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La fotografía: el arte de vencer el olvido y preservar nuestra historia

Una fotografía puede inmortalizar la belleza de un instante, denunciar injusticias o convertirse en memoria colectiva. A partir del recuerdo de la icónica imagen Lunch Atop a Skyscraper, este texto reflexiona sobre el poder de la fotografía para conservar la historia, enfrentar el duelo, cuestionar la ética de la imagen y resistir el olvido en una época dominada por la vigilancia y la fugacidad.

La fotografía: El antídoto para la mala memoria

“Si pudiera contarlo con palabras,
no me sería necesario
cargar con una cámara”
LEWIS HINE


Una tarde cualquiera en las que solía tomar café con mi padre, en uno de los sitios que habitábamos con charlas y humo cafetero, me señaló con gran admiración un cuadro que se encontraba en la pared, con la fotografía “Lunch Atop a Skyscraper” tomada en Estados Unidos, en la época de la Gran Depresión. Se trataba de los obreros que laboraban en la construcción del Rockefeller Center de Nueva York, sentados en una de las vigas de aquella edificación. Sobre su interpretación hay innumerables historias y ha sido representada por turistas que visitan el lugar y por programas como Los Simpson.

Cuento esta historia porque cuando observé el cuadro, supe que la fotografía no representa una simple imagen o el deseo narcisista de figurar atractivo en una foto; me di cuenta que la captura de un momento refleja el antídoto contra la mala memoria, significa evidenciar una realidad que debe y merece ser contada a las futuras generaciones, efectuar denuncias sobre hechos sociales, materializar la estética del cine, de los documentales, de la fotografía per se y eternizar momentos de relevancia en nuestras vidas.

Aclaro que este escrito no se trata de romantizar el acto de fotografiar, defenderé esa acción luego de dejar claro que también puede poseer un lado oscuro. Para quienes sienten afinidad por la captura de momentos, resulta imperativo acudir a la obra –sin que sea la única—“Sobre la Fotografía” de Susan Sontag, una filósofa y escritora de origen judío y nacida en Nueva York, quien se mostró obsesionada por la fotografía y escribió innumerables ensayos, algunos de ellos recopilados en el citado texto. Leer esta obra, cuando se es afín con la imagen, implica también cuestionarse frente a la “ética de la fotografía”.

Susan Sontag en su obra, evidencia cómo la fotografía puede, de igual forma, convertirse en un medio de comercialización del sufrimiento, lo que termina menguando la empatía de las personas frente a esa sensación. En ocasiones, la toma de imágenes que reflejan momentos ajenos de crueldad, a saber, las guerras, la indigencia, la drogadicción, pueden terminar generando un alivio a quienes no se encuentran en dicha situación, inyectan una dosis de dopamina en un mundo que exige aspirar únicamente al éxito, que no admite fracasos, dolores o miedos, conducen a la salvación.

Las cámaras también se convierten en un mecanismo para la hipervigilancia ciudadana por parte de los gobiernos, tal como sucede con las telepantallas del libro 1984 de George Orwell, una distopía en la que logran captar tanto la imagen como el sonido de las personas, una historia que parecía lejana a la realidad pero que al día de hoy se encuentra más vigente que nunca. Y claro, nos encanta que nos ofrezcan seguridad y vigilancia en desmedro de nuestras garantías de libertad y de privacidad.

Desde la perspectiva oscura, la fotografía también se torna fría, distante y causante de dismorfias, pues crea la necesidad de llegar a estándares de belleza hegemónica al ser humano que, aunque hecho imperfecto, se la ha exigido la perfección. Pero la fotografía va más allá de eso y surge imperativo reivindicarla, defenderla por lo que realmente es y no por modas o exigencias contemporáneas.

En obras literarias como “Anoxia”, de Miguel Ángel Hernández, la fotografía se muestra como un método de exposición de secretos que tal vez jamás deberían saberse. Pero, al mismo tiempo, el acto de fotografiar, se muestra en esta novela como una herramienta para superar el duelo, para encontrar el sentido en medio de las pérdidas, para recordar a quienes se han ido, a quienes ya no están. Así, la fotografía también nos hace más conscientes de que somos seres finitos, cambiantes y frágiles, como también lo consideró Sontag.

Introduzco una premisa, gran cantidad de personas poseen el miedo de la pérdida de la memoria, es decir, ¿qué pasa si mañana no recuerdan ese gran momento que están viviendo hoy? ¿qué sucede si un día despiertan y no reconocen a las personas que aman y los momentos que las rodearon? ¿cómo recordar el amor, la felicidad, la sensación de sentido que les provocó una persona o un lugar? ¿podría ser la fotografía uno de los remedios contra la frustración y la impotencia? Yo pienso que sí.

Es por ello que la fotografía debe ser el mecanismo para reforzar el arte, para afrontar las pérdidas a través de la remembranza, para volver a momentos que nuestra memoria por cualquier razón pudo borrar. La fotografía es un llamado a no olvidar la historia, las personas, las miradas melancólicas, alegres, tristes, nostálgicas, los acontecimientos individuales y colectivos, es la forma de reflejar realidades actuales o pasadas para tomar acción y llamar a la reflexión. La historia se aprende a través de los libros, pero también a través de la fotografía.

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