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Los expedientes no contestan el teléfono, pero tampoco olvidan jamás

A propósito de una llamada entre Gustavo Petro y Donald Trump sobre la permanencia del mandatario colombiano en la llamada Lista Clinton, esta columna reflexiona sobre la diferencia entre las culturas políticas latinoamericana y anglosajona. Más que un debate sobre personas, plantea una mirada crítica al poder, la burocracia, la memoria institucional y la persistencia de los expedientes frente a las influencias.

Petro y el gringo

Petro contó que, durante una llamada telefónica desde Italia, le dijo a Donald Trump que él y su familia seguían incluidos en la Lista Clinton. Según el presidente colombiano, Trump respondió que no lo sabía.
Confieso que esa respuesta me cuesta creerla.
No porque sea Trump.
Porque me cuesta imaginar que el presidente de los Estados Unidos ignore que su propia administración mantiene en una lista de sanciones al presidente de Colombia y a su familia.
Sería una ignorancia bastante sofisticada.
Pero supongamos, por cortesía, que Trump decía la verdad.
En ese caso tendríamos un problema bastante más serio que una mentira.
Y fue entonces cuando recordé una de las expresiones más extraordinarias del español colombiano.
Hacerse el gringo.
Siempre me ha parecido una injusticia con los gringos.
La frase no describe una nacionalidad.
Describe una costumbre nacional.
Aquí, cuando alguien dice «no sabía», casi nunca examinamos los hechos.
Examinamos la intención.
Y casi siempre llegamos al mismo diagnóstico.
Se está haciendo el gringo.
Es un reflejo.
Hemos vivido tanto tiempo rodeados de instituciones con mala memoria que terminamos creyendo que todas las instituciones del mundo padecen la misma enfermedad.
Si yo fuera usted, presidente Petro, tendría un pequeño dilema.
No sabría si creerle a Trump.
O creerle a una tradición administrativa que lleva siglos desconfiando incluso de hombres como Trump.
Porque ésa es la diferencia que más me intriga entre nuestras dos culturas.
Nosotros seguimos creyendo que el poder habla.
Ellos sospechan que el poder archiva.
Los latinoamericanos conservamos una superstición encantadora.
Creemos que siempre existe una llamada capaz de resolver un expediente.
Después descubrimos, con cierto desconcierto, que existen países donde ocurre exactamente lo contrario.
Allí los expedientes sobreviven a las llamadas.
Si no me cree, pregúnteles a los narcotraficantes.
A los lavadores de dinero.
A los estafadores internacionales.
A los banqueros demasiado imaginativos.
A los ministros demasiado optimistas.
Y hasta a uno que otro expresidente.
Todos conocían a alguien.
Todos consiguieron una cita.
Todos salieron convencidos de que el problema había quedado resuelto.
El expediente nunca asistió a la reunión.
Y, sin embargo, fue el único que conservó la memoria.
Tal vez ahí resida el verdadero malentendido.
Nosotros admiramos al vivo.
Ellos terminaron admirando al archivero.
Nosotros creemos que la astucia derrota al tiempo.
Ellos descubrieron que el tiempo suele trabajar para los archivos.
Por eso, presidente Petro, yo no tomaría una decisión mirando a Trump.
Miraría detrás de Trump.
Hacia esa vieja costumbre anglosajona de escribirlo todo, archivarlo todo y desconfiar incluso de sus propios poderosos.
No porque crea que las burocracias sean virtuosas.
Dios nos libre.
Las burocracias tienen defectos mucho más creativos.
Pero poseen una virtud profundamente irritante para el pícaro.
No olvidan.
Los expedientes carecen de imaginación.
Ésa suele ser una ventaja.
Las civilizaciones no derrotan al pícaro porque sean más inteligentes.
Lo derrotan porque tienen mejor memoria.
La picardía necesita velocidad.
La memoria sólo necesita paciencia.
Y, presidente Petro, hay un último detalle que quizá convenga recordar.
Los expedientes nunca contestan el teléfono.

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