Hay partidos que uno ve con los ojos y hay otros que uno los vive con el estómago, con esa mezcla de tensión y maravilla que solo el fútbol sabe provocar en quienes llevamos décadas amándolo sin explicación racional, y yo lo amo desde adentro porque en mi juventud jugué mucho fútbol y fui arquero, un buen arquero según me decían los amigos, admirado en la cancha del pueblo y todavía recordado por quienes compartieron conmigo aquellas tardes de pelota de cuero, y eso le da a uno una manera distinta de ver el juego, una manera que va más allá del resultado y que entiende el esfuerzo, el miedo, la adrenalina y la gloria pequeña de cada jugada, y los cuartos de final de este Mundial 2026 fueron exactamente eso, cuatro historias distintas contadas con estilos diferentes pero con un denominador común que no deja lugar a dudas: llegaron los mejores, se quedaron los mejores, y lo que viene de aquí en adelante promete ser de aquellas noches que uno recuerda durante años.
Porque estos cuartos de final no dejaron sorpresas ni intrusos inesperados en la mesa de los grandes, y eso en el fútbol moderno ya es en sí mismo un dato extraordinario, porque los últimos torneos nos habían acostumbrado a que siempre aparece alguien que rompe el guión y manda a casa a un candidato antes de tiempo, pero esta vez no, esta vez las cuatro selecciones mejor rankeadas del mundo están en semifinales, Francia, España, Argentina e Inglaterra, y eso no había ocurrido nunca antes en la historia de los Mundiales, lo que convierte a este torneo en algo único que los libros de fútbol van a recordar independientemente de quién levante la copa al final.
Francia llegó a semifinales de la manera más francesa posible, con esa elegancia fría y calculada que tienen los equipos que no necesitan impresionar a nadie porque saben perfectamente lo que valen, y su victoria 2-0 sobre Marruecos en Boston fue un ejercicio de paciencia táctica que en el primer tiempo tuvo a todos conteniendo la respiración porque Marruecos aguantó con esa solidez defensiva que los ha convertido en el equipo revelación de los últimos dos Mundiales, y encima el portero Bounou le atajó un penal a Mbappé a los 28 minutos, en uno de esos momentos en que el fútbol decide ponerse difícil para quien más brilla, pero Mbappé es de esos jugadores que no se quiebran con una adversidad sino que la convierten en motivación, y cuando llegó el segundo tiempo fue él quien abrió el marcador a los 60 minutos y quien asistió a Dembélé para el 2-0 seis minutos después, y Marruecos sin Ismael Saibari nunca encontró el camino ofensivo que le habría permitido complicar las cosas, y Francia avanzó con la tranquilidad de quien sabe que tiene más recursos de los que necesita mostrar en una sola noche.
España me tiene completamente enamorado en este torneo, y lo digo con el conocimiento de alguien que ha visto muchos Mundiales y que sabe distinguir entre un equipo que juega bonito y un equipo que juega bien, porque España hace las dos cosas al mismo tiempo con una naturalidad que parece sencilla pero que es el resultado de años de trabajo y de una filosofía futbolística que se respira en cada jugador desde el primero hasta el último del banco, y su victoria 2-1 sobre Bélgica fue un partido que tuvo de todo, el gol de Fabián Ruiz a los 30 minutos en una jugada iniciada por el extraordinario Lamine Yamal, el empate de De Ketelaere a los 41 que además terminó con una racha de 649 minutos sin recibir gol que tenía Unai Simón en los Mundiales, y Bélgica compitiendo de verdad y manteniendo viva la esperanza hasta el minuto 71 cuando Courtois se fue lesionado y su reemplazo Lammens dejó ese rebote fatal que aprovechó Mikel Merino para el 2-1 definitivo a los 88 minutos, y así es el fútbol a veces, cruel e inesperado, porque Bélgica mereció más de lo que el marcador finalmente le dio pero España tiene esa capacidad de los grandes equipos de resolver cuando más lo necesita.
Inglaterra me generó más dudas que certezas aunque al final avanzó, y lo digo con todo el respeto que me merece un equipo que tiene a Jude Bellingham, que es sencillamente uno de los mejores jugadores del mundo en este momento y que en este partido demostró por qué vale lo que vale, porque Inglaterra sufrió ante una Noruega que la puso en problemas desde el minuto 36 cuando Schjelderup la puso en ventaja pese a que los ingleses habían tenido más posesión, y fue Bellingham quien empató en el cierre del primer tiempo y fue Bellingham quien marcó el gol de la clasificación en el tercer minuto de la prórroga, y Noruega además tuvo un gol anulado a Haaland por una falta previa en una de esas decisiones del VAR que siempre generan controversia, pero lo cierto es que Inglaterra avanzó aunque el propio Tuchel reconoció que su equipo tiene que jugar con mayor rapidez y precisión si quiere tener opciones reales en semifinales contra Argentina, porque lo que viene no tiene nada que ver con lo que pasó hasta ahora.
