La primera vez que alguien intentó explicar a Silvia, fracasó. La segunda vez también. Y la tercera. No era que Silvia fuera difícil de entender, era que el lenguaje de los explicadores nunca tuvo palabras suficientes para contener a una mujer que vivía más grande que cualquier descripción. Salamina entera lo sabía, aunque no lo dijera así. Lo decía de otra manera, como dicen las cosas los pueblos que han aprendido a hablar entre líneas: la nombraban con una sonrisa torcida, con un gesto de la mano que podía significar muchas cosas al mismo tiempo, con ese tono que mezcla el cariño y el escalofrío sin decidirse por ninguno de los dos.
Silvia vivía en Calle Plana, la primera calle de Salamina, la que quedaba más abajo de Toriles y que tenía ese aire de mundo aparte que tienen ciertos lugares donde la vida ocurre sin pedir permiso. Toriles era el barrio elegante, el que había sido famoso en toda Colombia por el confort y la distinción que ofrecía, ese tipo de fama que los pueblos guardan con orgullo y con pudor al mismo tiempo. Calle Plana era otra cosa: más ruda, más directa, con sus cantinas de condiciones regulares y sus puertas abiertas a cualquier hora, con ese olor mezclado de aguardiente y tierra mojada que se pegaba a la ropa y que los que crecieron ahí recuerdan con una nostalgia que no saben bien si es tristeza o gratitud. En ese territorio nació y creció Silvia, y ese territorio la marcó de una manera que ningún otro lugar del mundo habría podido marcarla.
Era alta. Ese era el primer detalle que uno notaba, porque Silvia no tenía el tipo de altura que pasa desapercibida. La suya era una altura con intención, una altura que llegaba antes que ella y se quedaba después de que se iba. Caminaba con un movimiento de caderas que algunos llamaban coquetería y otros llamaban declaración de principios, y que en el fondo era las dos cosas. Los tacones eran altos, siempre, invariablemente, como si el mundo a ras del suelo no fuera un lugar donde Silvia tuviera negocios pendientes. Y el maquillaje. Dios mío, el maquillaje. El colorete rojo era su firma, su bandera, su armadura y su carta de presentación. Se lo ponía con una generosidad que algunos calificaban de exceso y que ella habría calificado, si alguien se lo hubiera preguntado con respeto, de convicción. Silvia no se maquillaba para verse bien. Silvia se maquillaba para estar completa.
El pueblo la amaba de esa manera complicada con que los pueblos aman a quienes no pueden ignorar. Era imposible ignorar a Silvia. No porque lo buscara, o al menos no solo por eso, sino porque Silvia tenía la rara cualidad de los seres que están completamente presentes en donde están. Cuando ella estaba en una calle, esa calle era diferente. Cuando pasaba por el parque, el parque cobraba un pulso distinto. Los niños la miraban con esa mezcla de fascinación y miedo que les produce todo lo que es grande e impredecible. Los viejos la saludaban desde lejos con un movimiento discreto de cabeza que era, a su manera, una forma de respeto. Y los jóvenes, los muchachos de la pila, los que se paraban en las esquinas a inventar el tiempo, la esperaban sin saber que la esperaban, porque la aparición de Silvia era siempre el mejor espectáculo disponible y en Salamina uno aprendía a reconocer cuándo valía la pena estar quieto y cuándo valía la pena correr.
Había una palabra prohibida. Una sola, aunque bastaba con una. Que alguien le gritara Pacora y el mundo tal como se conocía dejaba de existir por un rato. No era que Silvia se enojara, era que Silvia se transformaba. La cara cambiaba de una manera que los que la vieron nunca pudieron describir del todo bien, porque no era exactamente rabia, o no era solo rabia: era algo más antiguo y más hondo, algo que venía de un lugar en ella que normalmente estaba guardado bajo capas de coquetería y risas y colorete rojo. Los ojos se le achicaban. La mandíbula se apretaba. Y entonces miraba alrededor con una calma que era mucho más aterradora que cualquier grito, buscando con la vista lo que hubiera disponible, y lo que hubiera disponible volaba.
