¡Volvimos, pues, a chismosear por Salamina!
¡Ave María, pues! ¿Sí me extrañaron o qué?
Aquí volvió Timoteo, el que camina despacio porque no tiene afán, se sienta donde lo dejen, pide un tintico aunque no tenga con qué pagarlo y mantiene las orejas más abiertas que puerta de iglesia en Semana Santa.
Bienvenidos otra vez a este rincón semanal donde vamos a contar lo que se teje, lo que se desteje y hasta lo que algunos quisieran esconder debajo del tapete en Salamina. Porque una cosa es lo que aparece en los comunicados, otra lo que publican en las redes sociales y otra, muy distinta, lo que conversa la gente cuando se encuentra en la calle.
Y es que para saber cómo anda Salamina no siempre hay que pedir una cita en la Alcaldía.
¡Qué va!
A veces basta con sentarse un rato en uno de los andenes del parque y poner cuidado.
Porque en Salamina el parque no es solamente parque: es noticiero, emisora, tribunal, confesionario, sala de juntas y agencia de inteligencia popular. Por allí pasa todo el mundo y, tarde o temprano, termina pasando también la noticia.
Uno se para al frente de La Cigarra, arrima oído por los lados del San Fernando, se toma cualquier cosita cerca de El Embajador y cuando viene a ver ya tiene material suficiente para escribir tres columnas y dejar otras dos pendientes para la semana siguiente.
Y no crean que el chisme vive solamente alrededor de la pila del parque.
¡No señor!
Por allá en el Bola Roja también se conversa sabroso. Se habla de política, de contratos, de calles, de quién llegó, quién salió, quién está aspirando, quién prometió, quién incumplió y quién anda diciendo que ahora sí va a hacer lo que llevaba meses diciendo que iba a hacer.
Pero las orejas de Timoteo son de largo alcance.
Aquí también vamos a escuchar lo que cuentan desde Portachuelo, porque Salamina no termina donde termina el parque. Y mucho menos vamos a olvidarnos de San Félix, donde la gente también tiene memoria, necesidades, preguntas y bastantes cosas para contar.
De modo que quedan advertidos: aquí vamos a chismosear desde el centro hasta el corregimiento.
Eso sí, una aclaración antes de que alguno se me ponga colorado.
Chismosear no significa inventar.
Aquí recogeremos lo que comenta la gente, pero cuando una cosa sea rumor diremos que es rumor; cuando sea opinión, será opinión; y cuando tengamos documentos, cifras o hechos comprobables, entonces hablaremos con esos documentos sobre la mesa.
Porque una cosa es ser chismoso y otra muy diferente ser irresponsable.
Y precisamente hay un asunto que viene apareciendo una y otra vez en las conversaciones de los salamineños: las redes sociales de la administración municipal.
¡Ave María!
Hay ciudadanos que dicen estar mamados de tanta fotografía del burgomaestre.
Que foto llegando.
Que foto saludando.
Que foto reuniéndose.
Que foto mirando un papel.
Que foto entregando una cosa.
Que foto recibiendo otra.
Que foto caminando.
Que foto hablando.
Que foto besando un niño.
Que foto besando otra señora.
Y falta poquito para que publiquen la foto del fotógrafo tomando la foto.
A este Timoteo hasta le entró una preocupación: cualquier día uno abre las redes de la Alcaldía y encuentra una publicación que diga:
«Continúa nuestro compromiso con Salamina: hoy estuvimos comprometidos.»
Con quince fotografías para demostrarlo.
Porque una cosa es comunicar la gestión pública —que no solamente es necesario sino obligatorio en una democracia— y otra convertir la comunicación institucional en una vitrina de adulación y narcisismo donde pareciera importar más mostrar al gobernante que mostrar el gobierno.
Y esa diferencia es importante.
La gente no está pidiendo que la administración deje de informar. Todo lo contrario: quiere saber qué está haciendo, cuánto cuesta, quién lo ejecuta, cuándo comienza, cuándo termina, cuáles fueron los resultados y qué problemas siguen pendientes.
Lo que muchos ciudadanos cuestionan es que a veces parece haber más preocupación por registrar el momento que por explicar el resultado.
Y ahí es donde empieza el chisme.
Porque mientras aparece una fotografía nueva, en el parque alguien pregunta por una obra pendiente.
Mientras sale otra publicación, en una vereda preguntan cuándo les solucionan un problema o cuando le van a reparar la carretera.
Mientras el modelo oficial sonríe para otra cámara, alguien en San Félix quiere saber qué pasó con aquello que le prometieron o cuando van a nombrar el corregidor o al menos un inspector de policía en propiedad, que resida en el corregimiento.
Y mientras unos cuentan «me gusta», otros cuentan huecos, necesidades y meses esperando respuestas.
Así que esta temporada de El Rincón de Timoteo viene con las orejas bien abiertas.
Vamos a mirar la Alcaldía, claro que sí, pero también al Concejo, a los dirigentes, a quienes aspiran a gobernar, a los que prometen desde la oposición y a los que critican todo como si nunca hubieran tenido responsabilidades.