Y Argentina, mi Argentina querida aunque no sea la mía de sangre sino la mía del corazón futbolero, me dio otro susto de los que ya me tienen acostumbrado en este torneo porque los cuartos de final ante Suiza fueron un partido que empezó bien con el gol de Mac Allister a los 10 minutos en un córner ejecutado por Messi, pero Suiza empató por medio de Ndoye a los 67 y el partido se puso tenso y complicado hasta que la expulsión de Embolo después de una revisión del VAR le dio a Argentina la superioridad numérica que necesitaba para resolver, aunque incluso con un hombre más tardó hasta el minuto 112 para que ocurriera algo que a este viejo arquero le erizó la piel de una manera que hacía tiempo no sentía, porque Julián Álvarez sacó un disparo desde fuera del área que no fue simplemente un gol sino una obra de arte futbolística, de esas que uno ve una vez cada mucho tiempo y que se quedan grabadas para siempre en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de verlas, comparable sin ninguna exageración con aquel gol magistral que James Rodríguez le marcó a Uruguay en el Mundial de Brasil 2014, ese zurdazo de primera que fue catalogado como el gol más bello de ese torneo y que todavía hoy se reproduce en todas las compilaciones de los mejores momentos del fútbol mundial, y si ese gol de James fue el más bello de Brasil 2014, el de Álvarez tiene todos los merecimientos para pelear ese mismo título en este Mundial 2026, porque hubo en ese disparo la misma mezcla de audacia, técnica e instinto que distingue a los goles que trascienden el resultado y se convierten en patrimonio del fútbol, y Lautaro Martínez cerró el 3-1 definitivo para confirmar que Argentina siempre encuentra la manera de avanzar aunque el camino no sea el más cómodo ni el más elegante, y eso también es un mérito enorme porque en un Mundial cualquier victoria es una victoria y cualquier clasificación es sagrada.
Las semifinales que vienen son un regalo para cualquier amante del fútbol que tenga la fortuna de verlas, y yo, que tengo casi ochenta años y algunas dolencias que me recuerdan cada día que el tiempo pasa, las voy a ver con esa intensidad especial de quien sabe que cada partido grande es un privilegio que hay que disfrutar hasta el último segundo, porque Francia contra España es el choque entre dos filosofías futbolísticas que representan lo mejor del fútbol europeo moderno, la frialdad letal de los franceses contra la elegancia posesional de los españoles, y Argentina contra Inglaterra tiene además una carga que va mucho más allá del fútbol y que cualquier argentino lleva tatuada en el alma desde el 2 de abril de 1982, porque entre estos dos países existe una herida histórica que nunca ha terminado de cerrar del todo, la disputa por las Islas Malvinas, ese archipiélago del Atlántico Sur que Argentina considera suyo por historia, por geografía y por derecho, y que Gran Bretaña ocupa militarmente desde que la guerra de 1982 terminó con la derrota argentina y con casi seiscientos cincuenta soldados jóvenes muertos en una guerra que el pueblo argentino todavía llora y todavía recuerda con una mezcla de dolor, orgullo y rabia que el tiempo no ha podido apagar, y eso convierte cada partido entre Argentina e Inglaterra en algo que trasciende el rectángulo de juego y se convierte en un asunto de identidad nacional, de memoria colectiva y de dignidad herida que bulle en el inconsciente popular argentino cada vez que los dos países se cruzan en cualquier escenario, y por eso cuando en 1986 Maradona metió primero la mano y después el talento para eliminar a Inglaterra en México, millones de argentinos no solo celebraron un gol de fútbol sino que sintieron que algo de aquella deuda histórica se cobraba de otra manera, en una cancha y no en una guerra, con una pelota y no con fusiles, y ahora cuarenta años después se vuelven a ver las caras en Atlanta con esa misma carga simbólica vibrando en el ambiente, sin Maradona y sin Messi en plenitud física pero con la misma intensidad de siempre y con un pueblo argentino que sabe perfectamente que ese partido no es solo un partido de futbol. El Mundial sigue, y Don Tello también.
Un comentario
Coincido con usted, quedaron los mejores. Quien obtenga el anhelado título es muy merecedor del mismo.