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A Cali llegó un sueño de cartón, y el tango le robó el corazón.

Antonio llega a los dieciocho años al histórico café Real Madrid, en el centro de Cali, donde encuentra techo, oficio y una segunda familia. Entre las mesas de billar, el salón principal y una rocola de monedas nace su amor por el tango. Allí también vive una historia de dos años con Liliana, una copera del salón, en un relato de nostalgia, música y madurez temprana.
Eleuterio Gómez codirector

Antonio tenía dieciocho años cuando llegó a Cali con una maleta de cartón y el nombre de un café que alguien le había mencionado alguna vez en una plaza de pueblo, y ese nombre era Real Madrid, y ese café quedaba en pleno centro de la ciudad, entre el ruido de los buses viejos y el olor a fritanga que subía de las esquinas, y era, según decían los que sabían de esas cosas, uno de los establecimientos más tradicionales que había, un lugar donde se cruzaban los billaristas de toda la vida, los parroquianos del almuerzo ejecutivo, los trasnochadores de closet y los curiosos que solo entraban a mirar. Sus padres eran campesinos de tierra fría, gente de manos curtidas y palabras cortas, y Antonio se había independizado de esa vida de surcos y madrugadas heladas con la misma determinación silenciosa con la que su padre araba la tierra, y por eso, cuando llegó al café buscando trabajo y le ofrecieron no solo un oficio sino también un techo, sintió que la vida le estaba haciendo una seña, un guiño que no pensaba desperdiciar. El café tenía tres cuerpos, como si fuera un organismo con órganos distintos que funcionaban a horas distintas y con gente distinta, y Antonio aprendió pronto a distinguirlos: al fondo, el restaurante, que olía a sudado de gallina y a café recién colado desde las seis de la mañana; a un costado, el salón de billar, con sus diez mesas alineadas bajo lámparas de pantalla verde que parecían ojos vigilantes; y al frente, el salón principal, ancho y solemne, con capacidad para cuarenta mesas de cuatro sillas cada una, un salón que de día parecía una simple cafetería y que de noche se transformaba en otra cosa, en un territorio con reglas propias que solo entendían los que se quedaban hasta el amanecer.

Como no tenía dónde vivir, Antonio se instaló en el altillo, ese entrepiso escondido sobre el salón principal al que se subía por una escalera angosta de madera que crujía bajo los pies, y allí había tres dormitorios pequeños, casi celdas, con una ventana que daba a los tejados de zinc del centro, y en uno de esos cuartos vivía Honorio, un hombre afrodescendiente de risa profunda y manos grandes que trabajaba como aseador del café y que, con el paso de los meses, se convirtió en el hermano mayor que Antonio nunca tuvo. Honorio y Antonio eran los encargados de cerrar el establecimiento por dentro, una tarea que no era cualquier cosa, porque cerrar el Real Madrid significaba esperar a que se fueran los últimos billaristas tercos, a que se apagaran las conversaciones de las mesas del fondo del salón principal, a que los clientes más renuentes decidieran por fin que la noche había terminado, y eso ocurría casi siempre entrada la madrugada, a eso de las dos o las tres, cuando la ciudad entera parecía dormida menos ese rincón del centro que insistía en seguir despierto. Después de cerrar, Honorio y Antonio subían al altillo casi arrastrando los pies, y muchas noches se sentaban un rato en el corredorcito de tablas a fumar y a hablar de nada, de todo, de las mujeres que habían pasado esa noche por el salón, de los pueblos de donde venían los dos, de la nostalgia que a esa hora se volvía más honda y más mansa.

El café abría todos los días a las diez de la mañana, y quien abría era don Diego, tío de Fabio, el dueño, un hombre menudo y metódico que se sentaba tras la caja registradora con la puntualidad de un reloj suizo, y era él quien recibía el primer peso del día y quien llevaba, con una letra apretada en un cuaderno forrado en papel de regalo, las cuentas generales del establecimiento. Las mesas de billar tenían su propio orden aparte, administradas por Enrique, un hombre de bigote entrecano que liquidaba los tiempos jugados con una regla de cálculo que llevaba siempre en el bolsillo de la camisa, y que luego pasaba esas cuentas al cajero general para que las sumara al total del día; cada mesa de billar tenía a su lado dos mesitas más pequeñas con sillas, donde los jugadores dejaban sus cervezas y sus cigarrillos mientras tiraban sus carambolas, y esas mesas estaban numeradas del uno al diez, cada una con su letra A y su letra B para las fichas de consumo, de modo que el mesero podía decir simplemente tres A y todo el mundo sabía de qué mesa y de qué consumo se trataba. El restaurante, por su parte, era dominio de María Daniela, una mujer de las que mandan sin necesidad de alzar la voz, arrendataria del espacio, que abría formalmente al público a las diez pero que en realidad llegaba mucho antes, a eso de las seis de la mañana, con su cuadrilla de empleadas, a encender los fogones y a picar la verdura para el almuerzo, y el servicio de mesas se extendía hasta las ocho de la noche, la misma hora en que cerraba también el servicio de las mesas de billar, como si a esa hora el café respirara hondo y se preparara para su segunda vida, la de la noche.