Piedra que encontraba, piedra que volaba. Zapato que se soltaba, zapato que volaba. Fruta de mango, fruta de mango que volaba. La velocidad y la precisión con que Silvia encontraba proyectiles en cualquier entorno era una habilidad que habría sido admirable en otras circunstancias. Más de uno salió corriendo sin terminar de entender qué había pasado, con el corazón en la boca y algún morado en el hombro, maldiciendo al que había tenido la idea y jurando que nunca más, que esta era la última vez, que uno no aprende. Y sin embargo siempre había otro. Siempre había algún muchacho nuevo, algún visitante que no sabía, algún cansón que sí sabía pero que confiaba demasiado en sus piernas. Salamina era, en ese sentido, un pueblo de memoria corta cuando se trataba de Silvia.
Hubo una tarde, una de esas tardes largas de pueblo en que el calor afloja los huesos y la gente se aglomera alrededor de la pila del parque como si el agua fresca fuera también un espectáculo, en que estaban reunidos seis o siete muchachos con ese aire de quien no tiene nada urgente que hacer pero tampoco está dispuesto a perderse nada. La conversación iba y venía, el agua salpicaba, alguien contaba algo que nadie estaba escuchando del todo. Y entonces apareció Silvia por una calle del centro, todavía a distancia, con su andar inconfundible y su colorete encendido y sus tacones repiqueteando sobre el empedrado como un anuncio.
Uno de los muchachos, al que la historia no hace ningún favor, decidió que era un buen momento para gritar. La palabra prohibida cruzó el aire del parque como una piedra mal tirada, llegó hasta Silvia, y Silvia frenó.
Frenó en seco, como frena la gente que ha aprendido a no apresurarse en los momentos importantes. Se dio vuelta despacio. Y empezó a caminar hacia el grupo con esa calma que era peor que la rabia, los ojos fijos, escogiendo mentalmente el orden de las víctimas. Los muchachos se quedaron quietos con esa quietud del que no sabe si moverse lo salva o lo condena. Uno de los más pequeños, que tendría unos ocho o nueve años y que había llegado ahí más por curiosidad que por valentía, sintió que las piernas se le volvían agua y que el corazón le golpeaba en un lugar del pecho donde antes no sabía que tenía corazón.
Pero entonces el Rolo habló.
El Rolo era de esos muchachos que el pueblo produce de vez en cuando: pillo, pispón, con esa labia natural que algunos confunden con inteligencia y que en realidad es algo más parecido a la intuición, la capacidad de leer el momento y saber exactamente qué palabra colocar en qué ranura. Antes de que Silvia llegara al radio de acción, el Rolo abrió la boca y le dijo algo. No importa exactamente qué dijo, porque lo que importa no fueron las palabras sino el tono, ese tono suave y admirado que los hombres usan cuando quieren que una mujer sepa que la están mirando con respeto y con hambre al mismo tiempo.
Silvia se detuvo.
No fue inmediato. Hubo un segundo, quizás dos, en que el cuerpo de Silvia tuvo que resolver una contradicción interna, tuvo que negociar entre el impulso que ya venía con fuerza y la nueva información que acababa de recibir. Y entonces, como quien apaga una llama con la palma de la mano, la tormenta pasó. La cara se abrió. Una sonrisa apareció, primero pequeña, después más amplia, con esa luz particular de Silvia cuando se sentía vista de la manera correcta. Se acomodó el pelo con un gesto que era puro teatro y que ella ejecutaba con la convicción de quien no sabe que está haciendo teatro. Se paró diferente. Y empezó a hablar.
