1.- Como se hizo en la primera vuelta, ahora en vísperas de la fecha para la realización de la segunda vuelta para elegir presidente de la República, 21 de junio, consideramos importante reflexionar en torno al ambiente enrarecido y polarizado que hace de prólogo a tan importante momento para la democracia del país. La invitación primaria es respirar y revivir el ambiente de alegría y solidaridad que se sintió en todo el territorio con el primer juego de la selección Colombia, en el mundial de fútbol, en este marco se olvidaron las diferencias.
Nuestra conversación pública se ha mudado de manera definitiva a un escenario de trincheras. En Colombia, parece que opinar diferente ya no es una invitación al debate o al contraste de ideas, sino una declaración automática de enemistad. Vivimos en la era de la polarización algorítmica y la retórica del miedo, un ecosistema donde el adversario político ya no es visto como un compatriota con una perspectiva distinta para el desarrollo del país, sino como una amenaza existencial que debe ser neutralizada a toda costa.
Sin embargo, conviene recordar una verdad elemental que a menudo olvidamos en el fragor de las campañas: la democracia no se diseñó para uniformar los pensamientos ni para anular las discrepancias. Al contrario, nació para gestionar de manera pacífica, institucional y ordenada nuestras profundas e inevitables diferencias. El disenso es un síntoma de salud social; la hostilidad ciega, en cambio, es como la plaga que debilita los cimientos de la República.
Frente a este panorama de crispación, la tentación del aislamiento o de la apatía suele ganar terreno entre los ciudadanos hastiados del ruido. No obstante, abstenerse en momentos de definición es ceder a otros el derecho a dibujar el mapa de nuestro futuro común. Ejercer el derecho al voto es la manifestación más pura de la igualdad civil: en la intimidad de las urnas, el voto del académico, del campesino, del gran empresario y del joven que busca su primera oportunidad laboral tienen exactamente el mismo peso y valor. Ir a las urnas no es solo un acto de elección política; es una reafirmación de nuestra soberanía, un ejercicio de libertad y un compromiso ineludible con el rumbo de Colombia. Votar en paz, sin coacciones de ningún tipo y con la convicción del deber cumplido, constituye el primer paso indispensable para sanar un tejido social profundamente lastimado.
Ahora bien, la verdadera prueba de fuego para la madurez política de una sociedad no ocurre durante los discursos de plaza pública ni en el fragor de la jornada de votación; ocurre en el preciso instante en que se conocen los resultados oficiales y se apagan las pantallas de los boletines electorales. La regla de oro del sistema democrático exige un respeto irrestricto por la decisión de las mayorías, una premisa que demanda generosidad en la victoria y enorme dignidad en la derrota.
En la ciencia política existe un principio fundamental conocido como «el consentimiento de los perdedores». Este axioma nos advierte que la salud y la estabilidad de una democracia no se miden por la alegría o la euforia de quienes ganan —ellos, por naturaleza, siempre respaldarán el resultado—, sino por la tranquilidad, la templanza y el respeto de quienes pierden. Si el sector derrotado decide incendiar el debate, desconocer de forma sistemática al árbitro electoral, sembrar mantos de duda sin pruebas o deslegitimar las instituciones para justificar su caída, la democracia simplemente se rompe. El ejemplo lo recibimos desde Perú que, no obstante, lo estrecho del margen de la propuesta ganadora, la ciudadanía ha aceptado el resultado final sin alteración del orden público.
La estabilidad de Colombia depende de nuestra capacidad colectiva para asimilar que el veredicto de las urnas es sagrado. Quienes resulten ganadores deben comprender que la victoria no es un cheque en blanco para aplastar a las minorías ni para gobernar solo para sus huestes; es una responsabilidad mayúscula para con todos los colombianos, incluidos aquellos que no les dieron su confianza. Por su parte, quienes queden en la minoría deben asumir el rol de una oposición leal: una fuerza vigilante, rigurosa y firmemente crítica frente al poder, pero respetuosa de la ley y de la estabilidad institucional. En democracia, ningún triunfo es eterno y ninguna derrota es definitiva; la alternancia es la garantía de que siempre habrá un mañana para volver a competir.
Nadie se va a ir de Colombia el día después de las elecciones. Una vez baje el telón electoral, todos seguiremos aquí, compartiendo las mismas calles, enfrentando los mismos desafíos económicos, respirando los mismos temores y abrigando los mismos anhelos de seguridad y progreso para nuestros hijos. Sanar el país requiere que el lunes posterior a los comicios dejemos atrás las etiquetas del odio y las dinámicas de estigmatización.
Votemos con la máxima pasión por las ideas que nos representan, pero abracemos los resultados con la altura que nuestra historia nos exige. La tolerancia y el respeto mutuo no son muestras de debilidad ni de tibieza; son, por el contrario, el blindaje más fuerte y duradero que tiene nuestra convivencia pacífica.
2.- MERCURIOSIDADES: Se recogen acá inquietudes propias y de algunos lectores sobre temas de actualidad y de interés general.
– Curiosidad idiomática: interesante lo que ocurre con la palabra, SOBORNOS, que al leerla al revés da la definición real de la misma. Dicen que algunos servidores públicos conocen al dedillo este detalle.
– El psiquiatra español Vicente Garrido Genovés definió algunas características del Psicópata y entre las principales dice que: – son magnéticos para los medios, pero mantienen una permanente querella con los desfavorables. -Rinde culto permanente a su personalidad y no acepta ninguna crítica. – Emplea palabras agresivas, pero también usa “perros de presa” (influenciadores y redes) para el trabajo sucio.
¿Esta descripción, por casualidad, le recuerda a alguien conocido?
– El 19 de mayo pasado se promulgó la ley 2573 que busca proteger a las personas que son víctimas de suplantación de identidad. Esta es una práctica que se ha vuelto común por el uso masivo de las redes sociales, de los aplicativos con ayuda de la inteligencia artificial y de otros eventos que requieren prudencia y ciberseguridad por parte de los usuarios. Esta ley hace parte de otras que complementan la intención de proteger al ciudadano ante los ataques mencionados, sobre todo, los fraudes bancarios. Entrará en vigor en noviembre, pero uno de los asuntos favorables es que invierte la carga de la prueba en las suplantaciones, pues, ya no es la víctima quien debe probar que fue engañada sino las entidades financieras y los operadores de los medios utilizados, quienes deben probar el fraude y responder al afectado. Otro beneficio de la ley: ordena que en aquellos casos en los que la persona suplantada esté pagando una obligación, mientras investigan el probable fraude, suspenderá los pagos, así como, cualquier cobro prejurídico que se adelante.
–
– Dice un residente en San Félix que, una de las teorías para escoger el nombre del Corregimiento se dio por la costumbre de los fundadores de pueblos de la época de bautizarlos de acuerdo con el santoral católico o por la devoción a alguno en especial. En este caso se refiere a San Félix de Nola, sacerdote del siglo III célebre por su caridad y valentía durante las persecuciones de los Romanos. La relación la hace con un comentario adicional: “De seguir recibiendo el maltrato de la administración de Salamina, nos van a canonizar por la paciencia que demostramos.”