Don Tello Cuenta
Messi escribe otra página inmortal mientras Mbappé acelera la persecución
Messi, el maestro que sigue escribiendo su propia leyenda
Queridos amigos, cada Mundial tiene sus historias. Algunas duran apenas un partido, otras sobreviven una semana, y unas pocas, muy pocas, terminan convirtiéndose en leyenda pura. Hoy quiero hablarles precisamente de una de esas historias que algún día les contaremos a nuestros nietos diciendo simplemente: «yo lo vi».
Porque esta semana no asistimos a un partido de fútbol más. Fuimos testigos de un capítulo histórico que se escribió ante nuestros propios ojos, en el Arrowhead Stadium, con más de sesenta y nueve mil espectadores conteniendo la respiración. Lionel Messi, el pequeño gigante de Rosario, volvió a desafiar el paso del tiempo y firmó una página que quedará grabada para siempre en la memoria de los Mundiales.
Faltan apenas ocho días para que cumpla 39 años cuando salió a la cancha en el debut de Argentina frente a Argelia, en lo que significaba además algo que ningún futbolista había logrado jamás: convertirse en el primer jugador en disputar seis ediciones de la Copa del Mundo. Veinte años después de haber debutado en Alemania 2006, siendo apenas un adolescente desbordante de talento, el rosarino volvía a pisar el césped mundialista, ahora como capitán, como leyenda viva, como el hombre que ya lo ha ganado todo y que sin embargo seguía teniendo hambre.
El partido empezó con una advertencia. A los pocos minutos, Argelia creyó haber abierto el marcador con un gol de Fares Chaibi, pero el VAR detectó una posición adelantada y anuló la conquista. Fue, según contarían después los cronistas, el aviso que despertó al campeón del mundo. Messi también había probado suerte temprano, con un remate que terminó en el fondo de la red pero que el árbitro invalidó por fuera de juego. El propio capitán argentino, consciente de la posición ilegal, ni siquiera protestó la decisión.
Pero lo que parecía un duelo de tanteo se rompió en el minuto diecisiete. Rodrigo De Paul encontró un pase filtrado hacia el área, Messi avanzó unos metros con esa calma que ya es marca registrada, y sacó un disparo potente desde fuera del área que se clavó en el ángulo. El estadio explotó. Y quienes estaban cerca del campo contarían después algo que conmovió a todos: el propio Messi se emocionó hasta las lágrimas al momento de celebrar, como si supiera que estaba abriendo, con ese gol, su último gran tango en una Copa del Mundo.
El segundo llegó pasada la hora de juego. Un rebote dentro del área, una definición fría y precisa, y el dos a cero que ya empezaba a acercar a Argentina a una victoria cómoda. Pero el verdadero clímax de la noche estaba reservado para el minuto setenta y seis. Messi recibió otro pase filtrado, se perfiló dentro del área con esa elegancia que parece no envejecer nunca, y definió con precisión milimétrica para completar el triplete. El estadio, esta vez, no explotó: directamente se desbordó.
No era un gol más. Era historia pura.
Con esas tres conquistas, Messi llegó a los dieciséis goles en Copas del Mundo, igualando una marca que durante años pareció completamente intocable: el récord histórico que pertenecía en solitario al alemán Miroslav Klose. Una cifra construida partido tras partido, Mundial tras Mundial, durante casi dos décadas de competencia al máximo nivel, algo que ningún otro futbolista en la historia del torneo había conseguido sostener con tanta continuidad.
Y como si la noche no tuviera suficientes capítulos para el libro de récords, las estadísticas siguieron apareciendo después del pitazo final. Messi se convirtió en el único jugador en la historia de la Copa del Mundo en haber marcado ante once selecciones diferentes a lo largo de su carrera mundialista. Y superó también al brasileño Rivelino como el futbolista con más goles anotados desde fuera del área en la historia completa del torneo.
Mientras Argentina celebraba, los estadísticos de todo el planeta corrían a revisar números y registros. Los periodistas perseguían cifras. Los aficionados compartían la noticia de continente a continente. En cuestión de minutos, el mundo entero comprendió que estaba presenciando historia en tiempo real, no historia que se cuenta después, sino historia que se vive mientras ocurre.