Aquí no habrá santo con corona propia.
Y también vamos a mirar a los ciudadanos, porque resulta muy cómodo exigir transparencia mientras uno guarda silencio cuando el favorecido es un amigo.
Timoteo va a caminar.
Va a escuchar.
Va a preguntar.
Y, sobre todo, va a contar.
Así que cuando me vean sentado por ahí, no se preocupen.
Puede que esté descansando…
o puede que esté trabajando, en escuchando que se dice la concejal que se las pica de alcalde.
Y ya que estamos hablando de cuentas claras, dejen que este Timoteo remate la faena, porque hay preguntas que no se resuelven con un solo párrafo.
Porque aquí no se trata de un problema de forma. No es que a alguien se le haya olvidado poner un sello o firmar una planilla. Se trata de algo mucho más elemental: cuando llega una ayuda humanitaria a un pueblo golpeado por un terremoto, esa ayuda deja de ser un gesto de solidaridad para convertirse, desde el mismo instante en que cruza la puerta de Salamina, en un “bien público”. Y lo público se controla, se registra y se rinde cuentas de él. No es negociable. No es opcional. No depende de la buena voluntad de quien esté de turno en la Alcaldía.
Así que vuelvo sobre lo mismo, pero esta vez sin anestesia.
¿Cómo es posible que, en pleno siglo veintiuno, con drones, con planillas digitales, con aplicaciones de inventario que hasta las tiendas de barrio usan para controlar sus gaseosas, la administración municipal de Salamina no tenga todavía un protocolo público, visible y verificable para recibir ayudas de emergencia?
¿Cómo es posible que, en una emergencia declarada, nadie se haya acordado de habilitar un lugar oficial antes de que llegara el primer camión?
Y si se acordaron, ¿por qué terminamos hablando de una casa particular y no de tantas otras opciones que cualquiera en el parque le puede nombrar sin pensarlo dos veces? Porque opciones no faltaban. Estaba ese salón comunal que tantas reuniones ha prestado. Estaba el coliseo, con toda su capacidad. Estaban los salones de la Escuela Taller, que para algo los construyeron. Estaba también la posibilidad de gestionar un salón del Ceres, o de tocarle la puerta al Comité de Cafeteros para solicitar en préstamo una de sus bodegas, que buena falta les hacen los cafeteros a Salamina cuando llega una emergencia. Y estaba, por supuesto, el edificio y el lote del antiguo teatro que este servidor ya mencionó.
Opciones había de sobra. Lo que no hubo, al parecer, fue la decisión de escoger una de ellas por la vía oficial.
Y ya que lo mencioné, permítanme insistir puntualmente en el antiguo teatro, porque de todas las opciones es la que más preguntas deja sin resolver, y no es un dato menor que se pueda dejar pasar entre paréntesis.
El antiguo teatro de Salamina no es cualquier terreno baldío. Es un predio público, con algunos recintos que en apariencia se conservan seguros, ubicado en pleno casco urbano, a un paso del propio palacio municipal, con historia, con memoria y —según lo que este cronista ha podido observar— con sectores que conservan cubierta y que, en principio, podrían prestar un servicio útil en medio de una emergencia. No estoy diciendo que esté en condiciones perfectas, ni que no requiera una evaluación estructural seria antes de meter allí un solo bulto de mercado. Lo que estoy diciendo es que ese lote existía antes del terremoto, le pertenece a todos los salamineños, queda prácticamente al lado de donde se toman las decisiones, y aun así, hasta donde tiene noticia este Timoteo, nadie ha explicado públicamente por qué no se consideró, evaluó o descartó como centro oficial de acopio. Y lo mismo cabría preguntar, aunque con menos urgencia, sobre la Escuela Taller, el Ceres, el coliseo o la posibilidad ante el Comité de Cafeteros: ¿se estudió alguna de esas opciones o simplemente no se estudió ninguna?
Y aquí es donde la pregunta se vuelve incómoda de verdad: ¿alguien de Planeación o de Gestión del Riesgo fue siquiera a mirar ese predio con ojo técnico en los primeros días? ¿Existe un informe, así sea de dos párrafos, que diga «se descartó el antiguo teatro por tal o cual razón estructural o sanitaria»? Porque si ese informe existe, que se muestre, y Timoteo será el primero en aplaudir la diligencia. Pero si no existe, entonces lo que tenemos no es un predio descartado por criterios técnicos, sino un predio simplemente ignorado, mientras que una casa particular sí apareció, como por arte de magia, lista y disponible para recibir camiones.
Un pueblo entero tiene derecho a preguntarse por qué el patrimonio público quedó cerrado con candado mientras la solidaridad de medio país terminaba descargándose en un patio privado. Y mientras no haya una explicación técnica, documentada y verificable sobre el antiguo teatro, esa pregunta va a seguir rondando el parque con más fuerza que cualquier otro chisme de esta temporada.
Aquí no hay excusa que alcance.
Porque una cosa es la improvisación explicable de las primeras horas, cuando todavía tiembla el suelo y la gente corre a salvar lo que pueda, y otra muy distinta es que pasen los días, se acumulen los mercados, se acumulen las frazadas, se acumule el dinero, y la única bodega que aparezca siga siendo la casa de una funcionaria.
