Colombia le negó el abrazo a su propia gente
Sírvase otro, que este trago hay que tomárselo despacio, porque lo que voy a decir no le va a gustar a mucha gente, y a mí eso, para serle sincero, me tiene sin cuidado. Llevo sesenta y tantos años viendo a este país hacer lo mismo cada cuatro años: enamorarse de una camiseta cuando gana y escupirla cuando pierde, como esos maridos de cantina que solo abrazan a la mujer cuando les conviene. Y esta vez no fue la excepción. La Selección volvió a Colombia y el país, en lugar de salir a la calle con la bandera al hombro, se quedó encerrado masticando su rabia, como si el fútbol le debiera algo. Yo no sé desde cuándo el amor se paga con resultados, pero aquí parece que sí, aquí el cariño viene con factura y con letra pequeña.
Y no me venga con el cuento de que fue solo cansancio o desilusión, porque yo lo que vi fue mezquindad pura, de esa que se cultiva detrás de una pantalla, donde el más bravo es el que nunca se ha parado en una cancha ni ha sudado una gota por nada. Ese ejército de dedos que aplaude cuando se gana y clava el puñal cuando se pierde, ese no es hincha, eso es un vividor del triunfo ajeno. Y lo peor es que ni siquiera tiene la decencia de callarse: sale con el veneno listo, como si insultar a un pelado de veinte años que dejó el alma en la cancha fuera un acto de patriotismo. Aquí el patriotismo se volvió comentario de Facebook, y eso, mis amigos, no es amor a la camiseta, es cobardía con wifi.
Yo llevo un buen tiempo viviendo entre argentinos, y se lo digo con la autoridad que me da el trago y la vecindad: aquí en Colombia nos pasamos la vida diciendo que el argentino es soberbio, que se cree el ombligo del mundo, que hay que bajarle los humos. Y resulta que es puro cuento, es la envidia disfrazada de crítica. Porque lo que yo veo todos los días es una gente que ama su celeste y blanca sin condiciones, que llora una final perdida igual que celebra una ganada, que sale a la calle así el resultado sea una tragedia, porque para ellos la camiseta no se negocia con un marcador. Eso no es soberbia, eso es tener el sentido de pertenencia bien puesto, algo que a nosotros, con perdón de la palabra, se nos volvió a nosotros mismos un chiste de mal gusto.
Mire lo que hicieron Noruega, Cabo Verde, Egipto y Japón, países que ni siquiera nos gastamos en mirar en el mapa. Volvieron sin trofeo y los recibieron como héroes, con la calle llena y el corazón abierto, porque entendieron algo que aquí se nos olvidó hace rato: que el orgullo no se mide en copas, se mide en la entrega. Y nosotros, que nos llenamos la boca hablando de «sentimiento tricolor», dejamos que nuestros muchachos aterrizaran en un aeropuerto callado, como quien recibe a un pariente incómodo. Ese silencio, se lo digo yo que ya he visto de todo, dolió más que cualquier gol en contra, porque fue el silencio de un país que le falló a su gente cuando más falta le hacía un abrazo.
Aquí queremos que nos den trofeos para querer, y eso no es hinchada, eso es clientelismo emocional. El verdadero cariño, el que a mí me tocó ver de niño en las canchas de pueblo, es el que se queda cuando el equipo está en el suelo, no el que se sube al bus cuando ya ganó y quiere fotico. Y si de una vez por todas queremos aprender algo, miremos a esos argentinos que tanto criticamos sin razón: ellos no sueltan la bandera ni en la peor derrota, la bandera para ellos es sagrada, gane o pierda, y por eso cuando ganan lo celebran con el alma entera y cuando pierden lloran juntos, no se destrozan entre ellos.
Así que le pregunto, sin rodeos y sin anestesia, a usted que dice sentir esta camiseta con el corazón: ¿de verdad dejó de quererlos porque no trajeron la copa? Porque si es así, mejor vaya cambiando de deporte, o mejor, de país, que aquí lo que nos hace falta no es más talento en la cancha, es más hombría en la tribuna. Los goles se olvidan, las copas cogen polvo, pero la vergüenza de un aeropuerto vacío esa sí que no se le olvida a nadie. Y con esto me despido, no sin antes servirme el último trago de la noche, porque hablar de dignidad da sed.