Sin embargo, toda gran historia necesita un protagonista secundario que mantenga viva la tensión narrativa. Y en este Mundial, ese papel parece reservado, una vez más, para Kylian Mbappé. El francés volvió a demostrar por qué tantos lo consideran el heredero natural de la grandeza futbolística mundial. Con un doblete frente a Senegal en su propio debut, el delantero llegó a los catorce goles mundialistas, acercándose peligrosamente a la cima de la tabla histórica y dejando claro, con su gesto serio al celebrar, que no piensa regalarle absolutamente nada a nadie en esta carrera silenciosa.
Resulta fascinante observar esa especie de duelo a distancia entre ambos. Por un lado está Messi, el maestro veterano que sigue ampliando una leyenda que muchos creían ya completa después de Catar 2022. Por el otro, Mbappé, el fenómeno francés que corre como si el futuro entero le perteneciera solamente a él. Uno juega con la cabeza antes que con las piernas, leyendo los espacios con una inteligencia que solo regalan las décadas de experiencia acumulada. El otro parece capaz de romper cualquier defensa simplemente acelerando, con esa potencia física que parece no tener techo.
Y nosotros, los espectadores de esta edición 2026, tenemos el privilegio enorme de verlos compartir escenario en el mismo torneo, quizás por última vez en el caso del argentino.
Las anécdotas alrededor de Messi ya empezaron a multiplicarse por todas las sedes del Mundial. Varios colegas periodistas comentaban, todavía con asombro en la voz, que decenas de voluntarios del torneo buscaban una fotografía con él no para subirla a redes sociales de inmediato, sino para guardarla como un recuerdo histórico que mostrarán dentro de veinte años diciendo, con orgullo: «yo estuve allí».
Y sinceramente, los entiendo perfectamente. Porque no todos los días se tiene la oportunidad de presenciar en vivo la carrera de una leyenda mientras todavía está escribiéndose, mientras todavía no sabemos cómo termina.
Hay otro detalle que me resultó revelador. Algunos periodistas más jóvenes, de esos que recién empiezan a cubrir estos torneos, confesaban que jamás habían cubierto una Copa del Mundo sin Lionel Messi presente. Para ellos, de alguna manera, Mundial y Messi son casi la misma palabra. Nunca conocieron un torneo de esta magnitud donde el argentino no estuviera ahí, disponible, expectante, listo para aparecer en el momento exacto.
Eso habla de una permanencia que pocas veces se ha visto en la historia de este deporte.
También vale la pena recordar, para poner las cosas en perspectiva, que el récord absoluto de goles en una sola edición sigue perteneciendo al francés Just Fontaine, quien anotó trece tantos en Suecia 1958, una cifra que en el fútbol moderno, con defensas mucho más organizadas y sistemas tácticos infinitamente más sofisticados, parece prácticamente imposible de igualar.
Todavía queda mucho torneo por delante. Habrá sorpresas, alegrías, decepciones, y seguramente nuevos nombres comenzarán a ocupar titulares que hoy nadie anticipa. Algunos favoritos tropezarán por el camino. Otros crecerán justo cuando nadie los esperaba. Así ha funcionado siempre el Mundial, y así seguirá funcionando mientras exista.
Pero pase lo que pase en las próximas semanas, ya tenemos una de las imágenes inolvidables de esta edición 2026: Lionel Messi levantando los brazos después de completar su triplete, consciente de que acababa de escribir otra página dorada para la historia del fútbol, mientras Lionel Scaloni decidía hacerlo descansar a diez minutos del final, y todo el estadio se levantaba para regalarle una ovación que parecía no querer terminar nunca.
Y mientras él se retiraba entre aplausos, allá abajo seguía Mbappé. Corriendo. Acelerando. Persiguiendo una leyenda que, contra todo pronóstico, sigue en movimiento.
Nosotros, mientras tanto, seguiremos aquí, disfrutando del espectáculo y contándolo cada día. Porque hay Mundiales que simplemente se juegan. Y hay Mundiales que se recuerdan para siempre.
Este, queridos amigos, empieza a parecerse mucho a los segundos.
Hasta la próxima.