El muchacho pequeño, que seguía con el corazón desbocado, la miró entonces con otros ojos. Porque Silvia sonriendo era otra cosa. No era que desapareciera la fuerza que asustaba, era que esa misma fuerza cambiaba de dirección y se volvía algo completamente distinto. Cálida. Coqueta. Casi maternal, de una manera rara y difícil de describir. Y tan pintada, con ese colorete rojo tan encendido y los ojos tan marcados, que el niño pensó en ese momento, sin saber muy bien por qué, en los payasos del circo que había pasado por Salamina el año anterior. No como insulto, sino como asombro. Como reconocimiento de algo que era tan propio, tan completamente Silvia, que resultaba imposible imaginarlo en otro cuerpo.
Esa era la magia de Silvia. Que podía ser las dos cosas al mismo tiempo, o en rápida sucesión, sin que ninguna de las dos pareciera falsa. La furia era real. La ternura era real. El coqueteo era real y la amenaza era real y la sonrisa era real y el tacón volador era real. No había en ella ninguna actuación, ninguna distancia entre lo que sentía y lo que expresaba, y eso, que en otras personas podría llamarse falta de control, en Silvia tenía la calidad de algo completamente auténtico. En un mundo donde todo el mundo aprendía desde pequeño a guardarse la mitad de lo que era, Silvia se negaba a guardar nada.
Vivía enamorada. Eso también era parte de ella, quizás la parte más constante. El corazón de Silvia no era de los que descansaban. Siempre había alguien, siempre había un nombre que pronunciar con más suavidad que los otros, siempre había un hombre al que esperar o al que buscar o del que estar celosa con esa intensidad que ella ponía en todo. Muchos en Salamina coincidían en que el amor más largo y más serio fue el de Mario Alonso Botero, ese amor de los que no necesariamente se resuelven en pareja pero que tampoco se van nunca del todo, que se quedan viviendo en algún rincón del cuerpo como una música de fondo. Pero Silvia no era mujer de un solo amor ni de un solo enamoramiento. Su corazón era generoso en ese sentido: tenía capacidad para varios, para muchos, para el que llegara con las palabras adecuadas y la mirada correcta.
Los pretendientes, o los que pretendían pretenderla, eran un capítulo aparte. Salamina los llamaba sus edecanes, con esa ironía cariñosa del pueblo que nombra las cosas con una palabra que deja todo dicho. César Duque, Carlos Bedoya, Hildebrando, Álvaro Aguirre, Víctor Hugo. Nombres que el tiempo fue guardando junto al de ella, como si pertenecieran al mismo relato. Algunos llegaban con genuina atracción. Otros llegaban por curiosidad, por el desafío implícito de acercarse a Silvia sin salir corriendo. Y otros llegaban porque en el fondo, aunque no lo admitieran, Silvia les daba algo que las mujeres más ordenadas y predecibles no podían darles: la sensación de estar completamente vivos.
Porque eso hacía Silvia. Lo hacía sin proponérselo, sin estrategia, con la naturalidad de quien es exactamente lo que es. Te hacía sentir que estabas en el centro de algo real. Una conversación con Silvia no era una conversación cualquiera. Un piropo que ella recibía bien se convertía en un evento social. Una pelea con Silvia era una historia que se contaba después por años. Todo lo que la tocaba se intensificaba, se volvía más nítido, más presente.
Había en ella, también, una bondad que sus rabias y sus escándalos no lograban ocultar del todo, aunque a veces lo intentaran. Esa bondad aparecía en los gestos pequeños, en los que nadie prestaba atención mientras ocurrían pero que después, con el tiempo, quedaban grabados con más claridad que los tacones voladores. Llegaba a las casas de sus amigos con huevos fritos, chorizos y arepas, así nomás, sin que nadie se los pidiera, como quien comparte lo que tiene porque compartir es la cosa más natural del mundo. Prestaba plata, y la cobraba puntual, y eso decía algo sobre ella que muy poca gente se tomaba el trabajo de leer: que Silvia entendía perfectamente los términos de los acuerdos, que su desorden era de formas y no de fondo, que detrás del colorete rojo y los zapatos voladores había una mujer que sabía perfectamente lo que era suyo y lo que era ajeno.
