Yo fui arquero. Lo fui en las canchas destapadas de mi juventud, cuando el domingo era sagrado y uno se ponía los guantes con la misma solemnidad con que otros se ponían el traje para ir a misa. Y si algo me enseñó ese puesto, el más solitario de todos, es que uno aprende a mirar el partido entero, no solo la pelota. Desde el arco se ve todo: se ve quién corre, quién finge que corre, quién grita para que lo escuchen y quién juega en silencio porque no necesita convencer a nadie de su valor. Y se aprende, sobre todo, algo que quiero contarles hoy: el rival que más rabia da nunca es el que juega mal. Es el que juega bien.
Vi la semifinal de España contra Francia con esa vieja costumbre de arquero retirado que analiza más los espacios que los goles, y confieso que me quedé pensando largo rato en lo que había pasado en la cancha, pero también en lo que estaba pasando fuera de ella. España llegó a la final por mérito propio, con un fútbol que combina la frescura de sus jóvenes con una disciplina táctica que ya quisieran muchos equipos veteranos. Argentina, del otro lado, volvió a demostrar eso que ya es marca registrada de la generación de Scaloni: la capacidad de competir incluso cuando el partido parece írsele de las manos, esa terquedad hermosa de no darse por vencidos.
Pero mientras miraba el partido, y después mientras leía los comentarios que corrían por las redes y escuchaba algunos programas deportivos, entendí que hay una final que se juega en la cancha y otra que se juega afuera, y esta última no siempre tiene que ver con el fútbol.
Desde que Argentina levantó la copa en Catar, hace ya un tiempo, esa selección se convirtió en una de esas raras criaturas que despiertan admiración y rechazo al mismo tiempo, casi en la misma proporción. Y uno podría pensar, con ligereza, que todo se reduce a la envidia. Pero la vida, como el fútbol, casi nunca es tan simple. Las rivalidades deportivas se alimentan de muchas cosas: del éxito que se repite hasta el cansancio, de la personalidad de las figuras, de las celebraciones que a algunos les parecen provocadoras, de rivalidades viejas que ya nadie recuerda bien de dónde nacieron, y del ruido mediático inmenso que genera todo lo que toca esa camiseta.
Hay, sí, un sector que disfruta más viendo perder a Argentina que viendo ganar a su propio equipo. Lo he notado, y no es nada nuevo. Ya le pasó a Brasil en tiempos de Pelé, le pasó a Alemania en sus años de dominio absoluto, le pasó a España después de sus Eurocopas y su Mundial, y hasta le pasó a Francia después del 2018. Los grandes campeones no solo cosechan aplausos: también cosechan cansancio ajeno, resistencia, y esas ganas casi infantiles de ver caer al que lleva demasiado tiempo arriba.
Y aquí quiero detenerme, porque hay algo que muchos confunden y que yo, que crecí en un pueblo donde el fútbol también era religión, entiendo perfectamente. Lo que algunos llaman arrogancia argentina, en el fondo, es otra cosa. Argentina es un país donde el fútbol no es un entretenimiento más: es identidad nacional pura. Esa camiseta carga con inmigración, con crisis económicas que dolieron de verdad, con orgullo de barrio, con familias enteras que solo en la Selección encontraron un motivo para abrazarse. Ese sentimiento se expresa fuerte, se expresa con lágrimas, con gritos, con el cuerpo entero. Y quien no conoce esa manera de vivir el fútbol, fácilmente confunde pasión con soberbia.
Y si hace falta un ejemplo de que esa camiseta carga cosas que van mucho más allá de once jugadores persiguiendo una pelota, ahí está lo que pasó cuando Argentina se cruzó con Inglaterra en este mismo Mundial. Para cualquier otro país habría sido un partido más, uno de esos cruces que llenan planillas y estadísticas. Para los argentinos fue otra cosa, fue un recuerdo que no necesita fecha en el calendario porque vive instalado en la memoria colectiva: el de tantos jóvenes que un día partieron a las islas y nunca volvieron, el de las Malvinas, esa herida que el tiempo no termina de cerrar del todo. Por eso, cuando terminó el partido, no sorprendió ver esa bandera que aficionados y jugadores sostuvieron juntos, unidos en un mismo gesto, con esas palabras que no piden permiso ni negociación: las Malvinas son, fueron, son y serán argentinas. No fue un gesto de provocación futbolera. Fue memoria pura, fue un pueblo diciéndole al mundo que hay banderas que no se juegan ni se pierden ni se ganan en una cancha.
Ojo, no digo que todos los argentinos sean modelo de humildad, ni que toda crítica hacia ellos sea injusta. Como en cualquier país, hay hinchas y protagonistas que a veces cruzan la línea del respeto, hay declaraciones que sobran y celebraciones que alimentan polémicas que después nadie sabe cómo apagar. Reconocer esos excesos no le quita ni un gramo de mérito a una selección extraordinaria.
Lo que sí me parece cuestionable, y lo digo desde este pueblo donde también hemos vivido pasiones futboleras que a veces se desbordan, es cuando el análisis deportivo deja de hablar de fútbol para instalar el desprecio hacia un pueblo entero. Una cosa es criticar un planteamiento táctico, una decisión arbitral, una conducta puntual; eso es sano, es parte del debate, y hasta le da sabor al fútbol. Otra cosa muy distinta es convertir a millones de personas en objeto de burla solo por el pasaporte que llevan.
Argentina no llegó a esta final por casualidad ni por golpe de suerte. Llegó porque sostiene un proyecto serio, una estructura de trabajo estable, futbolistas curtidos en la presión y una identidad de juego que aparece justo cuando más se necesita, como esos arqueros que uno recuerda no por las tardes tranquilas sino por la tapada que salvó el partido. Y lo mismo hay que decirlo de España, cuya renovación generacional ha sido de las más admirables del fútbol europeo en los últimos años.
Esta final, entonces, enfrenta dos escuelas de entender el fútbol. España representa esa evolución técnica y colectiva que Europa viene perfeccionando con paciencia de relojero. Argentina representa la mezcla explosiva de talento individual, carácter competitivo y esa convicción casi religiosa de que siempre, siempre, se puede dar vuelta un partido.
Y aquí, desde este rincón de la Patagonia donde escribo estas líneas lejos de mi Salamina querida pero con el alma siempre puesta allá, creo que el mayor error sería convertir esta final en una guerra de simpatías o antipatías nacionales. El fútbol necesita rivalidades, claro que sí, pero no necesita prejuicios. Necesita competencia noble, no desprecio disfrazado de análisis. Y si algo nos han enseñado los grandes campeones de la historia, desde Pelé hasta Messi, es que el verdadero respeto empieza por reconocer el mérito del adversario, aunque nos cueste la garganta admitirlo.
Quien quiera admirar a España tendrá sobradas razones para hacerlo. Quien quiera admirar a Argentina, también. Lo que de verdad nos empobrece como aficionados, como periodistas y como seres humanos, es dejar que los estereotipos ocupen el lugar que le corresponde al análisis. Porque el fútbol pasa, los campeones cambian de nombre y de camiseta, pero el respeto por el rival, ese, debería quedarse para siempre. Como se queda, en el arco de la memoria, la tapada que uno nunca olvida.