Hablar de desempleo es reincidir en un tema del diario vivir y que se explica en medios, tanto especializados como de información general en nuestro país. Un reciente debate sobre el índice mensual reportado surgió con base en un documento de la Universidad de Antioquia que cuestiona las cifras comparadas del DANE hasta febrero de 2026. El estudio evidenció discrepancias con los reportes de empleo formal publicados, mientras la entidad estadística reporta una caída del desempleo y crecimiento del trabajo formal, la investigación señala una pérdida de puestos formales y desaceleración en seguridad social. El análisis, titulado «¿Tenemos más o menos formalidad laboral?», fue realizado por un grupo de investigación de Macroeconomía de la U de A. Sus hallazgos principales contrastaron los datos del DANE frente a los registros administrativos de la PILA (Planilla Integrada de Liquidación de Aportes) y la UGPP (Unidad de Gestión Pensional y Parafiscales) y descubrieron que, en lugar de crecer, el empleo formal y las afiliaciones a la seguridad social han registrado una desaceleración sostenida, con una caída anualizada superior al 1%. El DANE ha respondido al estudio argumentando que los registros de la PILA y sus encuestas de hogares miden variables distintas y no son directamente comparables. El origen del desfase: El DANE mide el mercado mediante encuestas de hogares (donde las personas declaran si trabajan), mientras que la PILA cuenta el dinero real aportado por empresas y empleados.
En nuestro país, el desempleo ha dejado de ser solo una cifra mensual para convertirse en un espejo de las tensiones más profundas; la fragilidad del empleo formal, las desigualdades de género y las pocas oportunidades para los jóvenes. Las estadísticas recientes muestran una mejoría frente a los años más duros de la pandemia, pero también confirman que el mercado laboral sigue lejos de resolver sus problemas estructurales. La tasa de desocupación nacional se ubicó en 8,8% en abril de 2026 y 8,00% en mayo, un resultado que en términos técnicos refleja cierta estabilidad y, al mismo tiempo, una recuperación frente al golpe que sufrió el empleo en 2020. Sin embargo, detrás del dato agregado persisten diferencias que cambian por completo la lectura del mercado laboral: las mujeres siguen enfrentando una mayor desocupación que los hombres y los jóvenes continúan siendo el grupo más vulnerable al momento de buscar trabajo.
Las cifras más recientes, además, sugieren que el país podría moverse en los próximos meses alrededor de tasas cercanas a un dígito alto, aunque todavía con riesgo de repuntes estacionales y con una informalidad que sigue absorbiendo buena parte de la fuerza laboral. En esa paradoja se resume la situación colombiana: baja el desempleo, pero no necesariamente mejora la calidad del trabajo; crece la ocupación, pero no siempre la estabilidad; se celebran las cifras, pero las brechas siguen ahí.
Si se mira la última década, el recorrido del desempleo colombiano ha sido irregular. Antes de la pandemia, el país ya convivía con tasas altas en comparación con estándares internacionales. Luego llegó el quiebre sanitario, que expulsó a millones de personas del mercado laboral y elevó el desempleo a niveles inéditos. Desde entonces, la economía ha ido reabsorbiendo trabajadores, pero el rebote no ha sido suficiente para borrar las brechas históricas. El descenso existe, pero ocurre sobre una base todavía precaria. En esa trayectoria, el comportamiento del desempleo femenino merece una atención particular. Las cifras oficiales han mostrado de manera reiterada que las mujeres cargan con una desventaja persistente. No solo enfrentan mayores tasas de desocupación, sino que además están más expuestas a la informalidad, al trabajo de cuidado no remunerado y a trayectorias laborales interrumpidas. En otras palabras, el mercado laboral colombiano no castiga a todos por igual: castiga más a las mujeres. Esa desigualdad se expresa con claridad cuando se comparan los resultados más recientes. La brecha de desempleo por sexo continúa abierta y, aunque el país celebra la reducción del indicador general, para muchas mujeres la recuperación sigue siendo incompleta. La mejora estadística no siempre se traduce en reales condiciones de acceso al empleo, especialmente en los hogares donde las tareas domésticas, el cuidado de hijos o personas mayores y las barreras educativas reducen las posibilidades de inserción.
