Pulse PLAY para escuchar - La Revista de Caldas Radio
Logo La Revista de Caldas
Vol.

Estamos buscando en Salamina un profesional o tecnólogo que tenga sentido de pertenencia

Salamina no puede seguir esperando. Esta crónica reclama un alcalde valiente, capaz de sepultar la politiquería y rodearse de profesionales honestos que gobiernen con sentido de pertenencia. Un llamado a elegir un candidato distinto, que entienda el territorio como destino y no como trampolín político, y que emprenda por fin la reforma real que el municipio necesita desde hace años.
Majencio desde San Félix

Hay pueblos que se quedan esperando, y hay pueblos que un día se cansan de esperar. Salamina, mi Salamina, la de los balcones tallados y las tejas que huelen a historia, lleva demasiado tiempo instalada en la primera categoría, sosteniendo con paciencia de santo un letargo que ya no debería tolerar nadie que la quiera de verdad. Y yo, que aprendí a defender un arco antes de aprender a defender una idea, sé bien lo que significa ver venir el peligro y no moverse: significa gol seguro. Eso es exactamente lo que le ha venido pasando a este municipio durante años: ve venir la jugada, conoce el guion, y sin embargo se queda parado en la línea, esperando un milagro que no llega solo porque uno lo desee.

¿Cuántas veces hemos visto pasar administraciones que confunden gobernar con posar? ¿Cuántas veces hemos aplaudido inauguraciones de obras que se caen antes de cumplir el año, ruedas de prensa que maquillan lo que la gente ve todos los días con sus propios ojos: calles rotas, instituciones vaciadas de sentido, ¿un futuro que se aplaza sistemáticamente para la próxima administración? La politiquería —esa vieja comadre que reparte favores en lugar de soluciones— se ha convertido en el paisaje habitual de nuestra vida pública, y ya es hora de decir, sin miedo y sin eufemismos, que no la queremos más. No la necesitamos. Nos sobra.

Por eso hoy, desde esta trinchera de papel y de palabras que es La Revista de Caldas, me atrevo a decirlo con toda la claridad que merece un pueblo como el nuestro: Salamina necesita un alcalde que sepulte la politiquería. Que la entierre de verdad, sin discursos de ocasión, sin promesas recicladas de campaña en campaña. Un alcalde que no le tema a incomodar a quienes se han beneficiado durante décadas de un modelo que privilegia el amiguismo sobre el mérito, la lealtad de clan sobre la capacidad real de servir. Porque gobernar no es repartir gratitudes, es construir país desde lo más pequeño, desde la esquina de nuestra plaza hasta la última vereda donde todavía se llega a caballo.

Y aquí quiero detenerme, porque no hablo de un deseo abstracto ni de una consigna vacía. Hablo de algo que he visto con mis propios ojos, en las canchas de mi juventud, cuando entendí que un arquero no gana partidos solo por estar parado bajo los tres palos: gana partidos porque se atreve a salir, porque lee el peligro antes de que se materialice, porque toma decisiones en fracciones de segundo que después nadie le agradece si sale bien, pero que todos le reprochan si sale mal. Así debe ser un alcalde. No un espectador de su propio mandato, sino alguien que se juega el cuerpo, que sale del arco cuando hay que salir, que no se esconde detrás de los informes de gestión llenos de cifras maquilladas para tapar lo que en el fondo todos sabemos: que aquí no se ha hecho una reforma de verdad en mucho tiempo.

Porque de eso se trata, al final: de valentía. De la valentía de quien llega al despacho municipal no a calentar la silla ni a coleccionar fotografías para las redes sociales, sino a transformar de raíz aquello que necesita transformación. Una reforma administrativa real, que no sea un membrete más en un plan de desarrollo que nadie lee después de la firma protocolaria. Una reforma que empiece por rodearse de gente honesta, profesionales que sepan lo que hacen y que lo hagan porque creen en el territorio, no porque deban un favor político. ¿Cuántas veces hemos visto ocupar cargos técnicos a personas que no distinguen un plan de ordenamiento territorial de una lista de mercado, solo porque alguien les debía un puesto? Ese es precisamente el vicio que hay que extirpar. Salamina no puede seguir regalando su futuro a quien no tiene ni el conocimiento ni el compromiso para merecerlo.

Necesitamos, con urgencia, un candidato distinto. Uno que entienda que el sentido de pertenencia no es una frase de cartelera electoral, sino una forma de vivir el territorio: quien conoce el frío de la madrugada en las veredas cafeteras, quien ha caminado la plaza sin escoltas ni cámaras, quien entiende que cada baldosa rota de esta ciudad patrimonio es una herida que se siente en carne propia. Un profesional o un tecnólogo —no importa el título exacto, importa la vocación— capaz de mirar a Salamina no como un trampolín hacia otras ambiciones políticas, sino como un destino en sí mismo, como el lugar donde quiere dejar huella y no solamente cargo.

¿Por qué insisto tanto en esto? Porque he visto crecer este pueblo entre historias de grandeza y de abandono, entre la memoria de sus fundadores —de la que hasta yo mismo desciendo— y la indiferencia de quienes hoy administran su presente con la ligereza de quien no tiene nada que perder. Y no podemos permitirno, como comunidad, seguir entregando el bastón de mando a quien solo sabe sonreír para la foto mientras la institucionalidad se desangra por dentro. Un alcalde que se rodee de politiqueros heredados del pasado no traerá futuro; traerá más de lo mismo con otro nombre en la tarjeta de presentación.

Salamina merece gobernantes que entiendan la administración pública como un servicio, no como un botín. Merece funcionarios que respondan a criterios técnicos y no a cuotas burocráticas. Merece, sobre todo, un liderazgo que no le tenga miedo a decir la verdad, aunque esa verdad incomode a quienes durante años se acostumbraron a que nadie los contradijera. Porque un pueblo que calla ante la mediocridad termina acostumbrándose a ella, y ese es quizás el peligro más grande que enfrentamos: normalizar lo que nunca debió ser normal.

Yo sigo creyendo, como creía de niño bajo el arco, que todavía hay tiempo de atajar lo que viene. Que todavía es posible cambiar el rumbo si aparece alguien con el coraje suficiente para gobernar distinto, para rodearse de los mejores y no de los más cercanos, para construir en serio y no solamente para la fotografía del viernes. Salamina no necesita más promesas repetidas: necesita un profesional, un tecnólogo, un ciudadano cualquiera con sentido de pertenencia, que se atreva a sepultar la politiquería de una vez por todas y a devolverle a este pueblo la dignidad de su historia.

Ese es el alcalde que estamos buscando. Ese es el que Salamina se merece.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Pasar a Modo Oscuro