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Manos que no dudaron: crónica y canción a los rescatistas

Una crónica literaria y espiritual sobre los socorristas y rescatistas que buscan entre los escombros del terremoto en Chocó, Cali y Caldas, acompañada de una balada pop dedicada a ellos, escrita desde el corazón de un padre con un hijo en esa labor.

Hay un oficio que no se aprende en los libros: el de escuchar el silencio de una casa caída y encontrar, dentro de ese silencio, todavía un latido. Ese oficio, que no tiene nombre exacto en ningún manual, es el que ejercen desde el pasado lunes 10 de agosto los hombres y mujeres que se calzan botas de caucho, se ajustan el casco y bajan —porque a los escombros siempre se baja, aunque el terreno esté plano, porque el descenso es del alma antes que del cuerpo— a buscar entre las ruinas lo que la tierra, en su furia de siete punto cuatro grados, quiso arrebatarnos.

Escribo esto con el corazón dividido entre el oficio de contar y el oficio de sentir, porque entre esos rescatistas hay uno que lleva mi sangre, uno que aprendió a caminar en las calles de el Líbano Tolima y hoy calza el uniforme de los Bomberos de Cali, uno al que un día vi jugar con trompos de madera y hoy veo, en fotografías que me llegan a cuentagotas, cavando con las manos entre lo que fue el hogar de alguien más. No pretendo, en esta crónica, disimular esa cercanía. Al contrario: la confieso, porque desde ella entiendo mejor lo que quiero contarles, y porque solo desde el amor de un padre se puede medir en su justa dimensión la entrega de quienes hacen de la vida ajena su propia causa.

Porque eso es, en el fondo, un rescatista: alguien que decide que la vida del otro —del que no conoce, del que nunca antes vio, del que quizás ni siquiera hable su mismo acento— vale tanto como la propia. Y esa decisión, tomada una y mil veces cada vez que suena la alarma, es quizás una de las formas más altas de la fraternidad humana. No hay bandera, no hay partido, no hay apellido que pese más que la urgencia de un cuerpo atrapado bajo el cemento. Ahí, entre las grietas del Chocó, en las calles quebradas de Pereira, en los muros vencidos de Cali y en las veredas de nuestro Caldas, no hay más ideología que la de salvar.
He pensado mucho, en estos días de zozobra colectiva, en la naturaleza espiritual de ese gesto. Porque cuando un rescatista mete las manos entre los escombros, no está solamente ejecutando un protocolo aprendido en un curso de rescate estructural; está, sin saberlo tal vez, oficiando una liturgia antigua, la misma que practicaron los que enterraron a sus muertos con flores en las cuevas prehistóricas, la misma que llevó a nuestros abuelos indígenas a creer que la tierra que nos sostiene también nos reclama de vuelta cuando se estremece. Cada bloque de concreto que se levanta con cuidado, cada nombre que se grita hacia el vacío esperando una respuesta, cada silencio que se hace para escuchar mejor un gemido, es un acto casi sagrado, una plegaria hecha de sudor y de polvo.

Y sin embargo, quiero que quede claro: no hablo aquí de héroes de estatua, de esos que se erigen en bronce y se admiran desde lejos con la distancia fría del monumento. Hablo de hombres y mujeres de carne, con miedo también ellos, con cansancio en las piernas después de dieciséis horas de turno, con hambre que a veces se olvida porque no hay tiempo de sentirla, con la garganta seca de tanto respirar polvo de escombro y de tanto llamar entre las ruinas a quien quizás ya no responda. He sabido, por lo que me cuenta mi propio hijo en las llamadas breves que logra hacer entre jornada y jornada, que hay noches en las que el cuerpo pide parar pero el corazón no lo permite, porque saben —lo saben todos ellos— que cada minuto que pasa es un minuto que se le resta a una posibilidad de vida.

Quisiera contarles, aunque sea en boceto, lo que imagino que es un día de estos hombres y mujeres: el amanecer que no distingue entre el sol y la nube de polvo que aún flota sobre las estructuras caídas; el desayuno apurado, casi siempre frío, comido de pie junto a una máquina que no deja de rugir; el mapa dividido en cuadrantes donde cada rescatista sabe cuál es su porción de esperanza por recorrer; el perro adiestrado que olfatea entre las grietas con una fe que no necesita palabras; el silencio que se ordena, absoluto, cuando alguien cree haber escuchado algo, ese instante eterno en que un pueblo entero contiene la respiración esperando que sea cierto. Y luego, si hay suerte, el grito de alegría que estalla como fuegos artificiales cuando se saca con vida a alguien de entre las ruinas; y si no la hay, el silencio distinto, más hondo, con que se retira con respeto un cuerpo que ya no respira, envuelto con la misma delicadeza con que se envolvería a un hijo propio.

