Don Tello Cuenta… Los dieciseisavos dejaron un mensaje claro: aquí ya no gana el nombre, gana el fútbol
Hay una vieja frase que los aficionados al fútbol repiten cada cuatro años con la puntualidad de un ritual: «el Mundial empieza de verdad cuando se acaba la fase de grupos». Es una de esas verdades que el tiempo ha ido confirmando edición tras edición, pero este Mundial de 2026 no solo la confirmó sino que la elevó a otra dimensión, porque los dieciseisavos de final que acabamos de presenciar fueron algo más que una ronda de eliminación directa, fueron una declaración de principios sobre el estado actual del fútbol mundial, una demostración colectiva y contundente de que el viejo orden donde los grandes ganaban sin demasiado esfuerzo y los pequeños llegaban conformes con haber participado es, definitivamente, historia del pasado.
El nuevo formato con 48 selecciones generó muchas dudas antes del torneo, y esas dudas eran comprensibles, porque ampliar el número de participantes tiene el riesgo de diluir la calidad, de inflar la competencia con selecciones que no están al nivel y de convertir los primeros partidos en trámites sin demasiado dramatismo, pero lo que estos dieciseisavos demostraron con una claridad que no admite argumentos es que el fútbol mundial se ha equilibrado de una manera que hace apenas dos décadas habría parecido improbable, y que hoy las selecciones africanas, asiáticas y de la CONCACAF no llegan a los grandes torneos únicamente a competir con dignidad sino convencidas, con argumentos técnicos y tácticos reales, de que pueden eliminar a cualquiera, incluidos los candidatos históricos al título.
Los grandes sobrevivieron a esta ronda, sí, pero ninguno lo hizo caminando ni con la comodidad de quien resuelve un trámite sin despeinarse, porque Brasil tuvo que trabajar con seriedad para superar a un Japón disciplinado y ordenado que no le regaló absolutamente nada, y Argentina necesitó toda su jerarquía y la claridad de sus individualidades más brillantes para doblegar a un Cabo Verde que compitió de igual a igual durante largos tramos del partido, y Portugal sufrió ante una Croacia que llegó sin favoritismos y se fue dejando la impresión de que en cualquier otro día el resultado podría haber sido distinto, mientras England apenas resolvió su compromiso frente a la República Democrática del Congo en un partido que los ingleses soñaban más cómodo y que terminó siendo un ejercicio de resistencia colectiva, y Bélgica tuvo que exigirse al máximo contra un Senegal que jugó sin complejos y sin respeto reverencial a ningún escudo ni a ninguna historia, y en ese contexto de dificultades generalizadas para los favoritos, Alemania y Países Bajos quedaron eliminados en las tandas de penales, dejando la certeza de que en este Mundial ya no existen partidos fáciles para nadie, y que quien salga a la cancha pensando que el apellido del rival lo hace más manejable probablemente esté en un avión de regreso a casa antes de lo planeado.
Marruecos volvió a demostrar que lo que hicieron en Catar 2022, llegar hasta las semifinales y dejar al mundo con la boca abierta, no fue el resultado de una alineación de astros improbable sino la expresión de un proyecto futbolístico serio, coherente y con raíces profundas, y Egipto sobrevivió desde el punto penal con esa mezcla de nervio y sangre fría que solo tienen los equipos que han aprendido a convivir con la presión sin que los paralice, y Paraguay protagonizó quizás la sorpresa más contundente de la ronda al dejar en el camino a Alemania en una eliminación que nadie tenía en sus pronósticos pero que el fútbol preparó con su habitual desprecio por los guiones escritos de antemano, y en todas esas historias hay un denominador común que vale la pena subrayar porque define el espíritu de este torneo: la diferencia entre ganar y quedar eliminado ya no depende solamente del talento individual o del presupuesto de la federación, depende de la concentración sostenida durante noventa minutos, de la disciplina táctica que permite no perder la forma cuando el partido se complica, y de la capacidad para manejar la presión de una eliminación directa sin que los músculos y la cabeza se pongan en contra al mismo tiempo.