La situación de los jóvenes es aún más delicada. En un país donde conseguir el primer empleo puede tardar meses o incluso años, la desocupación juvenil sigue siendo uno de los termómetros más sensibles de la economía. Los datos más recientes ubican el desempleo juvenil por encima del promedio nacional, lo que significa que entrar al mercado laboral sigue siendo una odisea para quienes terminan estudios, buscan experiencia o intentan escapar del empleo informal.
A esta dificultad se suma una transformación demográfica importante: la tasa de crecimiento de la población está cambiando y el país avanza hacia un ritmo más lento de aumento poblacional. En teoría, esto podría aliviar la presión sobre el mercado laboral en el mediano plazo. Pero en la práctica el efecto no será automático. Menos crecimiento demográfico no significa más empleo de calidad, ni garantiza que los jóvenes encuentren espacios laborales acordes con su formación. Si la economía no acelera la creación de puestos formales, el problema no será la cantidad de personas que llegan al mercado, sino la calidad de las oportunidades que encuentran.
Por eso, la proyección para los jóvenes no es necesariamente alentadora. La reducción del ritmo de crecimiento poblacional puede ayudar a moderar la competencia por nuevos puestos de trabajo, pero no corrige por sí sola las debilidades del sistema productivo. El desafío seguirá siendo conectar educación con empleo, experiencia con acceso, y crecimiento económico con formalización. Sin ese puente, la juventud seguirá entrando a un mercado que exige mucho y ofrece poco.
Colombia parece avanzar, pero lo hace con una economía que todavía no logra convertir su recuperación en inclusión. Y mientras eso no ocurra, el desempleo seguirá siendo mucho más que un porcentaje: seguirá siendo una forma de desigualdad.
La Región
Al intentar describir los datos de desempleo en el departamento de Caldas y específicamente en Salamina, encontramos que el DANE hace la medición sólo en las ciudades capitales y sus áreas metropolitanas de la cual no hace parte nuestro municipio. “La tasa de desempleo más reciente en Manizales y su área metropolitana se ubicó en el 8,3% para el trimestre móvil comprendido entre marzo y mayo de 2026”, según el reporte oficial. Este dato refleja una tendencia positiva de recuperación económica en la región. La información procesada por la Cámara de Comercio de Manizales para Caldas, a partir de la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH), destaca que el indicador descendió consolidando al departamento con cifras de desocupación de un solo dígito. Los sectores que más dinamismo aportaron fueron la agricultura y el comercio.
En Salamina (Caldas) el DANE no produce tasas de desempleo mensuales ni anuales específicas para el municipio. La entidad estadística oficial solo mide el mercado laboral de manera continua en capitales como Manizales; para municipios medianos o pequeños como Salamina, el DANE no cuenta con una muestra estadística con cobertura suficiente para calcular este indicador mes a mes. Las únicas aproximaciones locales proceden de los Censos Nacionales de Población o de caracterizaciones socioeconómicas especiales de la Gobernación.
Para cerrar, no se puede dejar de mencionar que desde la observación empírica un factor de peso es la informalidad laboral en los diversos sectores en especial la agricultura, el comercio y la construcción. En el campo colombiano, por ejemplo, más de 3 millones de personas trabajan como jornaleros o por cuenta propia sin cotizar a salud ni pensión, dicen los estudiosos y la construcción, registra una tasa de informalidad cercana al 71%. La gran mayoría de los obreros y albañiles son contratados por días o de forma verbal en obras pequeñas o residenciales.
El crecimiento potencial de la economía colombiana se sitúa actualmente cerca del 2,5% anual, un nivel estructuralmente más bajo que en décadas previas debido a la debilidad de la inversión y problemas de productividad laboral. Al contrastar esto con el mercado laboral, los datos más recientes publicados por el DANE con corte a mayo de 2026 revelan un fuerte dinamismo aparente, aunque abren un intenso debate metodológico con los gremios económicos.