Don Tello cuenta
El día en que los pequeños se cansaron de pedir permiso
Los Mundiales tienen una magia especial. Cada cuatro años aparecen historias que desafían la lógica, rompen las quinielas y recuerdan por qué el fútbol sigue siendo el deporte más impredecible del planeta. La jornada del 15 de junio en la Copa del Mundo 2026 fue una de esas fechas destinadas a quedar guardadas en la memoria de los aficionados.
No hubo goleadas espectaculares ni actuaciones individuales deslumbrantes que acapararan todos los titulares. Lo que ocurrió fue algo mucho más interesante: los llamados equipos pequeños decidieron plantarse frente a los gigantes y decirles que el respeto se gana en la cancha.
El resultado fue una cadena de empates que dejó desconcertados a analistas, apostadores y expertos. España igualó sin goles ante Cabo Verde, Bélgica empató 1-1 con Egipto, Uruguay terminó 1-1 frente a Arabia Saudita e Irán y Nueva Zelanda protagonizaron otro empate con cuatro goles. Cuatro partidos, cuatro igualdades y una misma sensación: los favoritos habían dejado escapar una oportunidad dorada.
La historia más llamativa de la jornada llegó desde el encuentro entre España y Cabo Verde. Sobre el papel parecía uno de los compromisos más desequilibrados de la fase de grupos. De un lado estaba una de las potencias tradicionales del fútbol europeo. Del otro, una selección debutante en una Copa del Mundo que apenas comenzaba a escribir su historia en el torneo.
Sin embargo, los papeles no siempre se cumplen cuando rueda la pelota.
España dominó la posesión, atacó durante gran parte del encuentro y generó ocasiones suficientes para llevarse los tres puntos. Pero se encontró con una resistencia inesperada. Cada intento español terminaba chocando contra una defensa ordenada y, sobre todo, contra una figura que terminó convirtiéndose en leyenda por una noche.
El arquero Vozinha, con 40 años de edad, protagonizó una actuación memorable. Mientras las figuras españolas buscaban abrir el marcador, el veterano guardameta respondía con atajadas que aumentaban la confianza de sus compañeros y la frustración de sus rivales. Con cada intervención crecía la sensación de que algo extraordinario estaba ocurriendo.
Cuando el árbitro señaló el final, los jugadores de Cabo Verde celebraron el empate como una victoria histórica. Y tenían razones para hacerlo. No todos los días una selección debutante consigue neutralizar a una potencia mundialista.
La actuación de Cabo Verde también dejó un dato que llamó la atención de los observadores del torneo. El equipo africano logró sostener el resultado sin recurrir al juego brusco, demostrando disciplina táctica y orden defensivo. Fue una muestra de que la organización puede convertirse en una herramienta tan poderosa como el talento individual.
Mientras tanto, en otro escenario mundialista, Bélgica tampoco encontró el camino sencillo que muchos imaginaban. Egipto presentó batalla desde el primer minuto y sorprendió a los europeos adelantándose en el marcador.
La selección africana jugó con personalidad, sin complejos y con una convicción admirable. Durante varios pasajes del encuentro dio la impresión de que la sorpresa podía ser aún mayor. Bélgica, acostumbrada a asumir el protagonismo, se vio obligada a remar contra la corriente.
Finalmente llegó la igualdad, pero el empate dejó mejores sensaciones para los egipcios que para los belgas. El resultado confirmó una tendencia que comenzaba a repetirse a lo largo del día: los favoritos sufrían más de la cuenta.
Uruguay tampoco escapó a la regla.
La escuadra sudamericana enfrentó a Arabia Saudita con el objetivo de sumar una victoria importante en el arranque de su camino mundialista. Sin embargo, encontró un rival dispuesto a competir cada balón como si fuera el último.
Los saudíes, recordados por algunas sorpresas históricas en torneos anteriores, volvieron a demostrar que ya nadie puede considerarlos una selección menor. El empate fue recibido con entusiasmo por sus aficionados y con cierta preocupación por los seguidores uruguayos, conscientes de que cada punto cuenta en una fase de grupos cada vez más exigente.
La cuarta igualdad del día llegó entre Irán y Nueva Zelanda en un partido vibrante que terminó 2-2. Fue un encuentro abierto, con alternativas para ambos equipos y emociones hasta el final. Aunque no tuvo el impacto mediático de otros resultados, contribuyó a consolidar la sensación de que el Mundial estaba entrando en territorio impredecible.