La vez del mango fue otra historia que Salamina guardó con cariño. Una mujer con vestido blanco, hablando con Jaime Alonso en alguna esquina o en algún andén del centro, sin saber que Silvia los estaba mirando desde lejos con esa mirada que era como un termómetro del universo emocional. El mango encontró el vestido blanco antes de que nadie pudiera anticiparlo, con una precisión que tenía algo de poético. Silvia no era una mujer que esperara. Silvia era una mujer que actuaba. Y el mango, en ese momento, era la respuesta más honesta que tenía disponible.
Años después, la mujer del vestido manchado lo contaría con una carcajada. Así es como Salamina digería a Silvia: primero el susto, después la historia, después la risa, después el cariño. Era el proceso natural. Nadie guardaba rencor a Silvia durante mucho tiempo porque el rencor requiere distancia y Silvia no era una mujer que permitiera distancia. Volvía. Siempre volvía con una sonrisa y un chorizo y ese pelo acomodado con los dedos que era su manera de decir que todo estaba bien, que el mundo seguía en su sitio, que ella seguía siendo ella.
Salamina la veía pasar y Salamina se reconocía en ella de una manera que no sabía explicar. No en el maquillaje ni en los tacones ni en los enamorados. En otra cosa. En esa negativa a ser menos de lo que era. En esa incapacidad para fingir calma cuando no había calma, para sonreír cuando no había ganas, para bajar la voz cuando la voz quería ser alta. En los pueblos, donde todo el mundo se conoce y todo el mundo se juzga y hay mil maneras sutiles de pedirle a la gente que sea menos, que ocupe menos espacio, que haga menos ruido, que sienta menos, Silvia era un recordatorio permanente de que existía otra opción.
Calle Plana la vio crecer y la vio envejecer, y guardó su historia entre los adoquines con la misma fidelidad con que guarda todo lo que importa. Los niños que le tuvieron miedo se volvieron adultos que la recordaban con ternura. Los muchachos que corrieron del tacón se convirtieron en viejos que contaban la historia como quien cuenta una proeza propia, atribuyéndose retrospectivamente más valor del que tuvieron. Los edecanes siguieron sus vidas y siguieron sus caminos y en algún rincón de la memoria guardaron el nombre de Silvia como se guardan los nombres de las personas que te enseñaron algo sin proponérselo.
Y el pueblo, que no siempre sabe nombrar lo que tiene hasta que lo pierde, aprendió con Silvia una cosa que los libros no enseñan: que la locura y la lucidez no siempre están donde uno espera encontrarlas. Que hay personas que el mundo llama locas porque no caben en el molde, y que esas personas a veces son las más cuerdas de todas, las que viven más cerca de algo verdadero que el resto ha aprendido a evitar por comodidad.
Silvia vivió enamorada. De Mario Alonso primero, y de la vida siempre. De Salamina, de sus calles empedradas y sus cantinas y su parque y su pila y sus esquinas. Del colorete rojo y los tacones y el pelo acomodado con los dedos. De los piropos que le decían bien y de la rabia que sentía cuando alguien la nombraba mal. De los huevos fritos que repartía y la plata que prestaba y cobraba. De todo lo que era, sin excepción, sin pedir disculpas, sin guardar nada.
Y Salamina, a su manera, la amó de vuelta.
La amó con el único amor que los pueblos saben dar: el de no olvidar. El de seguir contando. El de guardar en la memoria colectiva, entre tantas historias serias y tantos nombres importantes, el nombre de una mujer de Calle Plana con colorete rojo y tacones altos que nunca aprendió a ocupar menos espacio del que necesitaba.
Que descanse en paz, o que siga bailando, según le parezca. Que el pueblo que la guardó en vida la guarde también así, entera, tal como fue.
Con los tacones puestos.
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