Porque el salón principal, ese sí, no conocía horario fijo de cierre, y su ritmo dependía enteramente de los clientes, de cuánto quisieran quedarse, de cuánto quisieran beber, de cuánto quisieran hablar, y las mesas de ese salón eran atendidas por unas mujeres a las que todo el mundo llamaba, con esa costumbre popular de nombrar las cosas sin demasiada delicadeza, coperas, mujeres que trabajaban por turnos de ocho horas, unas desde las diez de la mañana y otras desde las dos de la tarde hasta bien entrada la madrugada, y las del turno de la noche, cuando terminaba su jornada a eso de las dos, tenían la costumbre, si así lo querían, de quedarse departiendo con algún cliente, sin que eso fuera obligación de nadie sino apenas una costumbre tolerada, una zona gris que el café permitía porque así había sido siempre y porque nadie tenía interés en cambiar las cosas. Fue en ese salón, entre el humo de los cigarrillos y el tintineo de los vasos, donde Antonio, ya con diecinueve años cumplidos y un año entero de rodar entre las mesas y las fichas de consumo, conoció a Liliana.

En una esquina del salón principal, un poco apartada de las mesas pero visible desde cualquier rincón, había una rocola grande y luminosa, de esas que los clientes alimentaban con monedas para que sonara la música que ellos mismos elegían, y fue frente a esa rocola, en los ratos muertos entre mesa y mesa, donde Antonio empezó, casi sin darse cuenta, a educarse el oído, porque los clientes más asiduos del salón, hombres de bigote y de saco a pesar del calor, tenían debilidad por los tangos y las milongas, y ponían una moneda tras otra para escuchar a Gardel, a Julio Sosa, a las orquestas de Pichuco y de Di Sarli, y Antonio, que al principio solo oía ese lamento extranjero como un ruido de fondo más entre el golpe de las bolas de billar y el tintineo de los vasos, fue quedándose poco a poco atrapado en esa música que hablaba de puertos y de traiciones y de mujeres que se iban, y empezó a pedirles a los mismos clientes que le explicaran de qué hablaban las letras, quién era tal cantante, por qué esa orquesta tocaba distinto a la otra, hasta que la rocola del Real Madrid se convirtió, sin que nadie lo planeara, en la primera escuela de tango de Antonio, una escuela de monedas y de madrugadas que él no abandonaría jamás, ni siquiera cuando dejó atrás el café y sus mesas numeradas, porque ese amor por el tango, nacido en una esquina de un salón lleno de humo, terminaría acompañándolo toda la vida, hasta convertirlo, ya anciano, en una verdadera autoridad de la milonga, alguien a quien la gente consultaba para saber el origen exacto de una letra o el nombre olvidado de una orquesta, como si aquella rocola de monedas le hubiera entregado, sin que él lo supiera entonces, el oficio silencioso que habría de acompañarlo hasta el final de sus días.

Liliana llevaba más tiempo que él trabajando en el salón principal, y tenía esa manera de moverse entre las mesas que solo se aprende después de mucho andar esos mismos pasos, una gracia cansada, si es que existe esa palabra, una elegancia que no necesitaba adornos porque ya había sido suficientemente golpeada por la vida como para no necesitar fingir nada. Antonio la había visto durante meses sin verla realmente, como quien mira un cuadro que siempre ha estado colgado en la misma pared y por costumbre deja de notarlo, hasta que una madrugada de esas en que el salón se vaciaba lentamente y solo quedaban las mesas del fondo con los clientes más tercos, Liliana se sentó a su lado en la barra a esperar que terminara su turno, y le habló de su pueblo, un pueblo del norte del Valle que ella nombraba con una nostalgia parecida a la que Antonio sentía por su propia tierra fría, y esa noche, sin que ninguno de los dos lo planeara, algo se corrió de lugar entre ellos, algo que no tenía nombre todavía pero que ya no se podía deshacer. Empezaron a buscarse en los ratos muertos, en los minutos entre una mesa y otra, en los cigarrillos compartidos en la escalera del altillo cuando ya todo el café dormía menos ellos dos, y Honorio, que veía todo desde su silencio bondadoso, nunca dijo una palabra, apenas sonreía cuando los veía subir juntos y se hacía el que miraba para otro lado, como corresponde a los hombres que han aprendido a guardar los secretos ajenos como si fueran propios.