Al concluir la jornada, la gran enseñanza fue evidente.
El fútbol moderno ha reducido muchas distancias. Las selecciones consideradas modestas llegan mejor preparadas, cuentan con jugadores que militan en ligas competitivas y disponen de recursos tácticos que les permiten competir en igualdad de condiciones contra cualquier rival.
Aquellos tiempos en los que algunos partidos parecían decididos antes de comenzar pertenecen cada vez más al pasado.
La fecha del 15 de junio no será recordada por una lluvia de goles ni por una final anticipada. Será recordada porque los equipos pequeños se cansaron de pedir permiso. Porque Cabo Verde hizo soñar a un país entero, porque Egipto desafió a Bélgica, porque Arabia Saudita frenó a Uruguay y porque Nueva Zelanda se negó a desempeñar el papel de invitado de piedra.
En definitiva, fue una jornada que resumió la esencia de los Mundiales. Esa capacidad única para derribar pronósticos, alterar jerarquías y recordarnos que en el fútbol la historia no la escriben los nombres ni los presupuestos, sino los hombres que salen al campo convencidos de que lo imposible puede hacerse realidad.
Y ayer, por unas horas, los gigantes descubrieron que los pequeños también saben rugir.
Don Tello cuenta
Bienvenidos a “Don Tello Cuenta”, un rincón mundialista donde el fútbol no solo se juega en la cancha, sino también en la memoria. Porque los Mundiales están llenos de goles inolvidables, campeones legendarios y partidos que cambiaron la historia, pero también de anécdotas curiosas, personajes inesperados y momentos que muchas veces quedan escondidos detrás de los resultados.
Durante esta Copa del Mundo de 2026 estaremos compartiendo cada día historias sorprendentes de todos los Mundiales, desde Uruguay 1930 hasta nuestros días. Relatos que mezclan emoción, humor, drama y hasta casualidades increíbles. Historias de jugadores, entrenadores, hinchas, árbitros, dirigentes y hasta animales que, de una u otra manera, terminaron siendo protagonistas de la mayor fiesta del fútbol.
Porque el Mundial es mucho más que noventa minutos. Es un escenario donde ocurren hechos extraordinarios. Algunos son conocidos por millones de personas. Otros permanecen guardados en archivos, periódicos antiguos o en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de vivirlos. Aquí vamos a rescatarlos para compartirlos con ustedes.
En “Don Tello Cuenta” recorreremos los secretos mejor guardados de las Copas del Mundo, las curiosidades que parecen inventadas pero fueron reales y los episodios que ayudan a entender por qué el fútbol es mucho más que un deporte. También estaremos atentos a lo que ocurra en el Mundial actual, porque las anécdotas del futuro se están escribiendo hoy mismo.
Prepárense para viajar por la historia del fútbol. Cada día habrá nuevas historias. Algunas harán sonreír, otras sorprenderán y unas cuantas demostrarán que la realidad suele ser mucho más increíble que la ficción.
El perro que encontró la copa del mundo
Pocas personas pueden decir que salvaron una Copa del Mundo. Mucho menos un perro. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió en Inglaterra pocos meses antes del Mundial de 1966.
La famosa Copa Jules Rimet, que en aquella época era el trofeo más importante del fútbol mundial, estaba siendo exhibida en una muestra pública en Londres. Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que una mañana se descubrió que había desaparecido. Había sido robada.
La noticia causó conmoción. Scotland Yard inició una intensa investigación y los periódicos dedicaron enormes titulares al caso. El país entero seguía la búsqueda de la copa perdida mientras se acercaba peligrosamente la fecha de inicio del Mundial.
Cuando la policía parecía no encontrar ninguna pista, ocurrió algo inesperado. Un hombre llamado David Corbett salió a pasear con su perro Pickles por un barrio residencial. Durante la caminata, el animal se mostró insistente frente a un paquete envuelto en papel periódico escondido bajo unos arbustos.
La curiosidad del perro llevó a su dueño a revisar el paquete. Para sorpresa de ambos, allí estaba la Copa Jules Rimet intacta.
