Hay documentos con la mala costumbre de aparecer justo cuando a algunos les gustaría que nadie los recordara. Y a Majencio le cayó uno de esos. No lo encontró debajo de una piedra ni se lo sopló un enemigo del alcalde: está fechado, tiene periódico, tiene edición, tiene nombres y, sobre todo, tiene treinta años encima.
El 9 de junio de 1996, Papel Salmón, suplemento del diario LA PATRIA, publicó en su edición número 190 un recuento de los proyectos que se adelantaban por entonces alrededor de Salamina. Entre ellos había uno que decía: «Otro proyecto que se adelanta en la actualidad es el de conseguir la ‘hermandad’ entre las dos ciudades homónimas». ¿Les suena? A Majencio sí, porque ahora, tres décadas después, la Alcaldía presenta la firma del hermanamiento con Salamina de Grecia como uno de los resultados del viaje que hizo el alcalde Manuel Fermín Giraldo Gutiérrez al país europeo. Y vea usted lo caprichosa que es la historia: lo que hoy llega envuelto en fotografías, actos oficiales y discursos ya venía caminando en 1996.
Que nadie se alborote, que no es pecado continuar lo que otros empezaron. Al contrario, los pueblos deberían tener memoria institucional y recoger los proyectos útiles que vienen de administraciones anteriores, de ciudadanos, de dirigentes culturales o de gente que hace años abrió una puerta. Lo que no conviene es perder la memoria, porque entonces cualquier cosa vieja puede aparecer disfrazada de novedad.
El documento tiene más tela. Según Papel Salmón, ya en aquella época se había establecido contacto con el arquitecto Cristhos Katsibinis, del Ministerio de Cultura de Grecia, en Atenas, y con el alcalde de Salamina, Grecia, y la respuesta había sido inmediata. Tampoco se trataba solo de estrechar manos y posar para la foto, porque había propuestas concretas: desde Grecia ofrecían grupos de teatro clásico, griego y contemporáneo, conjuntos musicales y otras posibilidades de intercambio, y desde Salamina, Caldas, se había enviado un dossier con fotografías e información del municipio.
Majencio volvió a mirar la fecha por si estaba leyendo mal. No: mil novecientos noventa y seis. Tiempo de sobra para que un niño de entonces sea hoy padre de familia, para que hayan pasado varios alcaldes por el Palacio Municipal y para que muchos de los que participaron en aquellos primeros contactos ya no estén entre nosotros. Y al fin se firmó. Muy bien. Majencio no va a pelear con la firma.
La pregunta es otra: ¿y ahora qué? Una hermandad entre dos municipios no se mide por el tamaño de la ceremonia ni por las fotos que deje el viaje, sino por lo que ocurra después. ¿Qué proyectos concretos quedaron acordados? ¿Vendrán grupos artísticos griegos, viajarán artistas, estudiantes o gestores culturales salamineños? ¿Habrá programas académicos, convenios con universidades, cooperación en patrimonio y conservación arquitectónica, turismo, promoción internacional? ¿Hay algún proyecto financiado, con fechas, responsables y presupuesto? Majencio pregunta porque preguntar no cuesta pasaje de avión, y porque si hubo un viaje oficial por esta iniciativa, la ciudadanía tiene derecho a saber qué resultado concreto dejó. No mañana ni dentro de otros treinta años: ahora.
La historia de 1996 deja, además, una enseñanza curiosa. Aquellos contactos se hicieron cuando comunicarse era una odisea: no había WhatsApp ni reuniones por Zoom, y el correo electrónico apenas asomaba en Colombia y a la mayoría le sonaba a cosa de científicos. Para mandar fotografías había que preparar sobres, correspondencia internacional y esperar. Y sin embargo hubo contacto, hubo respuesta, hubo propuestas y hubo un dossier enviado desde Salamina. Hoy tenemos videollamadas instantáneas, documentos digitales, traducción automática, vuelos internacionales y páginas web, así que convertir aquella vieja intención en proyectos debería ser mucho más fácil. ¿O no?
Esa es la pulga. En la administración pública se confunde con frecuencia el acto con el resultado: se firma un convenio y parece que ya se ejecutó, se anuncia una obra y parece que ya se construyó, se hace una reunión y parece que el problema ya se resolvió. Como sabe cualquier arquero, el saque de meta no es el gol, y la fotografía es apenas la fotografía en Facebook o Instagram. El convenio empieza después de la firma, y el hermanamiento entre las dos Salaminas solo podrá juzgarse cuando conozcamos sus resultados.
Por eso convendría que la Alcaldía explicara con claridad qué compromisos quedaron establecidos, y no con esas frases de «fortalecer lazos», «estrechar vínculos» y «promover intercambios», que caben igual en un convenio con Grecia, con España o con la esquina de la plaza. Hablemos de cosas concretas: qué, cuándo, cómo, quién paga, quién ejecuta, quién hace seguimiento y qué gana Salamina. Eso sí lo entiende cualquier ciudadano.
También sería justo reconocer públicamente a quienes iniciaron este proceso hace treinta años, porque la historia no comenzó con el último viaje. Alguien escribió las cartas, alguien buscó los contactos, alguien preparó las fotografías y armó el dossier, y alguien soñó primero con que dos pueblos llamados Salamina, separados por miles de kilómetros y un océano, pudieran encontrarse. Esas personas también son parte de la historia, y sería mezquino borrarlas.
Majencio, que tiene la mala costumbre de guardar papeles viejos, cree que los archivos sirven justamente para eso: para bajarle un poquito el volumen a la vanidad de los presentes. Nos recuerdan que casi nunca arrancamos de cero y que caminamos sobre huellas que dejaron otros.
Así que bienvenida la firma, bienvenido el hermanamiento y bienvenida toda relación internacional que le abra puertas a Salamina. Pero ahora queremos ver esas puertas abiertas. Para firmar el documento hicieron falta treinta años, y esperemos que para conocer sus beneficios no haya que esperar otros treinta. Majencio ya estaría demasiado viejo para venir a contarlo.
Y entonces, amigos, ahí sí queda puesta la Pulga en la Oreja.