Imagina que estás en un evento social y, de repente, cruza por la puerta una persona que nunca habías visto antes. Tampoco tienes ningún tipo de referencia sobre ella. Mientras esa persona se acerca hacia donde tú te encuentras, tu cerebro desestima su presencia; simplemente retiras la mirada y sigues con lo que estabas haciendo. Sin embargo, unos segundos después, una amiga que tienes al lado te susurra al oído que dicha persona es inestable mentalmente y que, en una ocasión, rompió los retrovisores del carro de su exnovio. Tu amiga añade que en sus ojos se ve lo inestable que es. Te señala, además, que la ropa que lleva puesta refleja la poca atención que presta a su cuidado personal y, por consiguiente, a su salud mental.
Si nos detuviéramos a analizar con racionalidad, concluiríamos que llevar una falda o un vestido no nos proporciona suficientes elementos para conocer el grado de importancia que una persona le concede a su propia salud mental. No obstante, ocurre que en nuestro cerebro se active un personaje parecido a un mono inquieto, mentiroso, distorsionador y, para colmo, con mucha imaginación. De tal manera que, si quieres creer la historia de tu amiga, ante la falta de información, tu cerebro inventa otros detalles que en realidad no percibiste en esa persona.
Por ejemplo, te dices a ti misma: “A mí sí me dio mala espina cuando la vi”. Este fenómeno se relaciona con un proceso cognitivo denominado sesgo de confirmación, estudiado por Raymond S. Nickerson (1998). Según este autor, los seres humanos podemos interpretar una información parcial o ambigua a la luz de nuestras creencias o expectativas previas, prestando mayor atención a aquello que parece confirmarlas.
Además, podemos establecer una comparación entre este fenómeno y la tendencia de nuestra percepción a completar aquello que aparece incompleto. En la psicología de la Gestalt, esta tendencia se describe, entre otros mecanismos, mediante el principio de cierre: cuando vemos una figura formada por líneas entrecortadas, tendemos a ignorar los espacios vacíos y a percibirla como una figura completa.
Para explicarme mejor, volvamos a nuestro mono, quien ahora intenta hacer una colcha, pero no tiene suficiente tela del mismo material. En su premura por terminarla, busca cubrir lo que falta con otro material que guarde cierta semejanza con aquel que utilizó al comenzar. Al observar el resultado ocurren dos cosas: te das cuenta de las inconsistencias de la colcha o, por el contrario, ignorarlas y convencerte de que, al fin y al cabo, está terminada.
Así las cosas, tener un juicio parcialmente acertado o equivocado sobre un desconocido parece inofensivo. A fin de cuentas, en el ejemplo ilustrado no hay indicios de que vuelvas a encontrarte con esa persona. No obstante, apresurarnos a emitir un juicio sobre algo con poca información podría conducirnos a conclusiones capaces de desencadenar consecuencias peligrosas.
Ahora bien, a estas alturas, para nadie es un secreto que tanto los medios de comunicación tradicionales como las plataformas digitales, especialmente las redes sociales, nos presentan narrativas sobre temas álgidos, determinantes e incluso relacionados con los derechos humanos. Estas narrativas no siempre contienen todos los elementos necesarios para comprender una historia en su totalidad; a pesar de eso, un discurso que encaje con nuestros ideales previos en ciertas ocasiones basta para que nuestro cerebro complete lo que falta y nos convenzamos de que estamos “en el lado correcto de la historia”. Pero ¿en realidad lo estamos?
Considero que a veces estamos tan absortos en nuestro mundo que olvidamos lo reducido que llega a ser. Es como la llama de un fósforo que no alumbra más allá de la mano con la que lo sostenemos y, aun así, pensamos que ilumina la habitación entera.
En este sentido, cuando menciono que algunas de nuestras conclusiones acarrean consecuencias peligrosas, pienso en lo que ocurre mientras recorremos esa habitación iluminados apenas por una pequeña llama. Podemos tropezar con un mueble, con una puerta o incluso con alguien que se encuentra en nuestro camino, simplemente porque no alcanzamos a verlo. Algo parecido sucede cuando nuestra limitada visión del mundo nos lleva a desestimar lo que el otro piensa o la manera como percibe las cosas. Entonces aparece el insulto, el desdén y el sentimiento de superioridad moral, cultural o étnica.
Una de las razones por las que lo anterior ocurre tiene que ver con el proceso de construir nuestra visión del mundo a partir de la información que recibimos de nuestro entorno, información que, a su vez, llega a estar atravesada por determinados intereses, perspectivas o ideologías.
Para ilustrar mejor esta idea, me permito traer a colación un video que vi en TikTok, cuyo propósito era defender al villano de una telenovela. El autor presentó argumentos bastante convincentes para justificar por qué el personaje había asesinado, robado y manipulado a otros durante toda la telenovela. Confieso que, en un momento dado, me puse en los zapatos de aquel personaje y me dije a mí misma: “Con razón actuó de esa manera”. Percatarme de lo ocurrido fue precisamente lo que me llevó a escribir esta columna.
En otras palabras, las narrativas de otros, especialmente cuando estamos expuestos constantemente a ellas, posiblemente influyen en nuestra forma de pensar, juzgar y sentir. Este fenómeno es inherente a nuestra naturaleza humana, pero considero que, por esa misma razón, debemos cuidar aquello con lo que alimentamos nuestros ojos y oídos: cuestionar la información que recibimos y adoptar una actitud crítica frente a las narrativas que nos presentan los medios de comunicación.
En conclusión, tener un juicio sobre una persona extraña depende en gran medida de un marco que construimos previamente sobre la misma. Vemos cómo una persona que al inicio pasa desapercibida para nuestro cerebro, a partir de información nueva, cobra relevancia a tal punto que realizamos un juicio sobre su salud mental.
Por tanto, somos tan susceptibles a nuestro entorno que resulta inevitable, en algunos momentos, tomar decisiones y equivocarnos al respecto. Puede tratarse de algo tan importante como elegir con quién casarte, o algo tan sencillo como apoyar al villano de una historia porque escuchaste una nueva narrativa. De hecho, mientras lees esta columna de opinión es probable que de algún modo se estén presentando cambios en tu forma de percibir la realidad.