La noticia recorrió el mundo. Pickles pasó de ser un perro común a una celebridad internacional. Recibió premios, apareció en programas de televisión, participó en eventos públicos e incluso protagonizó una película.
Gracias a su olfato, el Mundial de Inglaterra pudo disputarse con el trofeo recuperado. Y aunque los ingleses recuerdan aquel torneo por haber ganado su única Copa del Mundo, también existe un héroe de cuatro patas que ocupa un lugar especial en la historia del fútbol: Pickles, el perro que encontró la Copa del Mundo.
El primer gol de los mundiales tiene una esquina señalada
Cada Mundial produce cientos de goles. Algunos son espectaculares, otros decisivos y muchos terminan olvidados con el paso de los años. Sin embargo, existe un gol que nunca podrá ser reemplazado porque fue el primero de todos.
Ocurrió el 13 de julio de 1930 durante la inauguración de la primera Copa del Mundo en Uruguay. Francia enfrentaba a México en el estadio Pocitos de Montevideo cuando el francés Lucien Laurent recibió un pase, conectó el balón de volea y marcó el primer gol en la historia de los Mundiales.
En aquel momento nadie imaginaba la dimensión histórica de la jugada. Era simplemente un gol más dentro de un partido de fútbol. Sin embargo, con el paso de los años se transformó en una pieza fundamental de la memoria deportiva mundial.
Lo curioso es que el estadio Pocitos desapareció hace décadas. El crecimiento urbano de Montevideo terminó ocupando el lugar donde alguna vez estuvo la cancha. Parecía imposible saber dónde se había marcado exactamente aquel histórico gol.
Muchos años después, investigadores, historiadores y arquitectos analizaron fotografías antiguas, planos y documentos de la época. Gracias a ese trabajo lograron identificar el sitio aproximado donde estaba ubicado el arco.
Hoy, una sencilla señalización recuerda el lugar exacto donde nació una de las historias más importantes del fútbol mundial. Allí no hay tribunas, ni césped, ni líneas de cal. Solo una esquina de la ciudad y una placa que recuerda que en ese punto comenzó la larga historia de los goles mundialistas.
Un rincón común de Montevideo guarda uno de los momentos más extraordinarios del deporte universal.
El mundial que venció al terremoto
Hay Mundiales que se recuerdan por sus campeones, por sus estrellas o por sus goles inolvidables. Pero el Mundial de Chile 1962 es recordado por algo aún más extraordinario: se jugó contra todos los pronósticos.
En 1956, la FIFA eligió a Chile como sede de la séptima Copa del Mundo. Era una oportunidad histórica para el país sudamericano, que comenzó a prepararse con entusiasmo para recibir a las mejores selecciones del planeta. Sin embargo, cuatro años después ocurrió una tragedia que parecía acabar con ese sueño.
El 22 de mayo de 1960, Chile sufrió el terremoto más poderoso registrado por instrumentos en la historia moderna. Alcanzó una magnitud de 9,5 y provocó una devastación gigantesca. Ciudades enteras quedaron destruidas, miles de personas murieron y cientos de miles resultaron afectadas. La comunidad internacional pensó que organizar un Mundial en esas condiciones era imposible.
Muchos propusieron trasladar el torneo a otro país. Parecía una decisión lógica. Chile tenía problemas mucho más urgentes que construir estadios o recibir visitantes extranjeros. Sin embargo, los organizadores no se rindieron.
Fue entonces cuando nació una frase que se convertiría en símbolo de aquella hazaña: “Porque nada tenemos, lo haremos todo”.
Con esfuerzo, creatividad y una enorme voluntad colectiva, los chilenos reconstruyeron instalaciones, adaptaron ciudades y lograron cumplir con el compromiso asumido ante el mundo. Dos años después, el balón comenzó a rodar.
El Mundial de 1962 terminó siendo un éxito y Brasil conquistó el título con figuras como Garrincha. Pero para muchos, el verdadero campeón fue Chile. Porque antes de enfrentar a las grandes potencias del fútbol, había tenido que enfrentar algo mucho más difícil: la fuerza de la naturaleza.
Aquella Copa del Mundo demostró que la determinación de un pueblo puede ser más fuerte que cualquier terremoto.