Lo de Antonio y Liliana no fue un amor de esos que se anuncian a gritos ni que buscan reconocimiento delante de nadie, fue más bien una costumbre honda, un refugio que los dos se armaron entre las paredes de ese café que era, a la vez, el mundo entero y una cárcel amable, porque afuera de esas paredes ninguno de los dos tenía mucho más, ella con su turno de la noche y su historia guardada bajo llave, y él con su altillo y sus padres campesinos allá lejos, y por eso cuando el turno de Liliana terminaba a las dos de la madrugada, ella se quedaba, no siempre, pero sí muchas veces, departiendo primero con algún cliente por costumbre y por decoro del oficio, y después, ya cuando el salón se apagaba del todo y Honorio y Antonio cerraban las puertas por dentro, subiendo despacio la escalera del altillo hasta el cuarto de Antonio, donde el techo bajo de zinc calentado por el sol del día anterior todavía guardaba un poco de tibieza. Allí, entre las cuatro tablas de ese cuarto que apenas alcanzaba para un catre y un ropero desvencijado, se querían con esa urgencia particular de quienes saben que el tiempo no les pertenece del todo, que las horas están prestadas, que el amanecer siempre viene a interrumpir lo que la noche había empezado a construir.

Pasaron así dos años enteros, con la misma cadencia de las mesas numeradas y las fichas de consumo, con los mismos rituales de cierre a las dos o las tres de la madrugada, con don Diego abriendo cada mañana a las diez como si el mundo no hubiera girado ni un poco, con María Daniela llegando a las seis a encender los fogones del restaurante, con Enrique liquidando los tiempos de billar hasta que el reloj marcaba las ocho de la noche, y en medio de esa maquinaria perfecta y repetida, Antonio y Liliana construyeron algo que nadie más veía del todo pero que los sostenía a los dos, un amor de retazos, hecho de madrugadas y de silencios compartidos, de cigarrillos en la escalera y de las pocas palabras que se dicen cuando ya no hace falta decir más. Y así como había empezado, sin anuncios ni ceremonias, así también terminó, porque llegó el día en que Antonio, después de tres años completos de vivir entre esas paredes, sintió que el café ya no tenía más que enseñarle, que la vida allá afuera lo llamaba con la misma insistencia con la que alguna vez lo había llamado ese nombre extraño, Real Madrid, escrito en un letrero desteñido sobre una puerta del centro de Cali. Se despidió de Honorio con un abrazo largo, de esos que no necesitan palabras, y de Liliana se despidió también, con la certeza tranquila de quien sabe que algunas cosas no se pierden del todo aunque se dejen atrás, sino que quedan guardadas, como las fichas de consumo del salón principal, numeradas y ordenadas, esperando pacientemente a que alguien, alguna vez, en una madrugada cualquiera del recuerdo, vuelva a mirarlas.

Muchos años después, cuando Antonio ya era un anciano de manos lentas y memoria clara, y su nombre se pronunciaba con respeto en las tertulias donde se hablaba de tango como quien habla de un evangelio, a nadie que lo escuchara disertar sobre la voz quebrada de Julio Sosa o sobre las diferencias entre una orquesta y otra se le hubiera ocurrido pensar que aquel saber tan fino, tan estudiado en apariencia, había nacido frente a una rocola de monedas en un salón lleno de humo, en las noches largas de un café del centro de Cali donde un muchacho de dieciocho años, recién llegado del campo, aprendió a distinguir un compás de otro mientras esperaba que amaneciera. Y si alguna vez alguien le preguntaba a Antonio dónde había aprendido tanto de tango, él sonreía apenas, con esa sonrisa lenta de los viejos que guardan más de lo que cuentan, y decía solamente que había tenido un buen maestro, sin nombrarlo, sin decir que ese maestro no era una persona sino una máquina de luces y monedas, y una ciudad entera que a esa hora de la madrugada solo tenía tiempo para la música y para los recuerdos.

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