir nuevas fortunas, y como consecuencia, el pueblito se volvió la puerta de atrás y el patio de la casa.
Igualmente, la forma de ver el mundo cambió, y apareció el poder y su práctica como una nueva manera; poco a poco, el alcalde cívico, el que pensaba en el paisano y sus carencias, el que quería volver el pueblo más bonito, se fue convirtiendo en el político: en el de las promesas, en el del sí a todo y a todos, en el que veía dominar al resto de los vecinos como una fuente de logros ya personales, y no de todos. Pasamos del arriero destacado que quiere ayudar a todos, al traficante de votos, puestos y conveniencias.
Me estoy poniendo trascendental, patroncitos, pero es que uno se va poniendo como rabioso con tantas cosas que pasaron; pero eso también lo considero yo, en mi ignorancia, pues no estudié más que la primaria: que cuando el líder de la comunidad deja de pensar en el conjunto y comienza a pensar en sí mismo, o en un grupo de convenientes amigos, ahí es precisamente donde aparece el problema. El apoyo del vecino deja de tener el convencimiento y el amor por un liderazgo, y más bien comienza a ver la ambición en su admirado; la fórmula del jarabe cambia de proporciones y elementos esenciales, y la cosa comienza a tornarse en pagar un precio.
Ese es el nudo de este asunto, mis vecinos y amigos: los arrieros se transforman en dotores, los dotores ya no se conforman con la profesión, sino que quieren dominar a los demás, y se vuelven, o le revuelven, a la política; y al final esta se transforma en un tráfico de conveniencias y favores que ahora ustedes llaman disque “politiquería”, que no consiste en nada más que comprar la conciencia de la gente, cuando ya se pierde la capacidad de convencer con las ideas y con el deseo de servir a todos.
Y creo que es aquí, en este punto, donde se descuajaringó todo, se volvió esto un sancocho sin sal, y comenzamos a asistir a una fiesta donde el trabajo dejó de ser lo importante, y más bien el obtener favores se volvió lo más importante; dejamos de pensar en que éramos los dueños de nuestro propio futuro, y nos vimos en otros como los proveedores de este, sin saber que nos estaban robando la verdadera riqueza y fortuna, que estaba, nada más ni nada menos, en nuestros mayores: la arriería, la tierra produciendo, y la cultura y la historia pululando grandeza.
Después hablamos del resto del cuento. Ahí les quedo, muchachos.