Uno aprende, parado bajo los tres palos, que hay una regla que no falla: el partido se gana o se pierde, pero siempre hay que quedarse hasta el pitazo final con la cabeza en alto. Yo até guantes muchos domingos en canchas de pueblo, y si algo me enseñó ese lugar solitario del arco es que la derrota se sostiene de pie, mirando al rival a los ojos, no de espaldas, gritando que el árbitro estaba comprado.
Por eso me cuesta tanto ver lo que está pasando en Colombia en este último mes de gobierno de Gustavo Petro. Porque un presidente que se va también es, a su manera, un arquero que entrega el arco. Y hay formas de entregarlo: con el gesto correcto al que llega, reconociendo el resultado, o revolcándose en el pasto, protestando cada jugada como si el marcador no fuera real.
Colombia votó el 21 de junio. Hubo un ganador: Abelardo de la Espriella, certificado como presidente electo por la misma Registraduría que en 2022 avaló, sin que nadie la cuestionara desde la Casa de Nariño, el triunfo del propio Petro. Y ahí está la primera falta que yo, como exguardameta, no le perdono a nadie en una cancha: cambiar de reglamento según el resultado. La institución que sirve cuando gano y que se vuelve sospechosa cuando pierdo no es un árbitro cuestionado de buena fe; es un pretexto.
Cuatro años estuvimos el país entero haciendo de comentaristas obligados de un partido que nunca terminaba de jugarse en la cancha y siempre se jugaba en el trino. Aprendimos a descifrar, a traducir, a buscarle lógica a lo que muchas veces no la tenía. Mientras tanto, el Congreso y las cortes hicieron el trabajo sucio de la defensa: frenaron reformas mal paradas, contuvieron excesos, sostuvieron el arco cuando el mediocampo del propio gobierno no alcanzaba a cubrir. Ese trabajo no debería ser la hazaña de cada semana en una democracia sana; debería ser, apenas, la rutina.
Y ahora, en el último mes, en lugar de la despedida que un estadista se debe a sí mismo, tenemos a un presidente atrincherado en redes, sembrando dudas sobre el conteo, poniendo en entredicho a la misma autoridad electoral que certificó su propio triunfo hace cuatro años. Es cierto —hay que decirlo con la misma disciplina con la que uno reconoce un gol en contra— que Petro terminó declarando que acata las decisiones de los jueces y que abrió el empalme con el gobierno entrante. Pero ese gesto, forzado por la presión pública y militar, llegó tarde, después de semanas de ruido que no eran gratuitas: sembraron duda donde no debía haberla, y obligaron al país entero a preguntarse si el balón se iba a entregar en paz.
Por eso, viejo, yo también me apunto a la propuesta de bajarle el volumen. No es callarlo, que hable todo lo que quiera; ese micrófono es suyo mientras dure el cargo. Pero nosotros, los que estamos del otro lado, ya no tenemos por qué correr detrás de cada pelota que patea al aire. Un arquero que protesta cada jugada termina jugando solo, hablándole a una tribuna que ya se fue a la casa.
Petro llegó prometiendo un cambio que unía. Se va dejando la estampa de alguien que no supo hacer lo único que se le exige a un presidente saliente: entregar el arco con la frente en alto. Ese, y no otro, es el balance más triste de sus cuatro años.
Que hable. Pero que lo haga sin nuestro aplauso, y sobre todo, sin nuestra atención.