Desde el 10 de agosto, cuando un sismo de magnitud 7.4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte de Colombia, la pregunta se repite en cada conversación, en cada grupo de WhatsApp, en cada esquina: ¿está temblando más el planeta? La sensación es comprensible. En apenas ocho meses, 2026 ya acumula diez terremotos de magnitud igual o superior a 7, la mayoría vinculados al Anillo de Fuego del Pacífico. A eso se suma el propio sismo de Chocó, catalogado por el Servicio Geológico Colombiano como el más intenso registrado en el país durante este siglo, y un doblete sísmico severo en Venezuela —dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 separados por apenas 39 segundos— que dejó allí el saldo de víctimas más alto del año. Esta redacción decidió revisar la evidencia disponible, contrastar cifras históricas y consultar a especialistas, para responder con rigor una pregunta que hoy circula sobre todo con especulación.
Lo que dicen los datos
Los registros del Servicio Geológico de Estados Unidos y del Centro Sismológico Euro-Mediterráneo confirman que, en lo corrido de 2026, se han presentado diez terremotos de magnitud igual o superior a 7 en distintos puntos del planeta. Es una cifra alta, sí, pero no aislada en la serie histórica reciente. Según un análisis contrastado por Efecto Cocuyo, una eventual cifra cercana a 146 terremotos de magnitud 6.0 en adelante al cierre de 2026 se ubicaría en la parte alta de la variabilidad registrada durante la última década, pero no representaría un valor sin precedentes. La misma fuente recuerda que en 2016 se contabilizaron 127 sismos de magnitud 6.0-6.9 y 16 de magnitud 7.0-7.9; en 2021, 141 y 16 respectivamente. En cambio, 2024 fue un año comparativamente tranquilo, con apenas 89 y 10 eventos en esas mismas franjas. La conclusión de ese análisis es clara: la variabilidad interanual observada entre 2016 y 2025 se mantiene dentro de los patrones esperables y no evidencia un aumento sostenido de la actividad sísmica mundial.
A esto se suma un factor técnico que rara vez se explica en la conversación pública: la mejora constante de las redes de monitoreo sísmico. Como señala un informe especializado de VolcanoDiscovery, el aparente aumento en el número de terremotos reportados no se debe necesariamente a que la actividad sísmica global haya crecido, sino a que las redes sísmicas del mundo, y su sensibilidad para detectar sismos de menor magnitud, han mejorado sustancialmente en los últimos años. Es decir: hoy se detectan y difunden más eventos que hace una década, no porque la Tierra tiemble más, sino porque la tecnología para percibirla es más fina.
La explicación geológica
La geóloga colombiana Adriana Ocampo, quien trabajó más de cinco décadas en la NASA, fue consultada por varios medios tras el sismo de Chocó y ofreció una explicación que esta redacción considera central para entender lo ocurrido este año: la actividad sísmica de 2026 responde a la dinámica tectónica natural de cada región, no a un fenómeno anómalo generalizado. Según explicó, el sismo colombiano se originó por la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana, mientras que el doblete sísmico registrado en Venezuela obedeció a un mecanismo distinto, asociado a una falla de rumbo, sin relación estructural directa con lo ocurrido en Colombia. La especialista fue enfática en que Colombia y México se ubican dentro del Cinturón de Fuego del Pacífico, la franja que concentra alrededor del 90% de la sismicidad mundial, mientras que Venezuela queda fuera de ese cinturón, lo que confirma que se trata de sistemas de fallas independientes, cada uno liberando energía elástica acumulada durante décadas, y no de un mecanismo único que esté «activando» al planeta de manera coordinada.
Ocampo también fue consultada sobre una hipótesis que circula con frecuencia en redes sociales: la posible relación entre el calentamiento de los océanos y el aumento de la sismicidad. Su respuesta fue categórica: no existe, hasta el momento, evidencia científica que vincule el calentamiento oceánico con los sismos tectónicos profundos, ya que estos se generan por la acumulación y liberación de energía elástica en fallas geológicas, un proceso que ocurre en la corteza terrestre, a profundidades y por mecanismos ajenos a la temperatura del agua superficial.
Qué significa esto para Colombia
El propio sismo de Chocó ilustra bien la diferencia entre percepción y realidad técnica. Desde que ocurrió, a las 7:40 de la mañana del 10 de agosto, se han registrado cerca de cien réplicas, un número que a primera vista puede alarmar, pero que los expertos consultados describen como un fenómeno enteramente normal, propio del reacomodamiento de la corteza terrestre tras liberar una cantidad tan grande de energía. Las réplicas no anuncian un nuevo terremoto de mayor magnitud; son, más bien, el proceso natural por el cual la falla vuelve a un estado de equilibrio relativo.
Esta redacción considera importante insistir en un punto que ya se ha planteado en ediciones anteriores de esta sección: Colombia se encuentra de forma permanente dentro de una de las zonas de mayor actividad sísmica del planeta, y esa condición no depende de si 2026 resulta o no un año estadísticamente atípico. La pregunta relevante, entonces, no es si el planeta tiembla más este año que el anterior, sino si el país está preparado, en infraestructura, en normativa aplicada y en cultura de prevención, para una amenaza que —anómala o no— seguirá siendo parte de nuestra geografía.
Precisamente por eso, en La Revista de Caldas no nos limitamos a cubrir la coyuntura de cada sismo cuando ocurre. Desde esta sección venimos desarrollando el proyecto editorial Protección y Vida, cuyo primer volumen, Cuando la Tierra Habla, busca acercar a estudiantes, familias, docentes, organismos de socorro y autoridades locales el conocimiento técnico necesario para comprender el territorio que habitamos y actuar con criterio frente a él. No se trata de un ejercicio periodístico aislado, sino de un compromiso sostenido: explicar con rigor cómo funciona nuestra geología, qué exige la normativa sismorresistente vigente y qué responsabilidades le competen a cada actor, del ciudadano a la administración municipal, para que la prevención deje de ser retórica de coyuntura y se convierta en cultura permanente.
Sobre eso, esta redacción seguirá informando con la misma rigurosidad con la que hoy se aborda esta pregunta.