Sensaciones y reacciones tras el movimiento telúrico reciente. Hay héroes anónimos que dan ejemplo, porque raras veces hacen ruido antes de actuar.
En los albores de una nueva semana laboral y escolar, el lunes 10 de agosto de 2026, cuando nos disponíamos a iniciar actividades, algo inusual ocurrió: la tierra empezó a moverse con intensidad creciente, (7,4 grados), dijeron que, durante 90 segundos, pero el pánico alargó el tiempo y lo trasplantó tanto al ritmo del corazón, como a las súplicas a gritos por la protección. Eran las 7:34 a.m.
Quienes hemos vivido experiencias similares, tanto por éste como por temblores anteriores, contamos casi siempre lo mismo, con distintas palabras: que el sonido llegó antes que el movimiento, que el rugido grave subía, como si la tierra tuviera entrañas en desahogo. Después, el cuerpo actuó antes que el pensamiento. Se corrió, se abrazó a alguien, se buscó un lugar “seguro”, se gritaron nombres, se hicieron oraciones. En esos segundos no hay razonamiento, solo instinto y, muchas veces, un amor repentino y feroz por lo que nos rodea.
Es después, cuando el polvo se asienta y las réplicas se esperan, cuando llega la crónica lenta del duelo, de los vecinos que se reencuentran, de las grietas que se convierten en mapas de lo que ya no volverá a ser igual. La fragilidad, entonces, deja de ser una idea abstracta y se convierte en una fotografía concreta: una taza rota, un portarretratos en el suelo, una pared con una herida en forma de rayo, un edificio que ayer era un lugar y hoy es solo un peligro.
Hay momentos en que la tierra, en su ciego acomodo, sacude las certezas más profundas del día a día. En un instante, el techo que resguardaba nuestros sueños o el pasillo por donde correteaban los niños se convierte en una geografía rota de concreto, hierro y silencio. Pero es justamente en esos momentos cuando emerge la verdadera estatura del ser humano. La pregunta que sigue, la que de verdad importa, no es cómo temblamos, sino cómo nos levantamos. Y aquí conviene decir algo que no siempre se dice: no hay una sola manera correcta de recuperarse, y quien haya vivido un evento así tiene derecho a su propio tiempo. La prisa por «volver a la normalidad» puede ser, en sí misma, otra forma de violencia si no deja espacio para el miedo, el insomnio, el sobresalto ante cualquier vibración del piso o el sonido de una alarma.
Según los expertos en salud mental, se debe nombrar el miedo en lugar de esconderlo. El silencio alrededor del trauma no lo hace más pequeño, solo lo aplaza. Hablar de lo que se sintió —con la familia, con vecinos, con quien quiera escuchar— es parte de procesarlo. Reconstruir en comunidad, no en soledad. Los pueblos y las ciudades que se recuperan mejor de un desastre son casi siempre los que activan redes de apoyo mutuo: quien tiene agua la comparte, quien tiene un techo abre la puerta. La fragilidad individual se vuelve más llevadera cuando se sostiene entre varios. Aceptar que la normalidad que vuelve no es la misma que se fue. No se trata de restaurar exactamente lo anterior, sino de construir una nueva forma de estabilidad que incluya lo que se aprendió: revisar estructuras, tener planes de emergencia, saber dónde reunirse.
Permitirse pequeños actos cotidianos como ancla. Volver a cocinar, a regar una planta, a barrer la calle: esos gestos mínimos, casi ridículos frente a la magnitud del desastre, son los que poco a poco le devuelven al cuerpo la sensación de que el tiempo vuelve a fluir hacia adelante. Buscar ayuda profesional cuando el miedo no cede no es de cobardes. El estrés postraumático después de un sismo es real y tratable; no es debilidad, es una respuesta humana a un evento humano.
Quizás la actitud más honesta no sea la de «superar» el terremoto, como si se tratara de un examen que se aprueba y se archiva, sino la de integrarlo: vivir sabiendo que el suelo puede temblar y, aun así, plantar un árbol, firmar una hipoteca, tener hijos, enamorarse. Esa es, en el fondo, la actitud de cualquier persona frente a la fragilidad de la existencia, con o sin sismo de por medio: seguir construyendo casas de las que sabemos, en el fondo, que algún día pueden caer.
La memoria de un terremoto no debería paralizarnos, sino recordarnos con humildad que cada día ordinario —ese en el que nada tiembla, en el que los vasos se quedan quietos en la alacena— es, en realidad, un pequeño milagro que rara vez agradecemos lo suficiente.
Como en toda gran obra, hay actores secundarios que a veces se roban las miradas. En esta ocasión aparecieron también en el escenario, con el rol y el libreto aprendido como siempre; seres casi anónimos cuya única meta es salvar el mayor número de vidas que les sea posible. Los rescatistas merecen unas líneas.
En las calles de Cali, Pereira, Quibdó, Manizales y tantas esquinas donde el sismo dejó cicatrices profundas, germinó de nuevo una raza distinta: la de aquellos que no corren para alejarse del peligro, sino que se internan en sus entrañas.
El rescatista no viste traje de gala; viste overol desgastado, casco empolvado y rodilleras curtidas por la fricción de la ruina, no tiene horario, está por encima de los trámites y permisos; lleva en las manos no solo herramientas de corte y guantes pesados, sino el peso invisible de la angustia de miles de familias que aguardan al otro lado de la cinta de seguridad. Pocas cosas conmueven tanto como el momento en que se pide silencio absoluto en una zona de colapso. Un puño en alto detiene a las máquinas, ahoga los murmullos y paraliza al viento. Es en ese segundo donde el oído del brigadista busca el milagro: un golpe rítmico contra una tubería, un suspiro tenaz, un llanto diminuto entre las losas.
Tras 24, 48 o 72 horas de maniobra ininterrumpida, cuando el cansancio debería paralizar los músculos, estos hombres y mujeres —junto a la lealtad incansable de los binomios caninos— siguen removiendo escombros a puño limpio si es necesario. Cada kilogramo de piedra retirado es una promesa cumplida a la vida. En esta gesta no hay fronteras. Desde los bomberos locales, voluntarios y expertos en rescates, hasta las brigadas internacionales que han cruzado mares y cordilleras para sumar sus brazos, la solidaridad se ha vuelto el único idioma universal sobre las ruinas.
Con una cita prestada culminemos este breve pero sentido homenaje:
«Allí donde el polvo nubla la vista y la desesperación pretende imponer su ley, el casco brillante de un rescatista se convierte en el único faro de fe que sostiene a una ciudad.»