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El día que se caen las máscaras: cuando el poder empieza a caer

Desde el arco, Don Tello reflexiona sobre esa escena que la historia repite sin cansancio: cuando el poder se tambalea, los aduladores de siempre se convierten en fiscales de última hora. Una crónica lírica sobre la lealtad y la complicidad, sobre quienes defienden sus convicciones con el marcador en contra y quienes solo aparecen cuando ya no hay riesgo en hablar.

El día que se caen las máscaras

Desde el arco uno aprende una lección que no enseñan en ninguna escuela: el estadio nunca aplaude al portero cuando el balón entra limpio en la red, pero tampoco lo abandona del todo mientras el equipo va ganando. El verdadero examen llega después, cuando el marcador se pone en contra y hay que mirar quién se queda parado al lado de uno y quién sale corriendo hacia la tribuna a buscar otra camiseta que ponerse.

Yo aprendí de niño, en las canchas polvorientas de mi pueblo, que hay compañeros de equipo y hay compañeros de victoria, que no es lo mismo. Los primeros están en la cancha lloviendo o con sol, ganando o perdiendo, defendiendo el arco propio como si fuera su propia casa. Los segundos aparecen solo cuando huele a triunfo, se cuelgan de la foto, se prenden del marcador y, apenas el rival empata o el árbitro pita una falta injusta, ya están buscando la salida, calculando a qué otra camiseta le sirve más su lealtad de última hora.

Con el poder pasa exactamente lo mismo, aunque el poder no se juegue en una cancha de fútbol sino en los despachos, en los salones donde se decide el destino de los pueblos, en los micrófonos donde antes se aplaudía sin condiciones y ahora, de repente, aparece la memoria selectiva de quienes juraban no haber visto nada.

He sido portero toda mi vida, en el sentido literal y en el sentido que más me interesa contarles hoy: el de estar parado frente al arco de mi conciencia, atajando lo que venga, sin importar si el equipo está arriba en el marcador o si va perdiendo feo. Y desde ese lugar, desde esa soledad que solo conoce quien defiende algo con las manos desnudas, he visto pasar generaciones de aduladores que se convierten, de la noche a la mañana, en fiscales furibundos.

Es un espectáculo que la historia repite con la puntualidad de un reloj descompuesto que, sin embargo, siempre marca la misma hora: la hora exacta en que el poderoso empieza a tambalear. Ahí, justo ahí, brotan como hongos después de la lluvia las voces que hasta ayer callaban, los mismos que ayer bajaban la cabeza y hoy levantan el dedo acusador con una vehemencia sospechosa, casi teatral, como quien ensaya un papel que lleva mucho tiempo memorizando en silencio.

Porque el silencio también se entrena. Y hay silencios que no son prudencia sino cálculo, no son discreción sino inversión a largo plazo, esperando el momento en que hablar rinda más que callar.

Yo he visto, desde este arco que la vida me puso a defender, cómo se construyen esas cortes pequeñas alrededor de cualquier trono, grande o diminuto, municipal o nacional, y cómo en esas cortes no sobrevive la crítica honesta sino el aplauso automático, la reverencia que se vuelve costumbre, la sonrisa que se ensaya frente al espejo antes de ofrecerla al poderoso de turno. Y he visto también, con la misma nitidez con que uno ve venir un balón desde el medio campo, cómo esas mismas sonrisas se transforman en muecas de indignación apenas el rey pierde la corona.

No es coraje decir la verdad cuando ya no hay riesgo. Eso lo aprendí atajando penales: el verdadero mérito no está en tirarse hacia el lado donde ya sabes que no va el balón, sino en adivinar, en jugarse el cuerpo entero cuando todavía existe la posibilidad de fallar, cuando el resultado no está garantizado, cuando decir lo que hay que decir puede costarte el puesto, la amistad, el favor, la invitación al palco.

Denunciar cuando el poderoso ya cayó, cuando ya no reparte contratos ni cargos ni viajes ni sonrisas de compromiso, no es valentía: es apenas el último gesto de un oportunismo que se disfraza de conciencia recién despierta. La verdadera lealtad —esa que a mí me enseñaron mis viejos entrenadores de potrero— no consiste en aplaudir siempre, sino en decir la verdad justamente cuando duele decirla, cuando el capitán del equipo está tomando una mala decisión y hay que plantarse frente a él, aunque eso signifique perder el puesto en el próximo partido.

Por eso distingo, con la misma claridad con que distingo un tiro a media altura de uno que se va por el ángulo, entre la lealtad y la complicidad. La lealtad tiene el coraje de incomodar; la complicidad tiene la comodidad de callar mientras dura el beneficio. La lealtad defiende el arco aunque el equipo entero se haya ido a atacar y quede uno solo, desprotegido, frente al delantero rival. La complicidad, en cambio, se esconde detrás de la barrera y solo sale a reclamar cuando ya el gol fue anotado y hay que repartir culpas.

Yo no sé si esto que cuento les suene a fútbol, a política, a la vida en un pueblo pequeño donde todos nos conocemos y todos sabemos, en el fondo, quién aplaudía por convicción y quién aplaudía por conveniencia. Pero sé que el fenómeno es el mismo en cualquier cancha: cuando el poder empieza a extinguirse, cuando el trono deja de ser inexpugnable, se organiza una desbandada de últimos minutos, un desfile de arrepentidos tardíos que de repente recuerdan con lujo de detalle todo lo que decidieron no ver mientras hubo dividendos.

Y entonces uno se pregunta, parado ahí en su arco, con las manos todavía sucias de tierra: ¿dónde estaban esas voces cuando el silencio era rentable? ¿Dónde estaba esa indignación cuando repartían los favores, las cuotas, los cargos, los reconocimientos? La respuesta, como casi siempre en estos casos, está en el mismo lugar donde estuvo siempre: cerca del poder, no de la verdad; cerca de las ventajas, no de los principios.

Porque el aplauso interesado nunca fue respaldo. Fue apenas una inversión esperando dividendos, y cuando el negocio deja de ser rentable, el inversionista recoge sus fichas y se va a apostarle a otra mesa, con el mismo entusiasmo con que ayer defendía la mesa anterior.

A mí, que llevo toda una vida parado frente a un arco —el de la cancha y el de mi propia conciencia— me queda apenas esta certeza, que comparto con ustedes como quien comparte una tarde de café después del partido: el verdadero valor no se mide en cómo uno celebra la victoria ajena, sino en cómo uno defiende sus convicciones cuando el marcador está en contra y nadie más quiere quedarse en la cancha.

Y así, con las manos todavía extendidas, sigo atajando lo que venga.

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