El lenguaje: una experiencia de saberse afro.
La diáspora. Para ser sincera, hace menos de un mes fue la primera vez que escuché esta palabra. Más allá de causarme una impresión de asombro e intriga, reconocí que como mujer negra/afro, debía estar muy conscientizada sobre este fenómeno. A fin de cuentas, según la historia las personas afros estamos dispersas alrededor del mundo, y nuestro lugar de origen es África. Me dije ¿cómo no voy a saber eso?
La cuestión está en que, este término, aunque tiene una connotación académica e intelectual bastante importante, y es necesario analizar con pinzas cada una de sus aristas, quiero en esta ocasión enfocarme en lo que la palabra diáspora moviliza emocionalmente a una persona afrodescendiente.
Para ello, recurro al lenguaje; es decir, puede ocurrir que en ocasiones no es suficiente el color de piel para asumir que somos de un lugar distinto al que habitamos: el mundo parece necesitar el prefijo afro. Una persona afro nacida en España o Bogotá o New York sigue siendo leída como africana independiente de que no pertenezca a ese continente.
Desde mi perspectiva, ese prefijo que parece ser estéril como un montón de letras ordenadas cuidadosamente; puede transformarse en una grieta de aire que necesita el magma para que un volcán erupcione. Te conviertes en un espectro de ella y lacera toda tu sensibilidad: aparece un sentimiento que responde al dolor, a la renuncia y al desarraigo.
Duele porque incluso siendo colombianos, no somos completamente colombianos. Lo más impresionante de este sentimiento radica en su sutileza para encarnarse en nuestra piel, como un uñero irritante del que por momentos olvidamos su presencia.
Imagínate que sobre tu mesa reposa un portarretrato; sin importar el número de objetos que pones a su alrededor, termina formando parte del panorama general de tu casa. Algo similar ocurre con la comunidad afro: aun cuando somos del mismo país, seguimos siendo percibidos como una comunidad distinta. Esa percepción se cuela silenciosamente en los esquemas mentales de las personas que no pertenecen a ella. Esto me lleva a recordar la canción de Facundo Cabral: no soy de aquí, no soy de allá.
Consecuentemente, emerge un sentimiento de desarraigo que juega con cierta sensación de invalidez identitaria. Es más, si la palabra afro viene primero que la palabra colombiana, bajo esa lógica nuestra alma debe pertenecer a África. Y si nuestra alma pertenece a África, me surgen varias preguntas: ¿a qué le debemos la lealtad?, ¿a qué patria le debemos amor? ¿los soldados afros por cuál bandera deberían luchar?, e incluso ¿un futbolista afro a qué equipo durante un mundial debe pertenecer?
Resulta bastante curioso que cuando una persona afro gana algo importante a nivel mundial, los titulares de las noticias nacionales omiten el prefijo afro. Dicen: es colombiano. Y créanme, los miembros de nuestra comunidad siempre hemos notado esa paradoja, esa manera de cómo el lenguaje moldea nuestra pertenencia. Quizás así aparece el sentimiento de renuncia: resignarnos a que en ciertas circunstancias seremos colombianos y, en otras, hacemos parte de una diáspora.
No obstante, la renuncia también desafía la lógica, simplemente porque está atravesada por las emociones. Esto implica que todas las preguntas planteadas con anterioridad se responden con una sencilla respuesta: nuestra sangre está teñida de los colores de nuestra patria, el amarillo, el azul y el rojo. Nuestros ojos se dilatan al escuchar el himno de Colombia, más aún cuando nos encontramos fuera del país. Somos hechura andante de una tierra que, para mucho de nosotros, tiene el rostro de la Costa Pacifica, cuyos litorales ensanchan nuestro sentimiento de pertenencia.
Entonces, si hablamos de la diáspora únicamente como una condición que determina nuestra pertenencia o no a la cultura africana, nos ubicaríamos en una esfera bastante reducida respecto al papel que desempeñamos los afrodescendientes en este país. Dicho de otra manera, no somos simplemente esas letras ordenadas cuidadosamente en los libros de geografía e historia; pertenecemos, en todo el sentido de la palabra, a una nación que no sería la misma sin la diversidad que aportamos a su cultura, a su gastronomía, al deporte, al arte y a la literatura.
E independientemente del prefijo afro, nuestra llegada a este país significó una avalancha de valor y valentía, que representó la lucha por recuperar nuestra libertad y defender nuestra identidad. De ahí que, desde mi perspectiva, la diáspora afrodescendiente represente una forma inequívoca de amar nuestra tierra y, por consiguiente, de honrar las raíces que hemos sembrado sin olvidar el lugar del que provienen nuestros ancestros.
Quizás por eso, leer por primera vez la palabra diáspora y conocer su significado me llevó a reevaluar el papel que desempeña el lenguaje en nuestra vida emocional. A simple vista, una palabra puede parecer inocua; sin embargo, posee la capacidad de resquebrajar una parte de nuestro corazón. Afortunadamente, también tiene la magia de suturarlo y recordarnos que hay cierta maravilla en que corra por nuestras venas sangre africana mientras nuestros pies pisan tierra colombiana.
Un comentario
Excelente articulo, esa identidad compartida, esa diaspora aún no es entendida en nuestra nación; las comunidades africolombianas son y serán una importante fuente en la historia de Colombia y su diversidad