Porque ahí está la otra cara de este oficio, la que casi nunca se cuenta: la de cargar, además del peso físico de los escombros, el peso emocional de tantas pérdidas presenciadas de cerca. Un rescatista no solo salva vidas: también recoge, con sus propias manos, el duelo de una comunidad entera. Y ese peso no se queda en el sitio del derrumbe; se lo lleva a casa, se lo lleva al sueño, se lo lleva —aunque no quiera— a las cenas familiares donde intenta, por amor a los suyos, no contar del todo lo que vio, para no cargarlos también a ellos con ese dolor.

Por eso, cuando pienso en mi hijo allá en Cali, y en tantos otros hijos, hijas, esposos, esposas, hermanos y hermanas que hoy están vestidos de naranja o de azul reglamentario entre los escombros del Chocó, de Pereira, de nuestro Caldas querido, no puedo sino sentir una mezcla extraña de orgullo y de temor, de admiración y de angustia contenida. Porque uno quisiera tenerlos cerca, protegidos bajo el mismo techo, y sin embargo sabe, en el fondo, que ese instinto de ir hacia el peligro cuando todos los demás huyen de él es precisamente lo que los hace ser quienes son. No se elige ser rescatista por casualidad: se elige por una vocación que se parece mucho a la del sacerdocio, la de entregar la propia vida al servicio de la vida ajena.

Quiero, en esta crónica, rendirles honor no solo a los bomberos, sino a todos los que en estos días conforman ese ejército silencioso de la solidaridad: los socorristas de la Cruz Roja, los de Defensa Civil, los grupos de búsqueda y rescate urbano, los médicos y enfermeras que atienden en carpas improvisadas, los ingenieros que evalúan estructuras a riesgo de su propia vida, los voluntarios anónimos que llegan con palas y con ganas, sin uniforme ni reconocimiento oficial, solo con la certeza de que hay que ayudar. A todos ellos, gracias, porque en esta hora oscura de nuestro territorio andino y de nuestro Pacífico herido, han sido la luz que no se apagó.

Y quiero también, con la misma sinceridad con que empecé esta crónica, hacer una oración —porque a veces el periodismo también necesita arrodillarse un momento— por todos los que aún buscan bajo los escombros, por los que aún esperan una llamada que confirme que un ser querido está a salvo, por los que ya no recibirán esa llamada y deben aprender a vivir con la ausencia, y por los rescatistas mismos, para que la fuerza no les falte, para que el sueño los alcance aunque sea por instantes, para que regresen sanos a sus casas cuando todo esto termine, y para que ese peso que cargan en el alma encuentre, con el tiempo, la manera de convertirse no en herida permanente sino en la certeza serena de haber hecho, en los días más difíciles, lo más humano que un ser humano puede hacer: tender la mano hacia otro que se ahoga en la oscuridad.

Porque al final, cuando la tierra deja de temblar y el polvo se asienta, lo que queda no son solamente las grietas en las paredes ni las cifras que se leen en los noticieros. Lo que queda, indeleble, es la memoria de esas manos que no dudaron, de esos cuerpos que se metieron donde otros no se atrevían, de esa entrega silenciosa que no pide nada a cambio salvo, quizás, que no olvidemos. Y yo, desde esta columna, desde este rincón de la Patagonia argentina donde hoy escribo con la mirada puesta en mi tierra y en mi hijo, prometo no olvidar. Prometo contarlo. Prometo que estas líneas sean, aunque modestas, un pequeño monumento de palabras para todos los que en estos días han sido, sin saberlo del todo, los ángeles de carne y hueso de nuestra Colombia herida.

Gracias, rescatistas. Gracias, hijo. La tierra tembló, pero ustedes no.

El Rescatista
(Balada pop)

Se apaga el sol sobre el escombro,
la ciudad se queda en vela,
y entre el polvo y la esperanza
camina un hombre que no espera.
No lleva espada, lleva casco,
no lleva miedo, lleva calma,
y donde todos ven ruinas
él va buscando un alma.

Con las manos, con el pecho,
con la fe que no se cansa,
toca cada muro roto
como quien toca esperanza.

Rescatista, corazón de fuego,
tú que no duermes cuando el mundo tiembla,
tú que te metes donde el miedo
le dice a todos que no vuelvan.
Rescatista, ángel de la tierra,
tú que cargas todo el duelo,
mientras buscas entre las piedras
vas cosiendo un poco el cielo.

Radio que no calla nunca,
un nombre que grita solo,
y cuando el pueblo entero calla
para oír si sigue el pulso.
Ahí estás tú, de rodillas,
con las manos hechas de bronce,
sacando luz de la ceniza,
sin pedir que te lo cobren.

Rescatista, corazón de fuego,
tú que no duermes cuando el mundo tiembla,
tú que te metes donde el miedo
le dice a todos que no vuelvan.
Rescatista, ángel de la tierra,
tú que cargas todo el duelo,
mientras buscas entre las piedras
vas cosiendo un poco el cielo.

Y hay un padre que te espera,
que no duerme hasta que llegues,
sabe bien que tú elegiste
ser la luz de quien padece.

Rescatista, corazón de fuego,
hijo mío, hermano, amigo,
vuelve pronto, que te espero,
la tierra tembló, pero tú sigues conmigo.

La tierra tembló…
pero tus manos, no.

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