Hay un instante, apenas un segundo, en que la tierra tiembla y todos —absolutamente todos— dejamos de ser lo que éramos para volver a ser solamente eso: gente asustada buscando a los suyos entre el polvo. En ese segundo no hay izquierda ni derecha. No hay uribismo ni petrismo, no hay consignas ni trinos, no hay tuits redactados con la point de dañar al adversario. Hay una madre gritando un nombre entre los escombros de Quibdó, hay un bombero de Cali —y yo tengo uno en mi propia sangre, lo confieso sin pudor— metiendo el cuerpo entero en un hueco de concreto para sacar con vida a un desconocido, hay un país entero conteniendo el aliento. Ese segundo, señores, es lo más parecido a la Colombia que todos decimos querer. Y ustedes, con una prisa indecente, se han encargado de que dure menos de lo que dura un suspiro.
No escribo esto desde el rencor, aunque tengo derecho a él como cualquier hijo de esta tierra que ha visto sangrar a su gente por las mismas heridas de siempre. Escribo esto desde el asombro, casi desde la incredulidad, porque uno pensaría que hay un límite, un borde sagrado que ni el más cínico de los políticos se atrevería a cruzar: el de convertir el dolor de los que lo perdieron todo en materia prima de campaña. Y sin embargo ahí están, apenas caída la última piedra, calculando el rédito electoral del desastre, repartiendo culpas antes de contar los muertos, buscando en cada grieta del pavimento una grieta más para abrir en el país. Como si Colombia no tuviera ya suficientes fracturas geológicas sin que ustedes tuvieran que inventarle otras.
Yo aprendí de niño, parado bajo los tres palos en las canchas polvorientas de Salamina, que el arquero no elige el partido que le toca jugar. Le llueven balones de todos los costados, y uno no puede darse el lujo de preguntarse de qué equipo es el que grita gol: uno tapa, uno se lanza, uno sangra las rodillas contra la tierra dura si hace falta, porque el arco que se defiende no es de un bando, es de todos los que confiaron en que alguien iba a estar ahí. Colombia entera es ese arco ahora mismo, señores. Está lloviendo sobre nuestra portería piedras de verdad, casas caídas, familias enteras durmiendo en carpas bajo la lluvia del Chocó y de Caldas, y ustedes —que deberían estar tapando también— se han quedado discutiendo de qué color debería ser el arco.
Duele decirlo con esta franqueza, pero hay que decirlo: la izquierda colombiana, esa que tanto ha hablado de solidaridad, de pueblo, de hermandad entre los de abajo, ha convertido demasiadas veces la tragedia en tribuna. He visto —todos hemos visto— cómo antes de que se apague el polvo ya circulan los señalamientos, ya se arma el relato de quién tiene la culpa, ya se mide con calculadora política cuántos votos deja un terremoto. Quiero ser justo, porque esta pluma no busca la venganza sino la verdad completa: sé que del otro lado del espectro también hay manos sucias, también hay quienes especulan con el miedo ajeno. Pero hoy le hablo a ustedes, porque tienen en este momento el megáfono de la indignación permanente, y porque de ustedes, que se dicen la conciencia social de esta nación, uno esperaría con más razón la altura moral de callar la consigna cuando el país entierra a sus muertos.
¿Hasta cuándo, señores? Esa es la pregunta que me quema por dentro mientras escribo estas líneas desde la Patagonia, tan lejos de mi tierra y tan cerca de su dolor como puede estarlo un corazón que nunca dejó de latir en clave colombiana. ¿Hasta cuándo va a ser más importante quién gana el relato que quién recibe el agua potable? ¿Hasta cuándo la reconstrucción de un pueblo va a depender de si ese pueblo votó por el partido correcto? ¿Hasta cuándo un niño huérfano en Bagadó va a valer menos como noticia que una frase incendiaria en una red social? Colombia no aguanta más este juego. Colombia, la de verdad, la que yo llevo tatuada en la memoria desde los cerros de San Félix hasta las playas del Pacífico, está cansada de ser el escenario donde otros libran sus guerras de vanidad mientras ella se desangra despacio.
Yo no les pido, señores, que dejen de pensar distinto. Sería absurdo y sería mentiroso pedirles eso, porque yo mismo pienso distinto de muchos de ustedes y no pienso callarlo jamás: creo en la libertad del individuo por encima del control del Estado, creo que el mercado libre hace más por los pobres que mil discursos sobre la pobreza, y no voy a fingir que esta diferencia se disuelve porque tiembla la tierra. Lo que les pido, lo que le pido a esta Colombia entera cansada de pelearse a gritos sobre las ruinas, es una tregua verdadera, no de esas treguas de cartón que duran lo que dura una foto. Les pido que por una vez, mientras los rescatistas siguen cavando y las familias siguen contando a sus muertos, guarden la consigna en el bolsillo. Que la saquen después, cuando llegue el tiempo de las urnas y de los debates, que ahí sí, con toda la pasión del mundo, discutamos el país que queremos ser. Pero no ahora. Ahora no, señores, se los pide un hombre que ha visto llorar a su tierra demasiadas veces para tolerar que alguien use esas lágrimas como tinta de campaña.
He pensado mucho, estos días de terremoto y de réplicas, en lo que significa realmente la palabra pueblo, esa palabra que tanto invocan ustedes en sus discursos y que tan poco parecen entender en la práctica. El pueblo no es una abstracción que se convoca cuando conviene y se olvida cuando estorba; el pueblo es el señor que perdió su tienda de barrio en Istmina, es la maestra que dio clases bajo un toldo improvisado porque la escuela se le vino encima, es el campesino de las montañas de Caldas que vio cómo la ladera que sembró toda su vida se deslizó junto con su casa. Ese pueblo no pregunta de qué partido es la mano que le trae el mercado ni la carpa donde va a dormir esta noche. Ese pueblo, señores, lo único que pide es que dejen de convertirlo en argumento, que dejen de hablar en su nombre para pelear batallas que no son las suyas mientras él sigue durmiendo con miedo a que la tierra vuelva a moverse.
Colombia se ha ganado, a pulso y con sangre propia, el derecho a que por lo menos en sus horas más oscuras la dejen en paz de la política de trinchera. Ya bastante ha tenido este país con la guerra de verdad, la de los fusiles y las minas, para que ahora, encima, tenga que padecer también la guerra de las palabras sobre sus propias ruinas. Yo no sé si ustedes alcanzan a ver lo que veo yo desde afuera: un país que se ha vuelto experto en llorar a sus muertos con un ojo puesto en la encuesta del mes siguiente. Y eso, más que cualquier terremoto, es lo que de verdad nos está partiendo por dentro.
Porque al final, cuando se apague el ruido de las excavadoras y se cuenten los últimos nombres en las listas de las funerarias, lo único que va a quedar de este momento no van a ser los trinos ni los discursos ni las culpas repartidas: van a quedar las manos que ayudaron y las que no. Y esa, señores de la izquierda, esa sí que es la única división que de verdad importa en Colombia estos días: la que separa a los que construyen de los que, en medio del derrumbe, todavía encuentran tiempo para seguir peleando por quién tiene la razón.