Eso no es improvisación.
Eso es comodidad.
Y la comodidad, cuando se trata de plata y de mercados destinados a gente que perdió el techo, se llama de otra manera.
Ahora bien, este Timoteo quiere ser justo, porque justicia es lo primero que exige antes de exigirle nada a nadie.
No estoy afirmando que el alcalde haya robado.
No estoy afirmando que Franklin haya robado.
No estoy afirmando que el secretario de Planeación haya robado.
No estoy afirmando que la señorita Lina Pelaez haya robado.
Y tampoco estoy afirmando que ese personaje que la gente nombra como «Cigarrillo» haya robado.
Lo que sí estoy afirmando, con la frente en alto, es que cuando el nombre de cinco personas distintas empieza a aparecer en la misma frase, alrededor del mismo tema, en boca de gente que no se conoce entre sí y que no tiene por qué ponerse de acuerdo para inventar lo mismo, entonces ya no estamos hablando de un chisme aislado.
Estamos hablando de un patrón.
Y los patrones, en administración pública, no se combaten con silencio.
Se combaten con documentos. Y no propiamente con fotos del alcalde en redes sociales.
Así que, aquí va la pregunta que debería quitarle el sueño a más de uno en la Alcaldía: si todo se hizo bien, ¿por qué no se ha mostrado el papel que lo demuestre?
Porque el silencio, en estos casos, no es neutral.
El silencio también comunica.
Y lo que comunica un silencio prolongado, frente a preguntas tan sencillas como quién recibió, quién entregó y quién se benefició, no es tranquilidad.
Es sospecha alimentándose sola.
Timoteo ha visto esta película antes, y siempre termina igual: mientras la administración calla, el rumor engorda; y cuando por fin alguien decide hablar, ya no alcanza ni el desmentido más sincero para apagar el incendio que dejó crecer el propio silencio.
Por eso insisto, y esta vez sin rodeos.
Que se publique, casa por casa, familia por familia —respetando los datos personales que la ley protege, pero sin esconderse detrás de esa protección para tapar lo que sí debe ser público— el criterio técnico que determinó quién es damnificado y quién no.
Que se publique el inventario completo de lo que entró, con fecha, con procedencia y con firma de quien lo recibió.
Que se publique quién autorizó cada entrega y bajo qué constancia.
Y que alguien explique, de una vez por todas, por qué la bodega de la solidaridad de un pueblo entero terminó siendo el la sala de una casa particular.
Y ya que estamos pidiendo cosas, pidamos también la más fácil de todas, la que no cuesta ni un peso porque ya está pagada hace rato: la página web institucional de la Alcaldía.
Porque resulta que Salamina sí tiene un sitio web. Existe, funciona, alguien lo administra y alguien le paga el hosting todos los meses con plata de todos. Y sin embargo, cuando uno entra a buscar información sobre la emergencia, lo que encuentra es lo de siempre: un aviso genérico, una que otra foto institucional y, en el mejor de los casos, un comunicado de párrafo y medio que no dice ni de dónde vino la ayuda ni a dónde fue a parar.
¿Para qué sirve entonces esa página?
¿Para qué le sirve al ciudadano de San Félix, al de Portachuelo o al del centro, si cuando más la necesita —en plena emergencia— resulta ser una vitrina vacía?
Este Timoteo no está pidiendo un milagro tecnológico. No hace falta contratar una plataforma costosa ni inventar un sistema del otro mundo. Basta con crear, dentro de esa misma página que ya existe, una sección visible, permanente y de fácil acceso, dedicada exclusivamente al terremoto: el balance de daños, el consolidado de ayudas recibidas, su procedencia, los inventarios, los criterios de selección de beneficiarios y el registro de entregas, todo actualizado con la frecuencia que exija la emergencia y respetando, claro está, los datos personales que la ley protege. Alli debe estar la Gaceta Municipal de ley.
Eso no es un lujo. Eso es lo mínimo que se le debe a un pueblo que perdió techos, que perdió tranquilidad y que, para colmo, tiene que perder también horas enteras en el parque tratando de averiguar por chisme lo que debería estar publicado con dos clics.
Si la información oficial no cabe en una página que ya está pagada, entonces sí que hay que preguntarse qué es lo que sobra: si el presupuesto para mantenerla o la voluntad de usarla.
Salamina no perdió solamente techos con este terremoto.
Corre el riesgo de perder también la confianza, que es mucho más difícil de reconstruir que una pared.
Y esa reconstrucción, a diferencia de la otra, no la paga ni el Gobierno Departamental ni el Gobierno Nacional ni ninguna fundación.
Esa la tiene que pagar, con hechos y con documentos, quien hoy tiene la obligación de administrar lo público.
Mientras tanto, Timoteo sigue en su banca del parque, con el tinto enfriándose y la oreja bien puesta, esperando a ver si esta vez la respuesta llega antes que el siguiente rumor.
Un comentario
Tello, toda la razon, concedida.