Colombia cumplió el primer gran objetivo de esta fase y lo hizo con la solidez que ha caracterizado su participación en el torneo, porque la victoria 1-0 sobre Ghana con gol de Jhon Arias le permitió instalarse entre las dieciséis mejores selecciones del campeonato y continuar en carrera hacia algo que el país cafetero no ha logrado todavía en su historia mundialista, pero más allá del resultado el partido dejó sensaciones encontradas que merecen una lectura honesta, porque Colombia volvió a mostrar una estructura defensiva sólida y un mediocampo disciplinado capaz de controlar el desarrollo del juego durante largos tramos del encuentro, y en un torneo donde un error puede significar el boleto de regreso a casa esa fortaleza defensiva no es un detalle menor sino un activo genuinamente valioso que muchas selecciones con más historia y más recursos no han logrado construir con la misma consistencia, pero también quedó en evidencia que el equipo aún tiene un margen importante para crecer en la elaboración ofensiva, porque después del gol de Arias la Selección administró el partido con inteligencia pero por momentos renunció a imponer sus condiciones y permitió que Ghana permaneciera con vida hasta el pitazo final en un partido que pudo y debió resolverse con mayor claridad y con argumentos más contundentes.
Jhon Arias se ha convertido, quizá sin hacer demasiado ruido mediático y sin ocupar los titulares que suelen reservarse para otros, en uno de los futbolistas más determinantes del equipo colombiano en este torneo, porque su movilidad constante, su intensidad sin descanso y su capacidad para romper líneas en el momento justo están compensando los momentos más discretos de otros hombres que llegaron al torneo con la expectativa de ser los líderes del ataque, y esa evolución colectiva donde el equipo no colapsa cuando una pieza no rinde al máximo habla bien de la solidez del grupo y de un entrenador que ha logrado construir un equipo en el sentido más literal de la palabra, donde las responsabilidades se distribuyen y donde nadie está exento de responder cuando el partido lo pide, aunque también es cierto que la lesión de Jhon Durán genera una preocupación real que no conviene minimizar, porque en las fases de eliminación directa perder variantes ofensivas siempre representa un desafío adicional que complica la tarea del entrenador y reduce las opciones para cambiar el partido cuando el guión no sale como se esperaba.
El próximo desafío será Suiza, y Suiza es exactamente el tipo de rival que no te deja dormitar ni un segundo durante noventa minutos, porque los suizos han construido históricamente sus mejores campañas mundialistas sobre el orden casi matemático, la disciplina táctica sin fisuras y una paciencia que desespera a los rivales acostumbrados a imponer su fútbol desde el primer minuto, y eliminaron a Argelia con autoridad dejando claro que llegan a esta instancia con una defensa muy bien organizada y con la convicción de que si el partido llega a los últimos minutos igualado tienen las herramientas para resolverlo, lo que significa que para Colombia este será un examen completamente distinto al de Ghana, un examen donde no bastará con esperar el error del rival y donde será absolutamente necesario tener mayor circulación de balón, más movilidad entre líneas y una eficacia muy superior en el último tercio del campo, porque Suiza no te va a regalar espacios y si Colombia no los genera con inteligencia colectiva el partido puede volverse un ejercicio de frustración ofensiva que los suizos saben administrar mejor que nadie.
El panorama general del torneo después de los dieciseisavos quedó completamente abierto, con Francia manteniendo un nivel muy alto, España creciendo partido a partido, Brasil conservando su candidatura natural, Argentina respaldada en la jerarquía de sus individualidades, Inglaterra y Portugal todavía en carrera con argumentos reales, y sin embargo ninguno de esos equipos transmite esa sensación de superioridad absoluta que tuvieron otras selecciones en otros Mundiales, esa certeza casi matemática de que salvo un accidente mayúsculo el campeón ya está decidido antes de que empiece la semifinal, y esa apertura convierte este Mundial de 2026 en uno de los más impredecibles y más emocionantes de las últimas décadas, en un torneo donde cualquier selección que llegue a cuartos con los deberes hechos tiene razones genuinas para creer que puede llegar más lejos.
Los Mundiales no se recuerdan únicamente por los campeones, y eso es algo que el tiempo confirma con cada edición, porque en la memoria colectiva del fútbol también viven esos equipos que supieron crecer cuando el torneo comenzó a exigir personalidad, carácter y la capacidad de responder cuando la presión aumenta y los márgenes se reducen, y Colombia ya cumplió el primer gran objetivo de mantenerse con vida en la competencia más exigente del planeta, pero a partir del partido contra Suiza comienza otra competencia, la que separa a los buenos equipos de los equipos que hacen historia, la que exige no solo defender bien sino también creer con convicción que se puede imponer el propio fútbol, y en ese desafío está la pregunta más interesante que este torneo le hace a la Selección Colombia: ¿tiene este equipo lo necesario para dar ese paso que los separa de ser una selección respetable y convertirse en una selección recordada?
Porque en este Mundial de 2026 quedó demostrado, con más claridad que nunca, que los escudos pesan menos que nunca. Lo que realmente pesa son las decisiones que cada selección toma durante noventa minutos. Y Colombia, frente a Suiza, tendrá la oportunidad de demostrar si está preparada para tomar las correctas.